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El arte importa: aunque algunos todavía no lo entiendan

Hay frases que revelan más sobre quien las pronuncia que sobre aquello que pretenden criticar. En días recientes, el actor Timothée Chamalet afirmó que la ópera y el ballet no importan. La declaración, más que una provocación pasajera, evidencia algo más profundo: el desconocimiento de lo que las artes significan en la formación humana y en la construcción de una sociedad.

Porque el ballet, la ópera, la música, la danza contemporánea, el teatro y la literatura no son adornos culturales. Son escuelas de vida. En una sala de ensayo se aprende algo que ninguna plataforma digital puede enseñar: disciplina. En una orquesta se aprende a escuchar. En un escenario teatral se aprende a comprender la vida del otro. En la danza se aprende que la belleza no es improvisación sino trabajo persistente. En la literatura se aprende que el mundo puede imaginarse de otra manera.

Por eso millones de personas en el mundo dedican años a estudiar música, danza o teatro. No todos llegarán a los grandes escenarios. Pero todos salen transformados por el proceso.

Quien ha formado parte de una orquesta sabe que ninguna voz puede imponerse sin destruir la armonía. Quien ha bailado entiende que cada movimiento es el resultado de miles de repeticiones silenciosas. Quien ha pisado un escenario sabe que la emoción humana puede viajar desde el artista hasta el último espectador en una sala oscura.

Las artes forman carácter. Forman respeto. Forman trabajo en equipo. Forman excelencia. El gran compositor y director de orquesta Leonard Bernstein lo expresó con una claridad contundente:

Esta será nuestra respuesta a la violencia: hacer música más intensa, más hermosa y más entregada que nunca”.

Es una idea profundamente simple y profundamente verdadera: cuando el mundo se vuelve más ruidoso y superficial, el arte no pierde relevancia; se vuelve más necesario. En la era de la inmediatez atreverse a dedicar tiempo a las artes y sus procesos es un acto de maravillosa rebeldía.

Las sociedades que abandonan sus artes no se vuelven modernas. Se vuelven más pobres. Porque cuando una sociedad deja de cultivar la música, la danza del teatro, también pierde algo de su capacidad de imaginar, de sentir y de comprender la complejidad de la experiencia humana. Por eso las artes siguen importando.

Importan porque forman seres humanos integrales. Porque enseñan que el talento requiere disciplina. Porque recuerdan que la belleza es el resultado del trabajo colectivo.

Martha Graham, la gran coreógrafa dijo “la danza es el lenguaje oculto del alma”. Quizá ahí está la respuesta definitiva. El arte importa porque nos recuerda que, más allá del ruido del momento, la humanidad sigue buscando belleza, sentido y profundidad.

Y mientras haya una orquesta afinando antes de un concierto, un bailarín repitiendo un movimiento hasta lograrlo, una actriz respirando antes de entrar a una escena, un cantante lírico ejercitando su voz o una escritora intentando nombrar el mundo con palabras, las artes seguirán importando.

Porque una sociedad que permita que se deje de crear belleza, comienza lentamente a olvidar quién es.