Hay un momento en que los nuevos gobiernos dejan de ser promesas y empiezan a ser hechos. Ese instante suele ocurrir en los primeros cien días, ese lapso donde la cantidad de decisiones empieza a transformarse en la calidad de un mandato. Laura Fernández llega a la presidencia con una victoria holgada, pero en política, como enseña la experiencia costarricense, la cantidad de votos no determina la calidad del poder. Lo que define a un gobierno no es cuántos lo apoyaron en las urnas, sino qué fuerzas reales lo sostienen y cuáles lo disputan.
Para entenderlo, hay que mirar no tanto lo que Fernández promete hacer, sino las fracturas que hereda y las que inevitablemente creará. Porque gobernar, en países como el nuestro, no es administrar la normalidad sino navegar la crisis permanente.
El peso del antecesor: cuando el “ex” no se va
Rodrigo Chaves se queda. Esa es la primera verdad incómoda del gobierno de Laura Fernández.
El expresidente seguirá ahí, con su estilo confrontativo, con su capacidad de convocar a sus seguidores más radicales, con esa forma de hacer política que muchos llaman "caudillismo". Su insolencia no es un defecto personal: es su herramienta política. Representa la continuidad de un movimiento que ganó la presidencia y que ahora tomará una ubicación.
Este es el dilema clásico cuando se enfrenta a un movimiento político de esta naturaleza: ¿lo integras al gobierno para tratar de controlarlo, o lo dejas fuera y asumes que será una fractura permanente? La experiencia política enseña que cuando el poder se concentra en una sola figura —en este caso, en Chaves— las contradicciones no se resuelven, solo se mueven hacia adentro. Chaves presente es una contradicción que Fernández tendrá que administrar todos los días.
Las opciones no son fáciles. Un cargo diplomático sería una salida elegante, un exilio dorado. Ofrecerle algún tipo de inmunidad también se ha mencionado. Pero ninguna de esas soluciones resuelve el problema de fondo: la existencia de un poder paralelo que puede, desde la insolencia calculada, disputar la legitimidad de cada decisión de gobierno.
La vocera sin puesto y los poderes sin nombre
Pilar Cisneros encarna otra anomalía que cualquier observador de nuestras luchas políticas reconocería de inmediato: la influencia sin responsabilidad formal, la voz que habla a nombre del gobierno sin apoyarlo plenamente. En la compleja topografía del poder costarricense, su posición es inédita: ejerce poder sin rendir cuentas, comunicar sin asumir las consecuencias de lo comunicado.
La pregunta no es si seguirá con la dinámica de "los apoyo pero no los conozco" —esa ambigüedad es estructural a su posición— sino hasta qué punto esa indefinición erosionará la autoridad presidencial.
La historia política nos enseña a distinguir entre el poder formal —el que aparece en organigramas y decretos— y el poder efectivo —el que decide los rumbos fundamentales sin aparecer. Si existen figuras que operan como "el poder detrás del trono", entonces Fernández enfrenta el mismo problema de quienes han debido gobernar con el mando real en otra parte: Laura y los Arias, Luis Guillermo y Ottón Solís, ejemplos recientes.
El partido perdido y los soldados sin alinear
La renuncia de Laura Fernández a la presidencia del Partido Pueblo Soberano no es un gesto menor. En la lógica de nuestras luchas políticas, el partido es el instrumento que permite a un sector político organizarse como bloque coherente, disciplinar a sus miembros y proyectarse en el tiempo. Sin control del partido, ¿cómo construir esa coherencia? ¿Cómo alinear a los "soldados" cuando el mando real reside en otra parte?
La experiencia muestra que los gobiernos personalistas suelen enfrentar este problema: el caudillo que construyó el movimiento queda fuera, pero su sombra sigue condicionando las decisiones. Los diputados, los ministros, los cuadros intermedios miran a dos lados: a la presidenta formal y al líder desplazado. En esas condiciones, alinear no es ordenar sino negociar permanentemente. Y un gobierno que negocia consigo mismo cada decisión es un gobierno que avanza con el freno puesto.
El fantasma del narcoestado y la mancha que no se borra
La extradición de Celso Gamboa y el caso que algunos llaman "narcoestado" representan lo que en el análisis político se conoce como "el acoso externo" que termina definiendo el ritmo interno. No es solo un problema judicial: es una sombra que puede manchar toda una gestión, un fantasma que aparece cada vez que se discute la legitimidad del gobierno.
Si el gobierno de Fernández, que es la continuidad de Chaves, resulta salpicado —por acción u omisión, por conocimiento o ignorancia—. La experiencia muestra que estos casos no se resuelven con comunicados ni con silencios. Se resuelven con hechos. Y los hechos, en materia de crimen organizado, suelen ser lentos, opacos, difíciles de comunicar. Mientras tanto, la mancha se extiende.. ¿Qué hará la presidenta si su gobierno resulta manchado? ¿Cortará por lo sano, o buscará contener el daño con costos que podrían resultar mayores?
La agenda global y sus tensiones locales
La alineación/sumisión con el trumpismo internacional plantea otro nudo. El problema para Fernández es que alinearse con la ultraderecha global implica adoptar una agenda que no responde a las necesidades locales sino a los intereses de una guerra cultural que se libra en otros territorios.
Por ejemplo, las medidas que se aplican en Argentina —desregulación salvaje, transferencia de recursos al 1%, más rico, la flexibilización laboral— no son políticas neutras. Son instrumentos de una guerra de clases que, en todos los países donde se han aplicado, han terminado beneficiando a los mismos sectores y perjudicando a los más vulnerables.
Crucitas es el símbolo perfecto de la contradicción: el expresidente fue a ofrecer el oro en su reunión con Trump, y ahora Fernández debe decidir si el país entra en un modelo extractivista en favor de una sola empresa, seguramente americana. La minería no es buena ni mala en sí misma: lo que determina su efecto es el impacto en el ambiente, quién controla el mineral y para qué fines. Si el oro sirve engordar a una empresa extranjera, es una maldición.
Quitar visas, grupos de choque, tik tokers y policías
En los últimos años, Costa Rica ha visto surgir un fenómeno de un ecosistema de medios como Trivisión Opa, Opol, y medios digitales creados por empresarios/influencers y no periodistas. Operan políticamente en las redes sociales, en los programas de farándula convertidos en tribunas políticas que amplifican cualquier rumor que dañe a un opositor (caso Douglas Sánchez proponiendo crear pruebas para incriminar). Este engranaje ha perfeccionado una técnica: el linchamiento mediático.
Esta estrategia tiene una consecuencia perversa: normaliza la idea de que el gobierno puede castigar sin juicio, que puede señalar sin pruebas, que puede perseguir sin causa.
¿Será capaz la nueva presidenta de controlar esta agenda mediática? ¿Será tajante frenado esos grupos chavistas que hostigan a políticos (caso Claudia Dobles)? ¿Será que dejan de criminalizar marchas y se infiltran en ellas (caso del chavista grafiteador)? El señalamiento de opositores y críticos para quitar visas? (van 15 casos). ¿Las dos activistas detenidas por la policía por supuestas amenazas a la presidencia en tiempo récord?
Cuando se persiguen posteos en TikTok con la misma ferocidad con la que se deberían perseguir delitos graves, cuando se quitan visas a opositores como si fueran enemigos de guerra, cuando se organizan turbas digitales/presenciales para destruir a quien piensa distinto, lo que se está construyendo no es seguridad, sino un clima de miedo. Sobre todo si el Jefe de la próxima bancada oficialista, Nogui Acosta, está a favor de quitar garantías y allanar casas sin orden judicial.
La historia enseña una lección que ningún gobierno debería ignorar: el miedo puede silenciar por un tiempo, pero no puede construir legitimidad. Un gobierno para todos no necesita perseguir a nadie. Un gobierno que gobierna para unos pocos descubre, tarde o temprano, que la persecución se vuelve inevitable porque es el único recurso que le queda. Pero también descubre que la persecución es un pozo sin fondo: cuanto más se usa, más se necesita, y menos se logra.
Los primeros cien días no medirán cuánto puede construir Laura Fernández, sino cuánto puede resistir sin que las fuerzas que creyó controlar terminen gobernándola a ella.
