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Foto: Harald Krichel / WikiPortraits

La ligereza de los artistas

Vean. Ni siquiera me voy a detener a contar lo que ya todos sabemos que pasó con Timothée Chalamet. Las palabras que usó, en el contexto en el que estaban dichas y el mensaje que transmitieron son, sin dejar espacio para la duda, desafortunadas. No solo porque los artistas no nos pisamos el talento entre nosotros, sino porque regresamos, una vez más, al caso de alguien que habla desde el privilegio sin notar el peso de sus palabras. Para quienes desconocen qué sucedió: Timothée se dejó decir que artes como la ópera y el ballet luchan por sobrevivir, emitiendo el juicio de que ya no son tan relevantes.

En unos años, Timmy —de cariño, porque somos colegas artistas— tendrá sus millones y su carrera intacta, mientras otros seguirán intentando abrirse paso en el ya reducido círculo del privilegio. Me tomó por sorpresa, porque él ha cultivado una imagen distinta: la del artista joven, sensible, que entiende el mundo que le rodea y que busca ser accesible. Esa imagen hace el desliz más difícil de ignorar, no menos. Es precisamente en estos momentos donde se les escapa su verdadero ser: demuestran, una vez más, quiénes son y cómo piensan.

La ligereza con la que algunos artistas tratan temas importantes asusta. Nuestro trabajo consiste en darle proyección a aquellas situaciones que necesitan atención y denuncia. Usar una plataforma personal para bajarle el piso a un colega es, por mucho, una bajeza. Lo sé de cerca: hace unas semanas fui crucificado por comparar al gobierno actual con 1984 de Orwell. Mi Instagram sufrió las consecuencias. Pero hay cosas que deben ser dichas, aunque duelan.

No llego tarde a la fiesta, aunque ríos de tinta ya han corrido sobre el tema. Llego cuando tengo algo que decir. Y lo que digo es esto: no quedarse callado no es una opción, es una obligación.