Para los pequeños emprendimientos literarios, la Fiesta Nacional de la Lectura no es un evento más: es EL evento. La esperamos con alegría genuina, porque al ser organizada por el Ministerio de Cultura es gratuita tanto para lectores como para expositores, y esa diferencia lo cambia todo. La Feria Internacional del Libro tiene costos de participación que muchos simplemente no podemos asumir. Varios emprendimientos pequeños ni siquiera podemos estar ahí, y menos cuando se realizaba en espacios como el Centro de Convenciones o Pedregal, donde además raramente se recuperaba ganancia.
La Fiesta Nacional es nuestra gran oportunidad: accesible para el público, incluyendo personas que vienen de zonas rurales y que difícilmente llegan a una feria internacional. Esperamos todo el año para ese momento. Por eso programar la FNL diez días después de la FIL, "nos echa a perder la fiesta", literalmente. La gente ya gastó, ya se ilusionó, ya compró. La segunda visita siempre será menor en asistencia y en ventas. Para quienes dependemos de esos dos grandes momentos del año, que queden tan juntos no es un inconveniente menor: es un golpe directo a la posibilidad de sostener lo que hacemos con tanto amor.
Los editores y libreros más pequeños, todos los integrantes de la cadena de valor del libro que no siempre pueden pagar una participación en la FIL, los que dependen de una asistencia masiva de personas que deseen comprar libros nacionales, los que trabajan todo el año para tener ese gran momento de visibilidad: somos también quienes más fielmente hemos defendido los objetivos fundacionales de esta fiesta. Que sea gratuita, abierta, democrática y que celebre la producción literaria nacional en toda su diversidad.
Esa historia importa y debe decirse con claridad: la Fiesta Nacional de la Lectura no nació en una oficina ministerial. Nació del sector. Fuimos nosotros quienes llevamos la propuesta al Ministerio de Cultura en la administración pasada, quienes la soñamos y la impulsamos. Y cuando el gobierno quiso quitarle el presupuesto con la anterior ministra, también fuimos nosotros quienes fuimos a defenderla ante la Asamblea Legislativa. Y lo logramos. Año tras año hemos peleado para que se realice en el mejor espacio posible, la Antigua Aduana, y para que no pierda su esencia: la democratización de la literatura.
La Fiesta Nacional de la Lectura no busca mostrar solo lo más comercial. Busca mostrar la riqueza y la variedad real de la producción literaria nacional, darle espacio a voces que no necesariamente tienen cabida en una feria que se rige por los pagos de stand. No solo participamos en ella: la hemos cuidado, la hemos defendido y la seguimos construyendo. Por eso duele tanto cuando se toman decisiones sobre ella sin tomar en cuenta a quienes la hicieron posible.
El cambio más urgente y más profundo es cultural antes que institucional: necesitamos que el Estado aprenda a escuchar a los pequeños y medianos del mundo del libro, no solo a los grandes actores con más recursos y más lobby. Necesitamos unirnos más como sector, porque las luchas que vienen son grandes y solo juntos vamos a poder enfrentarlas.
Hay una meta que se vuelve urgente: que la Fiesta Nacional de la Lectura se convierta en Ley de la República. Que no dependa de la voluntad de cada gobierno de turno. Que tenga una fecha fija en el calendario, que se realice siempre en la Antigua Aduana, que cuente con presupuesto garantizado del Ministerio de Cultura y que el sector, principalmente el de los pequeños y medianos emprendimientos, esté siempre en la mesa de toma de decisiones. Que nadie pueda quitársela a Costa Rica, porque esta fiesta no le pertenece a una administración: le pertenece al pueblo lector y a quienes dedican su vida al libro.
