Imagen principal del artículo: Hay “dulce alegría” en atender al enfermo

Hay “dulce alegría” en atender al enfermo

Parece contradictorio. Si amo a mi prójimo, me conmueve su dolor. Debo sentirlo como mío. Si eso es así, ¿cómo voy a poder encontrar felicidad en acercarme a mi hermano que sufre por la enfermedad?

El pasado 11 de febrero se celebró la trigésimo cuarta Jornada Mundial del Enfermo. Estas jornadas fueron establecidas por el santo papa Juan Pablo II en 1992 quien manifestó:

He decidido instituir la Jornada Mundial del Enfermo, que se celebrará el 11 de febrero de cada año, memoria litúrgica de la Virgen de Lourdes [...] La celebración anual de la Jornada Mundial del Enfermo tiene, por tanto, como objetivo manifiesto sensibilizar al pueblo de Dios y, por consiguiente, a las varias instituciones sanitarias católicas y a la misma sociedad civil, ante la necesidad de asegurar la mejor asistencia posible a los enfermos”.

Se trata pues de detenernos cada año para despertar nuestra consciencia sobre el dolor de las personas enfermas, su necesidad de cuido y compañía, su dignidad, las extraordinarias y meritorias tareas de todo el personal que atiende a los enfermos y para insistir en el llamado que Jesús nos hace para que seamos buenos samaritanos.

Para la celebración este año de la Jornada Mundial del Enfermo el papa León XIV en su mensaje nos dice:

He querido proponer de nuevo la imagen del buen samaritano, siempre actual y necesaria para redescubrir la belleza de la caridad y la dimensión social de la compasión, para poner la atención en los necesitados y los que sufren, como son los enfermos.”

A lo largo de nuestra vida la enfermedad nos toca de diversas formas. Cuando enfermamos y personalmente sufrimos el dolor y la limitación de nuestras capacidades físicas, emocionales, espirituales. Cuando vivimos la enfermedad de nuestros hermanos y amigos, el dolor profundo de la enfermedad de nuestros padres, la angustia por la enfermedad de un hijo o un nieto, el sufrimiento intenso por la pérdida de salud de nuestra o nuestro cónyuge.

¿Cómo puedo entonces afirmar que hay felicidad en atender al enfermo?

El papa León XIV responde en este mensaje:

San Francisco lo explicaba muy bien cuando, hablando de su encuentro con los leprosos, decía: El Señor me llevó hasta ellos», porque a través de ellos había descubierto la dulce alegría de amar”.

Una maravillosa expresión del amor se produce en el cuidar, acompañar, consolar a la persona enferma.

Es una circunstancia en la que se unen el dolor que siento por el sufrimiento del enfermo que hago propio, con la “dulce alegría” de expresarle mi amor atendiéndolo.

El personal de salud, las médicas y médicos, enfermeros y enfermeras, profesionales de laboratorios, y todo el personal que colabora en los centros de salud vive constantemente el sufrimiento de los enfermos a los que atienden. Pero viven también la satisfacción interna, profunda que les depara el servicio que prestan. No podría entender el cálido trato humano que me ha tocado en los últimos años observar en nuestros centros de salud si no fuera por la “dulce alegría” que imparte atender con amor a los enfermos.

La enfermedad que sufre una persona cercana y que también es nuestro sufrimiento deben conmovernos y movernos a entregar nuestro tiempo, nuestras capacidades, nuestro amor al enfermo.

Por nuestro amor a esa persona ya compartimos su sufrimiento. Con nuestra dedicación a servirla podemos acompañar ese dolor con la “dulce alegría” que nos depara la satisfacción de atenderla.

Para mí es ejemplarizante el amor que le dan las lindas personas que en mi casa ayudan a Lorena en el tránsito de su enfermedad. Y me conmueven sus manifestaciones de que ayudar a Lorena les da felicidad, la felicidad del amor activo.

La atención al enfermo es no solo responsabilidad de cada persona es también una responsabilidad social. En su mensaje de esta jornada nos dice el papa:

La compasión es el rasgo distintivo del amor activo. No es teórica ni sentimental, se traduce en gestos concretos; el samaritano se acercacurase hace cargo y cuida. Pero atención, no lo hace solo, individualmente, «el samaritano buscó un posadero que pudiera cuidar de ese hombre, al igual que nosotros estamos llamados a invitar y a reunirnos en un “nosotros” que sea más fuerte que la suma de pequeñas individualidades”.

Los costarricenses desde el origen de nuestra vida republicana entendimos esa obligación de la sociedad de cuidar a los enfermos.

Ya en 1845 se fundó la Junta de Caridad, luego denominada Junta de Protección Social, cuyo primer fruto fue el Hospital San Juan de Dios. Desde entonces nuestro país ha venido avanzando en la institucionalidad para atender la enfermedad, lo que se logró de modo muy significativo con las grandes reformas sociales del Dr. Calderón Guardia y con la transformación del sistema de salud que unió las fases preventivas y curativas y estableció los Ebáis en los noventa.

Hoy sufrimos por las largas listas de espera para atender enfermos a quienes les urge una cirugía o la cita con un especialista. La CCSS carece de los recursos para medicina que el gobierno no le paga y se acumulan en una inmensa deuda. Y el envejecimiento de la población hace que la medicina se vuelva más costosa.

No nos deshumanicemos.

Personalmente y como sociedad atendamos adecuadamente a nuestros enfermos.

Fortalezcamos nuestra cultura cristiana y brindemos la atención personal que nuestros enfermos requieren, dándoles nuestro tiempo y a nosotros mismos. De esa manera además del bienestar de nuestros enfermos obtendremos la “dulce alegría” de atenderlos. Y resolvamos los problemas de nuestra institucionalidad de salud -que es excelente con maravillosos y muy amables servidores- para que vuelva a ser modelo en el mundo.