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Nuestros abuelos no son minimalistas

Nuestros abuelos no son minimalistas. Sus casas no responden a la lógica de la pared gris ni de espacios vacíos. Responden a otra forma de entender la vida. En muchas viviendas costarricenses, las paredes están llenas de fotos, imágenes religiosas y recuerdos familiares. Hay vitrinas con vajillas “especiales” que casi no se usan, muebles y objetos que llevan polvo porque tienen historia. Nada está ahí por tendencia; está porque significa algo.

Hoy el minimalismo se presenta como la nueva estética dominante. El diseño convirtió los tonos neutros en símbolo de elegancia y modernidad. Lo vacío se asocia con orden; lo sobrio, con buen gusto. Poco a poco, lo recargado empieza a verse como un error. Pero esa lectura ignora contextos como el nuestro.

En las zonas rurales existe la “troja”, que puede entenderse como una bodega, una extensión de la casa. Cuando algo deja de estar en la vivienda principal no se desecha de inmediato: pasa a este espacio. Ahí quedan herramientas, muebles viejos y piezas que pueden servir más adelante. En un entorno donde todo costó, guardar es una forma de previsión. No es acumulación; es una decisión basada en la escasez.

El minimalismo promueve la idea de tener menos, pero no siempre implica consumir menos. Muchas veces significa reemplazar lo que ya existe por versiones nuevas y neutras. En tiempos de crisis económica, esa estética también funciona como discurso: se presenta la austeridad como elección personal, cuando para muchos es necesidad. Mientras tanto, el color y la mezcla, tan propios de la identidad latinoamericana, se desplazan hacia lo “pasado”.

Nuestra cultura visual no nació en tonos grises. Nació en fachadas pintadas con colores fuertes, en salas con retratos, santos, calendarios y objetos que no combinan pero que tienen valor sentimental. Está en los “chunches” que pasan de generación en generación, en lo que se guarda aunque no esté de moda, en lo que ocupa espacio porque tiene una historia. Frente a una estética que privilegia lo neutro y lo uniforme, vale la pena preguntarse si queremos casas que se parezcan a un catálogo moderno o espacios que hablen de quiénes somos. Porque cuando todo se vuelve gris, no solo cambian la estética: poco a poco se entierra también nuestra identidad.

A mi abuelo, que murió el pasado jueves 26 de febrero. Que todo lo que acumuló en su troja mantenga viva su memoria y honre lo que sembró en nosotros.