Imagen principal del artículo: Influencers en la finca digital llamada Costa Rica

Influencers en la finca digital llamada Costa Rica

En Costa Rica tenemos una curiosa costumbre nacional: descubrir periódicamente problemas que en realidad llevan décadas viviendo entre nosotros. Basta con que estallen en redes sociales para que de pronto nos sorprendamos, nos indignemos y, durante algunos días, discutamos con intensidad sobre temas que antes parecían invisibles.

La última ola de indignación digital gira alrededor de los Influencers y las personas menores de edad. De pronto, el país entero parece haber descubierto que las redes sociales pueden ser espacios problemáticos, que la influencia existe y que las juventudes pueden estar expuestas a dinámicas riesgosas en internet.

La reacción suele ser inmediata. También suele ser breve.

Porque si algo caracteriza a nuestra pequeña finca digital llamada Costa Rica es la velocidad con la que nos indignamos… y la misma velocidad con la que pasamos al siguiente tema.

La palabra influencers suena sofisticada, casi empresarial. Evoca marketing, campañas, marcas y estrategias digitales. Pero si se traduce sin adornos, significa algo bastante simple: alguien que tiene la capacidad de influir en otras personas.

La pregunta incómoda es otra: ¿influir en qué?

Las redes sociales han multiplicado la posibilidad de tener visibilidad pública. Hoy cualquier persona con un teléfono, una cámara y suficiente persistencia puede reunir miles de seguidores. En principio, esto podría interpretarse como una democratización de la voz pública. Nunca había sido tan fácil hablarle a tanta gente.

Pero la visibilidad no es lo mismo que la responsabilidad.

En Costa Rica, el ecosistema de influencers ha crecido con una mezcla curiosa de espontaneidad, mercado publicitario y poca reflexión pública sobre el alcance real de la influencia digital. Muchas figuras se perciben —y son percibidas— como personas comunes que simplemente comparten su vida cotidiana. Y en muchos casos lo son.

Sin embargo, cuando alguien reúne decenas o cientos de miles de seguidores, su voz deja de ser únicamente personal y empieza a convertirse en un fenómeno social.

El filósofo Byung-Chul Han ha descrito nuestra época como una “sociedad de la exposición”. Vivimos en un tiempo donde la visibilidad se ha convertido en una forma de capital social. Lo que no se muestra parece no existir. Las plataformas digitales funcionan entonces como grandes vitrinas donde cada publicación compite por un recurso escaso: la atención.

En esa economía de la atención, muchas veces lo que circula con mayor velocidad no es lo más reflexivo ni lo más responsable. Circula lo más visible. Y con frecuencia, lo más visible es el escándalo.

Pero hay algo curioso en todo esto.

Cada vez que estalla una polémica digital relacionada con personas menores de edad, pareciera que como sociedad descubrimos de pronto un problema nuevo. Como si la vulnerabilidad de la niñez hubiera nacido con TikTok o Instagram. Como si antes de las redes sociales hubiéramos vivido en una especie de inocencia colectiva.

La realidad, lamentablemente, es mucho menos cómoda.

En Costa Rica, distintas organizaciones han advertido desde hace años que la violencia hacia niñas, niños y adolescentes sigue siendo una problemática persistente. World Vision ha descrito esta situación como una herida social que atraviesa generaciones y que continúa manifestándose en distintos espacios de la vida cotidiana.

Investigaciones divulgadas por la Universidad de Costa Rica señalan además que una parte importante de la población percibe que las personas menores de edad están expuestas a formas de violencia psicológica y sexual. Y no solo en internet.

Incluso desde el ámbito de la salud pública, la Caja Costarricense de Seguro Social ha advertido sobre las consecuencias profundas que estas experiencias tienen en la salud mental y el desarrollo integral de la niñez y la adolescencia.

Dicho de otro modo: la vulnerabilidad de las personas menores de edad no apareció con los influencers.

Ha estado presente en nuestros barrios, en nuestras comunidades, en nuestras familias y en nuestras instituciones mucho antes de que existieran las plataformas digitales. Lo que las redes sociales han hecho no es inventar el problema, sino hacerlo visible —a veces de forma incómoda— frente a una audiencia mucho más amplia.

Tal vez por eso cada escándalo digital produce una reacción tan intensa. Nos obliga a mirar algo que preferiríamos seguir ignorando.

Las redes sociales no son un universo separado de la realidad social. Son, más bien, un espejo amplificado de ella. Allí circulan los mismos valores, las mismas tensiones y, a veces, las mismas formas de violencia que existen fuera de la pantalla.

Por eso el debate sobre los influencers no debería limitarse únicamente a las polémicas virales que aparecen cada cierto tiempo. El problema no es solamente quién cruza determinados límites en internet.

El problema es el ecosistema cultural que permite que esos límites se vuelvan borrosos.

Porque la influencia digital no existe en el vacío. Se alimenta de audiencias, de algoritmos y también de una sociedad que decide qué contenidos observar, compartir y amplificar.

En esta pequeña finca digital llamada Costa Rica discutimos mucho sobre influencers.

Pero tal vez el verdadero problema no sea quién influye en internet.

Tal vez el problema sea una sociedad que solo se indigna cuando la violencia se vuelve viral.