Ninfa, en tus oraciones acuérdate de mis pecados” Hamlet, William Shakespeare
No todos los días un artista se enamora de una ninfa. Uno de los primeros datos registrados es de la antigua Grecia, el amor de Orfeo y Eurídice. En esa ocasión no terminó bien. Algunas veces sucede así.
Sabemos también que en Inglaterra, en el siglo XVI, un bardo en ciernes quedó prendido del amor de una ninfa del bosque. Eran William y Agnes. Esta vez sí llegó a buen término. Aunque tuvo sus contratiempos. No existe un querer que esté libre de angustia.
El amor de William y Agnes lo documentó Maggie O'Farrell en su libro Hamnet (2020). Ahora la directora Chloé Zhao, ganadora del Óscar por Nomadland, lo lleva al cine.
Zhao nos cuenta una historia: se dice que en el bosque nació una niña… la hija de una hechicera. Pero en realidad es más extraño —o más simple, tal vez—. Ella es una ninfa.
Cuando eres una ninfa, eres difícil de olvidar, ya lo ves. La huella es indeleble.
En el caso de William, con solo una mirada a través de la ventana, con simplemente verla pasar, esa imagen retenida en su mente le impidió llevar su pensamiento a ninguna otra parte, a ningún otro ser. Una ninfa es difícil de olvidar, ya ves.
Y es que ella puede sentir la naturaleza, percibe el futuro así como comprende el pasado. Tiene la sensibilidad de una poeta, la suavidad de una artista.
Agnes custodia las colmenas, escucha a las abejas, las protege. Cultiva plantas, las observa crecer, las cuida y mantiene limpias.
Se comunica aun sin mediar palabras. Porque se comunica con el corazón, como hacen los seres etéreos, que algunas veces lo hacen en sueños.
William la siente en la duermevela, le habla desde su mente, percibe sin necesidad de diálogos sus cambios, sus angustias. No puede separarse. Incluso cuando están lejos.
Hay un “algo” que los une, una conexión que no es común en el mundo humano. Ella es, claramente, una ninfa. Y solo juntos podrán enfrentar el dolor de la realidad cotidiana y la pérdida de los seres queridos.
Porque no todo fue un idilio desde el primer momento. La reacción natural de Agnes fue el rechazo. Agnes no suele recibir pretendientes tan de frente, con tanta prisa, o tan apasionados.
Ella es muy peculiar —por no decir inusual—, y esa es la razón de que sea cautelosa al enfrentar los delirios de la pasión; no tiene por costumbre experimentarlos, mucho menos provocarlos.
Pero, justamente, las características de Will, sus ansias, su euforia, su deseo, son las que despiertan la curiosidad de Agnes, que, finalmente, se deja llevar por su corazón y por el destino. Al final, los instintos saben lo que nos conviene; no hace falta ser hechicera para saberlo… pero ayuda.
La grandeza de Agnes, produce un espacio de sombra para que William repose, porque es una sombra que no opaca, sino que protege; te da descanso. A una ninfa de estas proporciones puedes admirarla desde la distancia, pero también de cerca (tan cerca que los dos ojos se fusionan en uno solo). Puedes admirar su libertad.
Como un collage, fragmentos, memorias, imágenes, palabras y recuerdos van hilando sonidos y colores que forman figuras y van creando la realidad, o lo que llamamos —en nuestra limitada mente— realidad. Pero el corazón puede llegar más lejos, más alto; el corazón es más fuerte. Él nos conecta con un “todo” donde no hay tiempo lineal, no hay separación de individuos.
Es como vivir en locura, alucinando. Pero es tan real que no se puede negar, incluso aunque quede en el pasado. ¿Has sentido alguna vez eso? Tal vez, tú también has tenido esa suerte.
Sé que no es fácil existir en el mundo persiguiendo el amor de una ninfa, pero quienes lo logran, reciben un premio al valor. Una fuerza imparable, que los hace poder aventurarse incluso al inframundo. Y quienes conquistan ese amor, obtienen el perdón por sus faltas.
