La Teoría del Manejo del Terror (TMT) nos enseña que los seres humanos desarrollamos sofisticados sistemas de defensa para lidiar con la conciencia inevitable de nuestra mortalidad. Pero ¿qué ocurre cuando un gobierno mantiene a sus ciudadanos en un estado perpetuo de alerta sobre amenazas mortales sin ofrecer soluciones inmediatas?
El fenómeno descrito, ese donde las personas comienzan a vivir en alerta constante debido a la conciencia de mortalidad y el instinto de autopreservación, no es casualidad. ¿Podría ser que esta "parálisis por el miedo" no sea un efecto secundario indeseado, sino una condición favorable para ciertos tipos de liderazgo político?
Cuando los ciudadanos se encuentran en este estado de terror existencial amplificado, la teoría predice que buscarán defensas proximales y distales para manejar su ansiedad. Las proximales les dirán "esto no me pasará a mí" o "el gobierno me protegerá"; las distales los llevarán a aferrarse más fuertemente a sus cosmovisiones culturales y a rechazar todo aquello que las amenace.
Narcoterrorismo: ¿amenaza real o constructor de consenso?
El término "narcoterrorismo", acuñado en 1983, representa una realidad innegable en América Latina. Sin embargo, ¿hasta qué punto la constante exposición mediática y política de esta amenaza activa nuestros sistemas de manejo del terror de manera que limita nuestra capacidad de evaluación crítica?
Las declaraciones del presidente Rodrigo Chaves del 7 de marzo de 2026 ofrecen un caso de estudio fascinante desde la perspectiva de la TMT. Sus palabras revelan varios elementos clave:
¿Por qué la retórica presidencial equipara a los narcotraficantes con grupos terroristas ideológicos como ISIS, Hamás y Al-Qaeda? Esta comparación no es accidental. Al establecer estas equivalencias, se activan las defensas distales de los ciudadanos, quienes buscarán proteger su cosmovisión cultural (en este caso, la seguridad nacional) mediante el apoyo a medidas extraordinarias, como el establecimiento de bases militares foráneas en el país.
Cuando Chaves declara que "el fuego hay que atacarlo con fuego" y critica los "discursitos de los derechos humanos", ¿qué nos dice esto sobre cómo el terror puede ser utilizado para simplificar problemas complejos?
La TMT sugiere que cuando estamos bajo amenaza de mortalidad, buscamos defensas que "tengan sentido" inmediato, aunque no resuelvan el problema de fondo. ¿Es la militarización una verdadera solución al narcoterrorismo, o es simplemente una defensa proximal que nos hace sentir que "estamos haciendo algo" frente a la amenaza?
Por qué, en momentos de terror colectivo, las opciones matizadas y complejas; como el fortalecimiento institucional, la justicia social, o la prevención, ¿son descartadas como “demagogia”? Según la teoría, cuando nuestros sistemas de manejo del terror están activados, disminuye nuestra tolerancia hacia puntos de vista opuestos, exactamente lo que observamos en este discurso.
Si aceptamos que vivir bajo amenaza constante activa nuestros mecanismos de supervivencia más primitivos, ¿cómo podemos mantener nuestro juicio crítico cuando evaluamos las respuestas gubernamentales?
¿Es posible que al rechazar automáticamente a quienes proponen alternativas (catalogándolos como "demagogos") estemos experimentando exactamente lo que predice la TMT: la defensa compulsiva de nuestras cosmovisiones amenazadas?
Quizás la pregunta más inquietante sea: ¿Qué sucede con una sociedad que permanece en estado de alerta existencial constante? La TMT sugiere que esto puede llevar a:
- Rigidez cognitiva: menor capacidad para procesar información compleja.
- Intolerancia social: rechazo sistemático a perspectivas alternativas.
- Dependencia autoritaria: búsqueda de líderes "fuertes" que prometan certeza.
- Erosión democrática: aceptación de la suspensión de garantías constitucionales.
En última instancia, el desafío que plantea el narcoterrorismo no es solo un reto de seguridad física, sino una prueba de fuego para nuestra madurez civilizatoria. No basta con "hacer algo" para acallar el miedo; la verdadera eficacia reside en distinguir entre las soluciones estructurales y la explotación política de nuestros instintos más primitivos.
Si permitimos que la urgencia erosione nuestra capacidad de reflexión crítica, corremos el riesgo de salvar el cuerpo de la sociedad a costa de su alma democrática. La fortaleza de un Estado no se mide por su capacidad de imponer el silencio o la simplificación autoritaria, sino por su voluntad de defender la deliberación y los valores fundamentales precisamente cuando el miedo nos empuja a abandonarlos. Por ello, ¿qué tipo de sociedad queremos construir: una que gestiona sus miedos a través del pensamiento crítico y la deliberación democrática; o una que los maneja mediante la simplificación autoritaria y la eliminación del desacuerdo?
La respuesta a esta pregunta podría determinar no solo nuestra seguridad física, sino la supervivencia misma de nuestros valores democráticos.
