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Maternidad con dignidad: una deuda pendiente este 8 de marzo

Cada 8 de marzo, en el marco del Día Internacional de la Mujer —jornada de reflexión, memoria y reivindicación de derechos—, el país vuelve a hablar de igualdad y justicia. Se reconocen avances y se señalan brechas pendientes. Sin embargo, hay una deuda que rara vez ocupa el centro del debate público: la dignidad de las mujeres a lo largo de la maternidad.

Esta etapa —que abarca el antes, el durante y el después del parto—, debería contar con la máxima protección del sistema de salud y del Estado. No obstante, para muchas mujeres en Costa Rica, ese recorrido está marcado por experiencias de desatención, deshumanización o trato indigno.

Silencios que lastiman

La violencia obstétrica no es un concepto ideológico ni una exageración. Es una realidad que afecta a miles de mujeres en Costa Rica, envuelta en silencio y normalizada bajo la idea de que “así son las cosas” en los hospitales.

Se manifiesta cuando una mujer expresa que algo no está bien y su voz es minimizada. Cuando el trato se vuelve brusco o distante. Cuando se practican procedimientos sin explicar riesgos ni alternativas, o sin solicitar un consentimiento verdaderamente informado. También ocurre cuando, en uno de los momentos más vulnerables de su vida, enfrenta comentarios humillantes o de indiferencia.

En su forma más dolorosa, la violencia obstétrica se evidencia cuando la falta de atención oportuna o la negligencia tienen consecuencias irreparables. Hay mujeres que no regresan a casa con el bebé que esperaban, y esa ausencia se convierte en una herida emocional profunda que ninguna estadística logra dimensionar.

Derechos humanos desde el primer latido

En el Día Internacional de la Mujer es necesario recordar que los derechos humanos también se ejercen —y se vulneran— en el ámbito obstétrico.

El respeto a la dignidad, la autonomía y el consentimiento informado no es negociable en ninguna etapa de la maternidad. Ser escuchada, recibir información clara y decidir sobre el propio cuerpo no es un privilegio: es un derecho.

Cuando una mujer es acompañada con respeto y trato digno durante todo este proceso —desde los controles prenatales hasta el posparto—, no solo se protege su salud física y emocional; también se resguarda el bienestar de sus hijos e hijas. Cuando los cuidados son humanos, informados y libres de violencia, se fortalece su autonomía y su confianza en uno de los momentos más trascendentales de su vida.

La experiencia de la maternidad no termina en el hospital: deja huellas duraderas en la mujer, en su familia y en la comunidad. Cuando se vive con respeto y sin violencia, se convierte en una fuerza transformadora que trasciende generaciones.

Promover una atención respetuosa en todas las etapas de la maternidad no es confrontar al personal de salud, sino fortalecer el sistema desde la empatía, la formación continua y la rendición de cuentas.

Dignificar con acciones reales

La dignidad en la maternidad no puede seguir siendo un asunto invisible ni secundario en la agenda pública.

Este 8 de marzo no solo celebramos la fuerza y la resiliencia de las mujeres, ni su derecho irrenunciable a vivir libres de violencia; asumimos también el compromiso de transformar la manera en que nuestra sociedad acompaña la maternidad. Se requieren profesionales sensibilizados, instituciones comprometidas y políticas públicas que reconozcan la violencia obstétrica como lo que es: una forma de violencia de género con profundas consecuencias físicas y emocionales, tanto para las mujeres como para sus hijos e hijas.

Dignificar a las mujeres implica escucharlas, creerles y garantizar que sus derechos humanos se respeten plenamente en cada etapa en la que traen vida al mundo. Porque la igualdad también se construye allí, en los espacios donde comienza la vida.

A quienes han vivido violencia obstétrica les digo que no están solas. A quienes aún no encuentran palabras para contar su historia, les digo que su voz importa y merece ser escuchada. Al personal de salud les digo que su rol puede marcar la diferencia entre una experiencia traumática y una vivencia digna. Y a la sociedad en su conjunto le digo que la forma en que acompañamos la maternidad refleja el verdadero valor que damos a la dignidad humana.