Desde hace ya algunos años en el debate público costarricense, la expresión “red de cuido” empezó a adquirir un significado que poco tiene que ver con lo que es y la política pública que le dio sustento. En conversaciones cotidianas, en redes sociales, en espacios mediáticos y hasta de control político, el término aparece como sinónimo de trato preferencial o de protección indebida. Hoy se utiliza con frecuencia como una etiqueta para señalar privilegios, favores políticos o situaciones de aparente corrupción.
Que algunas personas reciben beneficios especiales por ser de un partido: red de cuido. Que otras no rinden cuentas o no puedan ser alcanzadas por la justicia: red de cuido. Que se otorgó un contrato en circunstancias sospechosas: red de cuido. Que el hijo de tal o la esposa de cual tuvo ventaja en el concurso: red de cuido. Que el presidente (una vez más) quiere pelear con alguien: red de cuido.
Sin embargo, la Red Nacional de Cuido y Desarrollo Infantil nació con un propósito muy distinto. Creada en 2014 mediante la Ley 9220, su objetivo fue establecer un sistema público y solidario de cuido y desarrollo infantil que brindara atención integral a niños y niñas y apoyara a las familias trabajadoras, especialmente a las mujeres. Su funcionamiento descansa en la coordinación de múltiples instituciones públicas, entre ellas el IMAS, el PANI, los ministerios de Educación, Salud y Trabajo, el Inamu, la CCSS, el INA y las municipalidades.
¿Es un sistema necesario? Difícilmente alguien lo discutiría. ¿Es un sistema perfecto? Por supuesto que no. Como cualquier política pública compleja, enfrenta desafíos de gestión, financiamiento y articulación institucional.
Lo que resulta llamativo es que, en lugar de discutir con mayor profundidad cómo fortalecer ese sistema, el término que lo nombra comenzó a desplazarse hacia otro terreno. “Red de cuido” es ahora una fórmula fácil para insinuar relaciones de protección, favores o impunidad, pero que pocas veces terminan en una denuncia formal o en un castigo. Así, una expresión que originalmente describía una política social de carácter universal y función estratégica, terminó convertida en una munición del arsenal de quienes atizan la disputa política con mucho humo y grito.
El lenguaje no es neutral. Las palabras con las que nombramos las políticas públicas también influyen en la manera en que las comprendemos y nos comprometemos con ellas. Cuando un término se utiliza reiteradamente con un sentido distinto al original, deja de ser una simple licencia del idioma, su significado puede desplazarse y el concepto que nombraba una iniciativa concreta comienza a diluirse entre usos figurados o acusaciones genéricas.
Ese desplazamiento ocurre en un momento particularmente sensible para el país. Nunca como ahora resulta necesario que las familias cuenten con apoyos que les permitan trabajar, estudiar y organizar su vida cotidiana con mayor estabilidad. En Costa Rica, donde las tareas de cuido siguen recayendo mayoritariamente en las mujeres y donde la informalidad laboral supera el 38%, los sistemas de apoyo al cuido no son un lujo: son una pieza importante de la estructura y el tejido social.
Según datos recientes del INEC, más de un millón de personas en el país mayores de 15 años se encuentran fuera del sistema educativo y del mercado laboral. Esta realidad plantea desafíos económicos y sociales profundos que atraviesan no solo el empleo, sino también la seguridad, la educación, la salud física y mental y la cohesión social. En ese contexto, las políticas que buscan apoyar a las familias y facilitar la participación laboral adquieren una relevancia inminente.
Por eso vale la pena detenerse en el modo en que hablamos de ellas. Cuando el nombre de una política pública se utiliza de manera indiscriminada para describir fenómenos distintos, el debate termina perdiendo rigor y la necesidad ve pasar de lejos su oportunidad.
Tal vez el primer paso sea recuperar la precisión: llamar corrupción a la corrupción y Red de Cuido a la política pública que es; a la primera denunciarla y castigarla fuertemente, y a la segunda reconocerla, trabajar en ella, reafirmar su valor, potenciar su alcance y ojalá, celebrar sus impactos.
