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El silencio que la Academia no escuchó

Salí del cine con una sensación que cada vez es más rara: silencio. No el silencio de una sala vacía, sino el de una historia que todavía está resonando en la cabeza. Para mí, esa película fue Hamnet, y sigo convencido de que debió haber ganado el Oscar a Mejor Película.

Tal vez tenga que ver con mis debilidades como espectador. Siempre he tenido una fascinación especial por las películas de época. Hay algo en ellas, en los vestuarios, en la fotografía, en la forma pausada de contar historias, que parece hecho para disfrutarse en la pantalla grande. No son películas que simplemente se ven; son películas que se admiran.

Y Hamnet pertenece precisamente a esa categoría.

Ambientada en la Inglaterra isabelina, esa época que inevitablemente remite al mundo de William Shakespeare, la película logra algo que el cine contemporáneo rara vez intenta: detenerse. Mirar. Respirar. Construir atmósfera antes que espectáculo.

Quizá por eso me tocó más de lo que esperaba. No suelo llorar en el cine, no soy precisamente una persona que se deje llevar fácilmente por el melodrama, pero hubo un momento, casi al final, en el que la emoción se volvió imposible de contener. No fue un recurso diseñado para manipular al espectador; fue más bien una acumulación silenciosa de pérdidas, de memoria y de humanidad. Ese tipo de experiencia cinematográfica es cada vez más escasa.

En contraste, también vi One Battle After Another, otra de las grandes contendientes de la temporada y que resulto ganadora como mejor película. Es una película ambiciosa, compleja y profundamente crítica. Su narrativa exige atención constante, sus capas políticas son densas y su estructura desafía al espectador. Es, sin duda, una obra intelectualmente estimulante.

Pero hay una diferencia fundamental entre ambas.

One Battle After Another impresiona.

Hamnet conmueve.

La primera invita a la reflexión crítica; la segunda es una experiencia emocional y estética que recuerda por qué el cine sigue siendo, incluso en la era del streaming, un arte pensado para la sala oscura.

Quizá los premios a veces terminan reconociendo la audacia formal, la crítica política o el peso cultural de una película. Y está bien que así sea. Pero, para muchos espectadores, el cine también es otra cosa: es ese instante en el que una historia logra atravesar la pantalla y quedarse con uno mucho después de que aparecen los créditos.

Para mí, esa película este año fue Hamnet.

Y aunque la Academia haya decidido otra cosa, sigo pensando que hay victorias que no se miden en estatuillas, sino en el recuerdo que una película deja en quienes la vieron.