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Desde Matrix hasta Amazon KDP: la escritura en jaque

He podido notar que, en este primer trimestre del año en curso, ha habido una fuerte baja en empleos que antes poseían un cierto prestigio o seguridad; a la par de que esto, nuevos programas de IA han tomado un auge sin precedentes, lo cual lleva a una inquietud que ya no es inevitable hacerse: ¿es esto el preludio del desplazamiento del hombre por la máquina?

De la ficción al presente

Hace bastantes años, veía películas como Terminator, Matrix, y otras en las que se vaticinaba una inevitable lucha de las máquinas o la tecnología contra la humanidad; el panorama de nuestra sociedad, en estos momentos, pareciera ser lo que observábamos en esos filmes.

No podemos negarlo: la Inteligencia Artificial llegó para quedarse. Pero este fenómeno, según he podido observar, tampoco es nuevo: la Inteligencia Artificial nació en el mismo momento en que surgieron las computadoras (1950-1960, años más, años menos), entonces, ¿cuál es el temor latente que nos está espantando?: la IA no solo calcula, sino que crea. Daré un par de ejemplos para explicar mi punto.

Hollywood en alerta

El actor Matthew McConaughey, sabiendo lo que se avecinaba, ha hecho una jugada bastante astuta: su voz tiene derechos reservados. ¿Qué significa esto? Simple: cada vez que alguien, en cualquier lugar del mundo, con el ilimitado acceso a internet que proveen distintas compañías, desee hacer uso de la voz o incluso del rostro del actor, deberá pagar. Por suerte, para estos amantes de la tecnología y de los diversos programas de la IA, el buen Matthew no es el único actor.

Y esto me lleva al otro ejemplo: Seedance 2.0, que es (o era) un generador gratuito y avanzado de videos. Los cortos que alcancé a ver con este programa eran impresionantes: Tom Cruise en lucha intensa con Neo; Chuck Norris contra Freezer, la lista es larga (y eso que no paso tanto tiempo en redes para haber visto enfrentamientos nacidos de este programa). Vi también que Hollywood pegó el grito en el cielo, a lo que tengo entendido, empresarios del sétimo arte, enviaron una carta a la casa matriz de Seedance 2.0 (ByteDance) para que “detuviera su despliegue hasta que existan garantías legales y compensaciones claras para los creadores”.

La literatura y la autopublicación

Voy a comentar uno de los puntos de mi interés: el arte, más concretamente la literatura. Tengo entendido que, anualmente, se están publicando alrededor de dos millones de libros por el sistema de autopublicación; también vi por ahí que, por medio de Amazon, el tope diario para publicar un libro es de tres ejemplares. Esto quiere decir que, si yo quisiera publicar o, mejor dicho: autopublicar libros de mi propia autoría, en este momento solo necesito algunas cosas: acceso a internet y una cuenta en Amazon KDP y ya, tendré listo mi libro en cuestión de horas.

Todo esto se ve desalentador, no solo para los que estamos dentro del negocio de la corrección de estilo —como es mi caso personal, pues ahora la IA corrige y sin pagar—, sino para el ejercicio mismo de la escritura (con los prompts adecuados, personas podrían “crear” libros con la ayuda total de la IA). Esto atenta contra el oficio mismo de la escritura que ha quedado relegado, completamente, a la virtualidad. Lo he visto: programas son capaces de escribir cuentos, poemas, ¿qué le impediría redactar capítulos completos de una novela? Lo olvidaba: el factor humano. Lingüistas y filólogos han sido contratados para darle más humanidad a textos enteros generados por ChatGPT, Copilot, DeepSeek y otros más.

La sospecha de la perfección

Llegados a este punto, haré una analogía: un par de estudiantes de un colegio X consiguen el examen del profesor Y de la materia Z. Los alumnos analizan las respuestas y uno le dice a otro: “Mae, pero disimulemos, porque si nos sacamos todo bueno, el profe va a sospechar”. Pues lo mismo aplica a la IA: al encontrar un texto demasiado depurado, lectores vamos a pensar: “Es demasiado perfecto para ser humano”.

Consideraciones finales

Escuché a alguien decir: “La IA solo es una herramienta”. Coincido plenamente, sin embargo, el límite —muchas veces poco claro— estriba en cuando la empleamos solo como una aplicación más (tal como usamos Word, Excel, Power Point y otras) y cuando, fascinados por sus múltiples características, le decimos:

Escribe un libro con estas indicaciones, para este público meta, con estos personajes, que tendrán algún conflicto por ahí; luego me le haces la maquetación, para subirlo a Amazon KDP.”

Podré parecer muy desfasado en ese aspecto, pero ¿dónde está la labor de la escritura?

Tal vez algunos me tildarán de alarmista o de persona que no se adapta fácilmente a los cambios, no obstante, yo creo que así es como SkyNet nos logrará derrotar: no por la fuerza de las máquinas, sino por nuestra complacencia.

Innegablemente, el factor humano y la sensibilidad propia del Homo sapiens se percibe en un cuento, un poema, o una novela entera, pero, a como van las cosas, será imposible detectar esas diferencias.

La máquina puede imitar la precisión, pero no la vulnerabilidad que nos hace humanos. Y en esa sensibilidad o capacidad creativa es lo que nos distingue como humanos, incluso en actos de resistencia como la lectura y la misma escritura. Ya lo decía el sabio Carl Sagan en Cosmos (1980): “Somos capaces de usar nuestra compasión, nuestra inteligencia y nuestra tecnología para nuestro bienestar”. Esa afirmación, lejos de ser un simple optimismo científico, es un recordatorio de que la tecnología no es villana en sí misma, sino un espejo de nuestras decisiones.

La escritura, con sus baches y carga emocional, sigue siendo un terreno donde la humanidad se reconoce. Si olvidamos ese límite y delegamos por completo la creación a las máquinas, no será SkyNet quien nos derrote, sino nuestra propia renuncia a crear.