En Costa Rica se han venido dando una serie de explicaciones para justificar el exceso de dólares en el mercado —y políticamente útiles— para justificar el fenómeno del dólar barato así como el exceso de dólares en el mercado. Se ha venido diciendo, que el exceso obedece a que exportamos más y/o al dinamismo de las exportaciones, porque el turismo está fuerte y porque ha aumentado el ingreso de inversión extranjera directa. El relato suena o se escucha bien, pero se derrumba cuando los datos y las propias explicaciones oficiales muestran que el mercado cambiario responde, en buena medida, a flujos coyunturales y financieros que no se han querido poner sobre la mesa con la claridad necesaria.
Esta semana el Banco Central de Costa Rica (BCCR) aportó un dato que obliga a traer la discusión a valor presente. El presidente de la institución, Sr. Róger Madrigal, reconoció que los más de 200 millones de dólares que “inundaron” el mercado entre el 24 y 25 de febrero fueron transacciones “no usuales” y que el Banco intervino por volatilidad; señaló además que se debieron al pago de “un impuesto particular, que no se paga siempre”. Dicho de otra forma: no estamos ante un fenómeno puramente estructural, sino ante episodios extraordinarios capaces de mover el tablero en cuestión de horas.
Y aquí es donde vale recordar una frase que Casa Presidencial ha convertido en muletilla: “dato mata mentira”. Sólo que esta vez el dato no debería usarse para desacreditar al mensajero, sino para corregir el diagnóstico país. Si el BCCR admite que un ingreso atípico de esa magnitud explica una parte relevante del superávit cambiario de febrero, entonces resulta hasta cierto punto irresponsable seguir repitiendo como explicación única el éxito exportador, el turismo y la inversión extranjera directa.
El problema de insistir en una narrativa incompleta es que oculta quién paga la factura. Porque la apreciación del colón puede beneficiar a algunos actores, pero para el sector productivo —y particularmente para el agroexportador — significa menos colones por cada dólar vendido, mientras los costos internos (salarios, cargas sociales, seguridad, logística y servicios) se mantienen o aumentan. En la práctica, se convierte en un impuesto silencioso sobre el empleo rural.
Tres preguntas que el país debe responder ya:
1) ¿Qué tan grande es la porción del “exceso de dólares” que proviene de flujos extraordinarios —como pagos tributarios atípicos— y qué parte responde realmente a factores estructurales (exportaciones, turismo e IED)?
2) ¿Cuánto del superávit cambiario está vinculado a decisiones y operaciones financieras (deuda externa, conversiones de dólares a colones para obligaciones internas, manejo de portafolios) y cuál es su efecto directo sobre la apreciación del colón?
3) Tenemos en las puertas para aprobar un nuevo crédito por USD 13.500 millones, importante conocer de este nuevo crédito, qué monto será para “amortizar deuda en dólares y cuánto será colonizado”, porque no hay duda, que la parte que se colonice afectará al tipo de cambio.
4) Si el propio BCCR ha alertado sobre la necesidad de fortalecer el monitoreo en su plataforma Central Directo por detección de operaciones sospechosas, ¿qué medidas concretas se están implementando para asegurar trazabilidad de flujos y coordinación efectiva con supervisión y autoridades competentes, sin estigmatizar al sector productivo ni contaminar el debate con especulaciones?
Cuando se mira el panorama completo, el relato simplista se vuelve aún más cuestionable. Datos compilados por CANAPEP muestra que los saldos de la Cuenta Corriente del BCCR se han mantenido negativos en los últimos años, lo cual significa —en términos llanos— que en el agregado, el país importa más de lo que exporta. Eso no niega el aporte del sector exportador a la economía del país pero niega que el “exceso” de dólares pueda atribuirse, por sí solo, al auge exportador y al turismo, cuando el mismo impacto de las exportaciones en los saldos de la Cuenta Corriente de los años 2021, 2022, 2023,2024 y 2025 del Banco Central de Costa Rica son negativos. Entonces nos preguntamos: ¿Dónde está el dinamismo de las exportaciones y que son la causa del exceso de dólares en el mercado? Entonces, datos matan mentira.
Por eso, si queremos una conversación seria, hay que incorporar variables que el debate público suele omitir: el crecimiento del endeudamiento externo y la forma en que parte de esas divisas se “coloniza”; las conversiones corporativas para atender obligaciones internas; y los flujos extraordinarios que aparecen concentrados en días específicos y obligan al propio Banco Central a intervenir para evitar caídas abruptas del tipo de cambio. Un ejemplo más de: datos matan mentira.
También hay un elefante en la sala que debe tratarse con responsabilidad. En octubre de 2025 trascendió públicamente que el mismo Banco Central de Costa Rica detectó operaciones sospechosas de legitimación de capitales en la plataforma Central Directo y que, por ello, fortalecería el monitoreo de usuarios y transaccionalidad. Nadie está diciendo que “todo” sea lavado. Lo que sí decimos es que, si existe una alerta institucional y que se refuerzan controles, el país no puede discutir el tipo de cambio como si todos los flujos fueran perfectamente equivalentes y transparentes, ni puede descartarse sin más la necesidad de trazabilidad. Otro ejemplo de: datos matan mentiras.
La pregunta que nos hacemos es si el dólar está “barato” o “caro”. La pregunta correcta es: ¿Estamos entendiendo bien el origen de los flujos que mueven el mercado? Porque si el diagnóstico es parcial, la política pública termina siendo parcial. Y si la política pública es parcial, el costo lo terminan pagando —una vez más— quienes sí sostienen empleo, encadenamientos y producción en los territorios rurales.
Este no es un llamado a manipular el mercado. Es un llamado a transparentarlo. A desagregar, explicar y rendir cuentas. A diferenciar lo estructural de lo coyuntural. A cuantificar el peso de la deuda “colonizada”. Y a fortalecer el blindaje antilavado con coordinación efectiva, para que la discusión económica se base en hechos verificables y no en eslóganes, o a seguir escuchando las mismas justificaciones que hemos escuchado desde junio del 2022, y parece ser que el tiempo se ha encargado de hacer valer la frase “dato mata mentira”, entonces apliquémosla donde corresponde: en el debate cambiario.
Porque cuando el dato contradice el relato, no se ajusta el dato: se corrige el relato.
