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El falso camino

La dinámica del presidente Rodrigo Chaves Robles y su sucesora Laura Fernández Delgado durante el evento del -Escudo de la Américas-, genera grima y vergüenza en muchos costarricenses.

Esta iniciativa de seguridad regional impulsada por Donald Trump —cuyo objetivo declarado es combatir el narcotráfico y a los carteles de la droga, tratándolos como amenazas a la seguridad nacional— ha servido, en los hechos, como una suerte de presentación en sociedad para la “mandataria en espera.”

Chaves, quien se asume padre político de Fernández, ha decidido que exhibir a su protegida en esta reunión constituye el mecanismo idóneo para empoderarla y hacerla visible ante mandatarios regionales y, especialmente, ante el presidente Trump.

El ejercicio, sin embargo, resulta por sí mismo chocante y descuidado. Poco elegante y aún menos eficaz. Fernández debe asentir a cada intervención de Chaves, sonreír, conceder, y al mismo tiempo intentar demostrar con breves participaciones actuadas que posee voz propia y agenda personal. La escena es incómoda: una candidata obligada a confirmar cada palabra del mentor del que pretende emanciparse.

La paradoja alcanza su punto más elocuente en el -Día Internacional de la Mujer -: Fernández calla y Chaves habla por ella. La víspera lo dice todo. Peor, imposible.

Sin duda, el ejercicio político de Chaves no es del todo leal con su sucesora. Pretende, por un lado, capitalizar la publicidad del relevo político; pero la forma en que lo hace termina por desnudar el ego y el narcisismo del mandatario.

Sus primeros embustes, gritos y burlas provocaron una indignación inicial que con el tiempo se ha ido atemperando, sustituida por una resignación cansada. Para muchos, Chaves ya no tiene remedio. Encaja demasiado bien en el viejo arquetipo del macho criollo: el que hace bulla, resuelve a medias, defiende pero traiciona a su entorno y, pese a todo, siempre termina saliéndose con la suya.

Las transiciones verdaderamente democráticas se construyen con autonomía, no con tutelaje. Lo visto en -El escudo de las Américas-  deja la impresión de que la sucesión no se está gestando como un relevo institucional, sino como una prolongación personal del poder de Chaves. Y cuando un proyecto político nace así —bajo la sombra del mentor que no sabe retirarse— el país termina descubriendo demasiado tarde que no estaba frente a una nueva voz, sino ante un eco.

Costa Rica merece liderazgos que caminen por cuenta propia. Cuando una candidata necesita que el presidente la presente, la explique y hasta hable por ella, lo que queda expuesto no es su fortaleza política, sino su dependencia. Si ese es el camino escogido para construir la sucesión de Rodrigo Chaves Robles, entonces el problema no es solo de estilo: es de fondo. Porque los países no avanzan cuando el poder se hereda como si fuera un patrimonio personal.

“La vida sin verdad no es vivible”, escribió José Ortega y Gasset. La política tampoco. Y cuando un país confunde liderazgo con representación teatral del poder, el desenlace suele ser siempre el mismo: descubre demasiado tarde que lo que parecía un nuevo camino era, en realidad, el mismo de siempre.