Históricamente, la industria legal se ha caracterizado por ser tradicional, poco innovadora y alejada de la tecnología, centrada en procesos presenciales y documentación física. En pocas palabras, el derecho y la tecnología siempre han mantenido una distancia reservada, comparable a aquellos familiares cuya existencia se sabe, pero nunca se les ve en ninguna actividad familiar y solo se les conoce por fotografías o anécdotas.
Lo cierto es que el mundo jurídico ha transitado por tres revoluciones silenciosas: primero fue la digitalización de los archivos, luego la movilidad de la información en la nube y, hoy, nos enfrentamos a la inteligencia artificial y algoritmos.
Durante siglos, la formación del abogado se basó en la memoria, la interpretación de textos estáticos y la solemnidad del papel. Sin embargo, en un entorno donde los algoritmos ya redactan contratos, predicen sentencias y auditan riesgos en cuestión de segundos, el modelo tradicional de enseñanza muestra grietas profundas en la formación de los nuevos juristas.
En la actualidad, la academia tiene que basar su aprendizaje no solamente en la materia tradicional como tal, sino también en las nuevas formas en que se está ejerciendo el derecho, que es básicamente acompañado de tecnología y algoritmos.
Todavía no hay una disrupción real en las universidades hacia la formación de los nuevos abogados. Leyendo algunos cuantos planes de estudio de bachillerato y licenciatura; ninguno incluye materias o cursos de inteligencia artificial aplicada al derecho, riesgos éticos y legales, legal prompting, tecnología legal, nuevos modelos de negocio jurídicos o similares.
Inclusive, todavía sigue siendo un tema tabú el que un abogado dentro de su práctica jurídica utilice inteligencia artificial, ya que podría hasta “restarle” cierto prestigio. Por el contrario, esto más bien debería ser visto como una forma en la que una industria tan alejada de la innovación durante años, ahora sí se está permitiendo potencializar y multiplicar su alcance, respuesta, eficiencia y agilidad para atender de mejor manera nuevos asuntos y negocios.
Estamos ante una etapa en donde el cliente, pese a que no tiene formación jurídica, puede tener acceso a la misma información que su asesor legal, y todavía más crítico, puede emitir un primer borrador de un contrato, una política o cualquier tipo de documento legal. Entonces, el verdadero valor del abogado ya no será solo investigar o leer un poco de ese asunto, sino la estrategia, el planteamiento y la solución real ejecutable que pueda traer sobre la mesa.
Si con la democratización de los buscadores como Google las personas desarrollaron la ilusión de saberlo todo -confundiendo el acceso a la información con la comprensión de la misma-, con la IA este sentimiento amenaza con agravarse hasta alcanzar una soberbia digital peligrosa de cara a la contratación de un abogado. La sociedad corre el peligro de sustituir el consejo legal experto por la inmediatez de un algoritmo que, aunque procesa datos a una velocidad sobrehumana, carece de interpretación jurídica, actualización normativa, contexto, ética, secreto profesional, prudencia y el sentido de justicia que solo el factor humano puede imprimir a la norma.
Claro está que toda tecnología tiene sus riesgos, pero justamente esos peligros son los que se deben atacar en la formación del abogado, para que el día que utilice inteligencia artificial, lo pueda hacer con plena seguridad, ética y transparencia, basándose en el rigor y criterio humano como decisión final. Porque aunque el derecho se complementa hoy día con máquinas algorítmicas, no deja de ser una profesión que resuelve y regula comportamientos, convivencia y conflictos humanos.
No es un secreto que el derecho nunca evoluciona al ritmo que evoluciona la sociedad. La inteligencia artificial es el claro ejemplo de que, ante una falta de regulación clara, no queda más que aplicar principios básicos como lo es la confidencialidad, el secreto profesional y la ética para permitirle a la profesión seguir innovando y desarrollando una práctica legal inteligente.
