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La asistencia humanitaria y el derecho internacional a merced del más fuerte

El derecho internacional y su arquitectura se han deteriorado progresivamente, un proceso evidenciado por una figura controvertida como Donald Trump. Esta erosión obedece también a un nuevo orden mundial caracterizado por la desproporción de poder decisorio en los contrapesos del sistema internacional, el enfoque individualista de los programas y la ausencia de evaluación y rendición de cuentas.

La construcción del derecho internacional requirió dos guerras mundiales y se basó en intereses mutuos que respetaban al otro —sin negarlo—, para fomentar la solidaridad, las políticas de ayuda externa y la cooperación. Al desplazar la lógica de la fuerza —determinada por presupuestos y armamento—, se erigió el Sistema de Naciones Unidas y el derecho internacional, con instrumentos regulatorios para el nuevo orden mundial, incorporando temas comunes a lo largo de los años.

No obstante, el derecho se ha quebrantado. Los Estados son víctimas de gobiernos transitorios que descuidan las políticas de Estado, exponiéndose los intereses de financiadores de campañas, sus valores e ideologías. Joe Biden alertó el 16 de enero de 2025 sobre una oligarquía de extrema riqueza en Estados Unidos. Hoy impera la noción absurda de "paz a través de la fuerza", un cliché que suplanta la cooperación y el diálogo por mecanismos de disuasión, imposición y perpetuación de intereses de gobiernos con superior poder político y armamentístico.

La defensa inquebrantable de esta forma de gobierno entre sus simpatizantes se sustenta en un vendedor hábil, millonario e inteligente como Donald Trump, quien ha hiperbolizado su narrativa para generar ansiedad en lectores, simpatizantes y votantes. Reconoce la necesidad de los latinos —contrató miles en sus negocios— y sabe gestionarlos culturalmente. Entiende el contexto latinoamericano, donde la idea de república democrática nació con los dados cargados y elites definidas, entre dominadores y dominados: un patrón histórico y psicológico.

Trump emplea constante el ciclo de abuso o refuerzo intermitente en sus narrativas y discursos, alternando agresión (física o emocional) con afecto intenso. Psicológicamente, esto produce dependencia emocional, donde la víctima justifica al agresor; aun racionalizando la verdad técnica, se defiende esa forma de ser y gobernar, similar a lo que hace chavismo en Costa Rica. Este ciclo de refuerzo lo aplica de manera constante Trump, como con la salida del comandante jefe de la Patrulla Fronteriza Greg Bovino, mientras esto ocurría en Estados Unidos, Trump admitió posible error en la "mano dura" hacia los migrantes (mostrándose compasivo), en el marco de elecciones inminentes. Esto resuena en el electorado cultural latino, con antecedentes de autoridad parental estricta —la faja, el "te pego porque te amo".

Con la llegada de Gobiernos de extrema han atacado agendas globales que son acuerdos comunes —como la ODS 2030—, desmovilizando intereses mutuos para imponer los propios: el Escudo de las Américas, la Junta de Paz, la salida del Consejo de Derechos Humanos. Han desmoralizado el multilateralismo por una diplomacia de presión y castigo. Algunos ejemplos van desde los mecanismos con la eliminación de las visas (al magistrado Cruz o expresidentes), los impuestos a países, la presión a las cadenas de suministro comercial, e incluso hasta colateralmente como mecanismos de presión y castigo, obstaculizar al cardenal Pizzaballa en el Domingo de Ramos. No son coincidencias mi estimados lectores.

La imposición de la agenda del país más fuerte se extiende al plano psicológico y narrativo: no ya ideologías, sino perpetuación del poder del más fuerte —el "Rey"— sobre credos religiosos, relaciones comerciales (con quién negociar), identidad de género y restricción en la formulación de proyectos que restringen usar la palabra protección o género. En Naciones Unidas, el llamado histórico ha sido prevenir más que curar, atendiendo causas en lugar de síntomas. ¿Qué ocurre cuando esas causas son globales? Es imperativo recuperar la visión global, con firmeza y autocrítica.

Limitarse a garantizar reproducción y supervivencia durante la tormenta erosiona la credibilidad, sin evaluación ni firmeza para señalar incumplimientos estatales ni diversificar donantes en otras áreas. Invertir en instituciones y capacidades estatales —víctimas de gobiernos de turno- sin incentivos, recursos o ejercicios que finalicen en mejorar la arquitectura normativa y la gobernanza.

Cooperar en este contexto exige revisar y cuestionar: ¿a quién cooperamos y para qué? No siempre es viable mantener entornos amigables. Un diálogo respetuoso no coarta la firmeza para denunciar irregularidades. Las organizaciones, sin ingresos propios, arriesgan su sostenibilidad, pero su misión no es calcular duración o escala de operaciones, sino transformar estructuras, cuidar, preservar y contribuir a salvar vidas. Es vital apuntar a programas orientados a fortalecer la gobernanza y la incidencia política orientada a la arquitectura normativa e institucional que finalice con cambios en leyes y reglamentos, con partidas para inversiones concretas en los nudos de atención.

Finalmente, programas asociativos, comunitarios y condicionados, con incentivos y herramientas tecnológica y evaluación. Proteger mediante capacitaciones sin presupuesto ni poder político será un acto de conciencia que podría empeorar si no hay denuncia ni firmeza en los actos que negociamos.