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Lo que debemos agradecerle a Rodrigo Chaves

Hay gobiernos que dejan puentes, escuelas, reformas o siquiera una vaga sensación de haber pasado por la historia sin haber arruinado al país. El de Rodrigo Chaves, en cambio, merece nuestro agradecimiento por una contribución mucho más original: nos obligó a dejar de vivir del prestigio heredado.

Durante décadas, Costa Rica caminó por el mundo con esa rara mezcla de vanidad tropical y decencia republicana que le permitía decir, sin rubor excesivo, que era una democracia seria. No perfecta, desde luego. Ninguna lo es. Pero seria. Un país sin ejército, con prensa libre, con instituciones a veces exasperantes, sí, pero precisamente por eso valiosas: porque incomodan al poder cuando el poder se envanece. Entonces llegó Rodrigo Chaves, gran pedagogo involuntario, y nos enseñó que la reputación de un país también se puede rifar en una conferencia de prensa cada miércoles.

Hay que agradecerle, en efecto, el favor didáctico. Gracias a él aprendimos que un presidente puede confundir la investidura con un set de televisión, la crítica con una conspiración y la rendición de cuentas con una insolencia. El deterioro del clima de libertad de prensa no es una impresión de gente delicada ni una pataleta corporativa de periodistas. Lo documentaron organismos internacionales, lo registró la academia costarricense y lo confirmó la propia Sala Constitucional al amparar a comunicadores agredidos o limitados en el ejercicio de su labor. Costa Rica, que había ocupado lugares de privilegio en libertad de prensa, fue descendiendo escalón tras escalón.

También debemos agradecerle haber perfeccionado una modalidad novedosa de patriotismo: insultar a los medios, hostigar a los críticos y luego presentarse como víctima de una confabulación universal. Es una hazaña retórica extraordinaria. Solo un talento muy especial logra convertir la majestad del cargo presidencial en una fábrica semanal de resentimiento.

Le Monde lo retrató con sequedad europea: un presidente que no soporta la crítica ni a la prensa. La SIP no habló de un malentendido folclórico, sino de un deterioro real. Qué detalle tan fino: hacer que Costa Rica, durante tanto tiempo ejemplo de moderación institucional, comenzara a ser observada como un laboratorio de intimidación verbal.

Pero sería injusto reducir el legado de Chaves a su cruzada contra el periodismo. También dejó a la vista una vocación más ambiciosa: la erosión sistemática del prestigio de los contrapesos. La “Ley Jaguar”, presentada como epopeya plebeya contra los burócratas del control, terminó estrellándose contra la Constitución. No una, sino dos veces. Es difícil imaginar metáfora más exacta de este gobierno: una maquinaria de propaganda que avanza rugiendo hacia el horizonte y acaba varada frente al muro del derecho. El jaguar resultó ser un felino de utilería, feroz para el discurso y tímido al examen de la razón.

En materia ética, el gobierno ha sido igualmente generoso con las lecciones. La Fiscalía acusó al presidente en causas por presunto financiamiento ilícito de campaña y por un presunto esquema de corrupción ligado a fondos del BCIE; la Corte Suprema pidió levantar su inmunidad para que pudiera ser juzgado en una de ellas. Nadie serio debería afirmar culpabilidades antes de sentencia. Pero nadie serio puede fingir que semejante panorama es una simple anécdota administrativa. Un presidente electo sobre la promesa de barrer con los vicios de siempre terminó ofreciendo al país el espectáculo de una presidencia cercada por expedientes, solicitudes de desafuero y alegatos de persecución. El moralizador terminó moralmente hipotecado por la sospecha.

Y, como suele ocurrir en estos dramas políticos, tampoco faltaron los escuderos parlamentarios dispuestos a practicar una forma particularmente triste de valentía: la pusilanimidad. Nueva República, que en su momento se prestó con entusiasmo a auxiliar al Ejecutivo en momentos políticamente delicados, pareció apostar a que la obediencia estratégica sería recompensada con alguna forma de supervivencia política. El cálculo resultó tan equivocado como previsible. Hoy ese partido ha desaparecido del mapa político con la misma rapidez con la que ofreció sus servicios. Una ironía discreta de la vida pública: tanta diligencia para ayudar al poder a sortear sus tormentas, y al final ni la impunidad quedó asegurada ni el salvavidas político funcionó. A veces la historia no castiga con estruendo; basta con el silencio del olvido.

Y como todo caudillismo necesita una tentación sucesoria, Chaves también nos regaló un episodio de manual: el Tribunal Supremo de Elecciones pidiendo levantarle la inmunidad por presunta interferencia electoral. Es admirable la consistencia del personaje. En otros países los presidentes, cuando se acercan las elecciones, fingen una prudencia institucional. Aquí no: aquí se ensayó la modalidad del mandatario que quiere ser árbitro, jugador, entrenador, comentarista y barra al mismo tiempo. La separación entre gobierno y campaña le pareció, al parecer, una sutileza ornamental.

No olvidemos la seguridad. Chaves recibió un país ya golpeado por el avance del narcotráfico y la violencia, pero lo condujo a una etapa en la que la llamada “Suiza centroamericana” comenzó a parecerse cada vez menos a una excepción democrática y cada vez más a una plaza sitiada. Los homicidios alcanzaron cifras récord en 2023 —algo casi inconcebible para un país que durante años exhibió tasas de violencia comparables con las de Japón, Suecia o Luxemburgo— y permanecieron en niveles alarmantemente altos en 2024 y 2025. La respuesta oficial osciló entre la teatralidad punitiva, la fascinación apenas disimulada por el modelo Bukele y esa antigua superstición latinoamericana según la cual la realidad termina rindiéndose ante la estridencia del poder. Pero la realidad, como suele ocurrir, no escuchó. Y la sangre, por desgracia, no se deja persuadir por consignas.

Por si algo faltara en esta ópera de desmesuras, el país tuvo que atravesar racionamientos eléctricos en 2024, un episodio particularmente elocuente en una nación que durante años se enorgulleció de su planificación energética, su matriz limpia y una sobria reputación técnica. El contraste fue casi literario: un país que solía presentarse como vitrina mundial de energía renovable terminó administrando apagones. Pocas imágenes resumen mejor a un gobierno que su capacidad para convertir una marca país cuidadosamente construida durante décadas en la crónica de un apagón anunciado.

De modo que sí: hay que agradecerle a Rodrigo Chaves. Gracias a él comprendimos que el prestigio internacional de Costa Rica no era un bien inmueble, sino una pieza delicada de cristal que había sobrevivido décadas gracias a cierto cuidado republicano. Y que un presidente puede entrar en esa cristalería no como su guardián, sino como un elefante convencido de que la mejor manera de demostrar su fortaleza es avanzar sin mirar dónde pisa.

Gracias a él aprendimos también que la grosería puede presentarse como método de gobierno, que el pleito permanente puede venderse como autenticidad y que el autoritarismo de micrófono no necesita tanques cuando dispone de cámaras, aduladores y una clientela política dispuesta a celebrar cada golpe contra la porcelana institucional como si se tratara de un gesto de coraje.

Lo más triste no es que Rodrigo Chaves haya degradado su propio cargo. Presidentes así aparecen, tarde o temprano, en casi todas partes. Lo verdaderamente triste es que haya querido degradar con él la idea misma de república: esa noción antigua, acaso poco sexy para los tiempos del espectáculo, según la cual gobernar no consiste en humillar al discrepante, desacreditar al juez, burlar al árbitro y convertir la verdad en utilería.

Su gran obra, en fin, no fue modernizar Costa Rica, ni moralizarla, ni elevar su prestigio. Fue algo mucho más pedestre y, por lo mismo, mucho más corrosivo: banalizar el poder. Convertir la Presidencia de la República en una tribuna de agravios, la deliberación pública en un espectáculo de bravatas y la grosería en una forma de liderazgo político. Bajo su gobierno, la vulgaridad dejó de ser un accidente ocasional del temperamento para convertirse en método.

Y en medio de esta colección de gestos memorables, conviene agradecerle también un detalle que, siendo menor en apariencia, revela cierta sensibilidad estética tardía. Me refiero a su decisión de no presentarse en el discurso anual ante la Asamblea General de las Naciones Unidas. Es un gesto que merece reconocimiento. No todos los gobernantes tienen la delicadeza de evitar a su país el bochorno de una escena internacional innecesaria. En este caso, Costa Rica se libró de exportar al foro diplomático más visible del planeta la misma puesta en escena descuidada que ha caracterizado tantas comparecencias domésticas: esa mezcla de improvisación, desaliño y vacilación corporal tambaleante que, según numerosas crónicas y comentarios públicos, a menudo parecía menos propia de un estadista que de alguien que ha confundido la solemnidad del cargo con la informalidad de un bar a medianoche. No se trata —conviene aclararlo— de un asunto de fisonomía ni de genes, que pertenecen al territorio inviolable y sagrado de lo personal, sino de algo mucho más político: la estética del poder. La forma en que un presidente se presenta ante el mundo también habla del país que representa. Y en este caso, la ausencia terminó siendo, paradójicamente, su forma más digna de presencia.

Conviene, además, que lo recuerden quienes se han matriculado con entusiasmo en ese barco. No navega hacia ningún puerto reconocible, ni tiene brújula, ni un capitán valiente. Es una embarcación que avanza a base de gritos, aplausos y golpes de timón improvisados. Y la historia política suele ser implacable con esas travesías: los pasajeros creen que participan en una expedición heroica, cuando en realidad solo están acercándose, lentamente, al mismo lugar donde siempre terminan los barcos sin rumbo. El naufragio.