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La democracia también se construyó golpeando ollas

Mi abuela salió a la calle en 1947 a golpear una olla.

No había redes sociales, ni cámaras, ni discursos amplificados por micrófonos. Había algo más simple y más poderoso: la convicción de que la democracia costarricense no podía construirse dejando a las mujeres fuera de las decisiones.

Aquel gesto —aparentemente pequeño— formaba parte de una lucha mucho más grande. Un año después, con la Constitución Política de 1949, Costa Rica reconocería finalmente el derecho de las mujeres a votar, una conquista impulsada por mujeres visionarias como Ángela Acuña Braun y muchas otras que insistieron durante décadas en que la democracia debía incluir también la voz de las mujeres.

Cada 8 de marzo el mundo conmemora el Día Internacional de la Mujer, una fecha que recuerda esa larga lucha por la dignidad, los derechos y el respeto hacia las mujeres. Sin embargo, en medio del ruido de nuestro tiempo, pareciera existir una creciente confusión —tanto a nivel mundial como en nuestro propio país— sobre lo que significa realmente ese respeto.

A veces creemos que hemos avanzado mucho. Pero basta observar con atención para descubrir que muchas de las conquistas de las mujeres siguen siendo recientes y frágiles, y que lo que realmente se logra —y se sostiene en el tiempo— es todavía menos de lo que imaginamos.

El mundo ofrece recordatorios constantes de esa fragilidad. En los conflictos armados que hoy sacuden distintas regiones, quienes más sufren las consecuencias rara vez son quienes toman las decisiones. Independientemente de si las personas apoyan o no a un régimen o a una causa, los más vulnerables —niños, niñas y mujeres— terminan cargando con el mayor peso del sufrimiento.

Pero esa confusión sobre el respeto no ocurre solamente en los grandes escenarios internacionales. También aparece en lo cotidiano y en la vida pública.

En Costa Rica, recientemente vimos cómo una niña en Pérez Zeledón fue arrojada a un basurero como castigo por su comportamiento, un hecho que conmocionó al país. También hemos presenciado escenas incómodas en la esfera política cuando una profesional que ocupa un ministerio es reprendida públicamente por expresar algo tan elemental como el respeto entre los poderes de la República.

Son hechos distintos entre sí, pero todos nos obligan a hacernos una pregunta incómoda: ¿hemos entendido realmente lo que significa el respeto y la dignidad de las mujeres y las niñas?

A veces creemos que esas batallas quedaron atrás. Que el progreso es inevitable. Pero la historia —y la realidad cotidiana— nos recuerdan que los derechos nunca están completamente asegurados. Cada generación debe volver a defenderlos.

Recientemente, Costa Rica eligió a su segunda mujer presidenta, Laura Fernández Delgado. Al mismo tiempo, la Asamblea Legislativa electa será la que tenga la mayor cantidad de mujeres en la historia de nuestro país.

Son señales importantes de progreso institucional. Pero también son un recordatorio de que las conquistas democráticas no ocurren por accidente. Son el resultado de muchas voces que, en distintos momentos de la historia, se negaron a quedarse en silencio.

Tal vez por eso, cada vez que llega el 8 de marzo vuelvo a imaginar a mi abuela golpeando una olla en alguna calle de Costa Rica.

Ese sonido, sencillo y persistente, era más que una protesta.

Era el sonido de una democracia que todavía estaba aprendiendo a escuchar.

Y ojalá que cuando llegue el próximo 8 de marzo podamos conmemorar esta fecha con mayor esperanza, recordando que el respeto, la dignidad y la igualdad no son privilegios que se conceden, sino derechos que nos corresponden a todas las personas, simplemente por el hecho de serlo.