Entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX, mientras se perpetuaba la comunidad imaginada liberal costarricense, se asentaba dentro del marco político nacional una élite intelectual que se llegó a conocer de manera denostativa como la “generación del Olimpo”
Expresidentes de la talla de Cleto González Víquez y Ricardo Jiménez Oreamuno o literatos como Gagini o Aquileo Echeverría se les endilgó haber pertenecido en algún momento a este grupúsculo político e intelectual. No sin razón, eran el culmen de la intelectualidad costarricense de la época. Sin embargo, si bien sus aportes para la consolidación del Estado costarricense son de sobra conocidos, se les acusó (y acusa) de haber sido una élite desvinculada de la realidad de la mayoría de sus conciudadanos. Su visión muchas veces excluyente y muchas otras aporofóbica ensombreció su legado.
Ahora bien, si me permiten la digresión y a propósito del reciente fallecimiento de Jürgen Habermas, quisiera remitir al concepto de Lebenswelt (original de Husserl). Habermas desarrolla allí la idea de un horizonte de significados compartidos, que no solamente hace posible la comunicación social, sino también la interacción ordenada dentro de una sociedad. Dentro de ella, la comunicación social nunca es estática, sino que se construye como un conjunto de significados comunes a toda la sociedad, es decir, ese conjunto de verdades aceptadas por todos y todas en algún momento específico del tiempo.
Dentro de este conjunto de verdades aceptadas ha prevalecido, hasta no hace mucho tiempo, la idea de que la institucionalidad pública universitaria ha sido un baluarte educativo, de pensamiento y de desarrollo para el país. Dentro de este contexto, Costa Rica y su excepcionalismo se entendió por la fuerte inversión pública en educación, en donde las Universidades Públicas fueron respaldadas por gobiernos que veían en ella la guía hacia el desarrollo nacional.
No obstante, el panorama parece cambiar y en donde aparejado a una disminución histórica de la inversión pública educativa, las universidades públicas han sido atacadas y vilipendiadas, lamentablemente y en muchas ocasiones con un dejo de razón. Este alejamiento de la realidad cotidiana que se percibe por parte de algunos sectores de la sociedad costarricense, esa percepción de que las universidades públicas son esa élite, cual nueva generación del Olimpo, es un fuerte llamado de atención a actuar y sobre todo a comunicar mejor. No puede existir el gasto en “diplomacia universitaria” cuando lo que se percibe es despilfarro y una desconexión en torno a las necesidades y percepciones ciudadanas.
Dentro de este epítome de sinsentidos en donde muchas veces como universitarios nos hemos involucrado por no comprender el imaginario actual nacional, es necesaria una rendición de cuentas cada vez más robusta, contextualizada y armónica con las necesidades de la ciudadanía. No basta con cifras e informes. Aquí la transparencia, el acceso a la información, y sobre todo la participación ciudadana no como oyente, sino como evaluador cuyas opiniones y necesidades sean tomadas en cuenta es de ineludible importancia. La única manera de salir del Olimpo es darle a la ciudadanía las herramientas (audiencias públicas, espacios de diálogo, auditorías ciudadanas, acceso claro y comprensible, etc.) para que sea ella misma la que nos saque de allí.
