Las últimas semanas de la contienda electoral, que terminó con el día de las elecciones el pasado 1 de febrero —quizá desde noviembre—, mostraban de manera evidente un marco interpretativo —formas de presentar la información que guían cómo descifrarla— de “Batalla Final” que emanaba de la oposición al actual gobierno, al ver que las encuestas encumbraban sostenidamente al PPSO: había que jugar a todo o nada; o se le ganaba al PPSO, o se perdería Costa Rica, la democracia y el país que hemos forjado entre todos.
Este marco se parecía mucho al del “No al TLC” en el agitado referendo del 2007 que intentó hacer creer que la Costa Rica construida por nuestros padres, abuelos y bisabuelos iba a desaparecer si ganaba el “Sí al TLC”, y que fundamentalmente se iban a destruir todas las conquistas del pasado. No quedaría piedra sobre piedra ni agua en nuestros ríos y lagos.
Finalmente, en aquella ocasión ganó el “Sí al TLC”; una especie de Leviatán que simbolizaba las fuerzas del mal según sus oponentes. Pues no hubo “Tierra Arrasada” ni llovió azufre ni ceniza sobre Costa Rica en aquel momento ni en los años posteriores como fruto de la firma del tratado. Algunos con el expertise de luchas de antaño revivieron, con sus mases y sus menos, ese marco de “Batalla Final” de hace 19 años en la reciente campaña.
Por lo general, este tipo de contiendas nos recuerdan la saga de la Guerra de las Galaxias donde el mundo se divide entre malos y buenos: en este caso los buenos, la oposición en su conjunto, los Jedi impolutos, aparecen abrazados y tomados de la mano cándidamente pues representan a Costa Rica, sus verdaderos valores y la composición químicamente pura del ser costarricense; y los malos, el PPSO, serían el Imperio con Darth Vader a la cabeza y el lado oscuro de la fuerza en todo su esplendor.
En el calor del momento de las contiendas políticas a veces se nos olvida que por lo general ni los “malos” son tan “malos” ni los “buenos” son tan “buenos”. Así como este marco interpretativo, existen muchos marcos preexistentes utilizados consciente o inconscientemente que “flotan” en el imaginario colectivo de muchos países en las culturas occidentales y Costa Rica no fue la excepción: por ejemplo “David vs. Goliat” —donde el más débil y con pocos medios vence al más fuerte y con muchos medios—; “Narrativa Apocalíptica”— si dejamos que gane X el país se hunde—; o “Cruzar el Rubicón”— con su “alea iacta est”: no hay vuelta atrás pues la suerte está echada—.
Uno de los marcos perdedores, hasta cierto punto, de esta contienda fue el de “Defender” Costa Rica, que viene siendo un Marco de “Defensa Identitaria” o de “Conservación”.
Es posible que los que lo impulsaron y que contagiaron a un sector importante de votantes, no supieron interpretar que posiblemente, desde hace unos 12 años, cuando ganó el primer gobierno del PAC, existen cantidades enormes de costarricenses muy disconformes con “lo de siempre” y que piensan que la Costa Rica que algunos quieren “defender” o “rescatar” es la Costa Rica que más bien no les funciona y piden cambio a gritos.
“Defender” se vuelve para ellos un contrasentido pues es lo que les tiene en la pobreza, viven con indignación el privilegio de algunos, tienen pocas oportunidades para crecer o han perdido la esperanza y quieren algo distinto.
Quizá un “aufheben” hegeliano, un marco de “Superación Integradora” bien planteado comunicacionalmente, hubiera resonado más que quedarse en el pasado. Es posible que lo hayan intentado, pero no quedó plasmado en la verbalización del mensaje.
Volviendo al marco interpretativo principal de “Batalla Final” que se percibió de la oposición en general, suele no ser esta una verdadera batalla final —¡cuántas más nos inventaremos!—, sino que más bien solemos vivir una “Lucha sin Fin” como llamó a su finca el Padre de la Segunda República.
