Costa Rica es reconocida mundialmente por su liderazgo en conservación. Pero en medio de ese éxito existe una ausencia silenciosa que casi nadie discute: el país perdió una de sus especies más singulares y, hasta ahora, ni siquiera hemos tenido una conversación seria sobre su posible regreso.
El Myrmecophaga tridactyla, conocido en muchas zonas rurales como “el dueño del monte”, fue durante generaciones parte del paisaje natural de Costa Rica. Campesinos y pobladores del sur del país aún recuerdan su presencia en sabanas, bosques abiertos y potreros hace apenas algunas décadas. Sin embargo, su desaparición durante el siglo XX ocurrió sin que el país desarrollara una discusión profunda sobre lo que significaba perder una especie de ese tamaño ecológico y cultural.
Hoy el oso hormiguero gigante está clasificado como Vulnerable por la International Union for Conservation of Nature, principalmente debido a la pérdida de hábitat, incendios, atropellos y cacería en diferentes partes de su rango de distribución. Paradójicamente, mientras varios países sudamericanos desarrollan programas activos de investigación, rescate y reintroducción de la especie, en Costa Rica el tema permanece prácticamente ausente del debate científico y público.
Cuando surge en conversaciones técnicas suele aparecer una respuesta casi automática: reintroducir al oso hormiguero gigante sería demasiado caro, demasiado complejo o simplemente inviable.
Pero esa respuesta revela algo más profundo que una preocupación presupuestaria. Refleja también una forma particular de entender la conservación.
Durante décadas Costa Rica desarrolló con enorme éxito un modelo basado principalmente en conservación pasiva: proteger áreas naturales, crear parques nacionales y evitar la destrucción de ecosistemas. Ese enfoque produjo resultados extraordinarios y posicionó al país como referente global en biodiversidad.
Sin embargo, la ciencia de la conservación está entrando en una nueva etapa: la conservación activa, donde además de proteger lo que queda se busca restaurar procesos ecológicos y recuperar especies que desaparecieron localmente.
En distintas regiones del mundo han comenzado a desarrollarse proyectos de rewilding, es decir, iniciativas orientadas a restaurar especies y funciones ecológicas perdidas. Investigaciones recientes muestran que estos proyectos pueden generar beneficios que van mucho más allá de la biodiversidad, incluyendo desarrollo rural, turismo de naturaleza, innovación científica y nuevas oportunidades económicas (Perino et al., 2019; Svenning et al., 2016).
En ese contexto, el caso del oso hormiguero gigante en Costa Rica merece al menos una evaluación científica seria.
Las condiciones del país hoy son muy distintas a las de hace cincuenta años. Costa Rica ha recuperado una parte significativa de su cobertura forestal, ha consolidado corredores biológicos y cuenta con una red de áreas protegidas reconocida internacionalmente. Además, el desarrollo tecnológico en monitoreo de fauna, telemetría, análisis espacial y gestión de vida silvestre permite hoy diseñar programas de manejo mucho más sofisticados que los que existían en el pasado.
La investigación ecológica también sugiere que el oso hormiguero gigante puede utilizar paisajes mosaico que combinan bosque, sabanas y áreas abiertas, siempre que exista disponibilidad de hormigas y termitas y que las presiones humanas sean manejables (Shaw et al., 1987; Miranda et al., 2014). Esto abre la posibilidad de que la especie pueda coexistir en territorios rurales donde existan sistemas productivos compatibles, corredores biológicos y medidas modernas de mitigación de riesgos, como señalización inteligente en carreteras para reducir atropellos de fauna.
En otras palabras, la convivencia entre biodiversidad y paisajes productivos no es una idea teórica: es una práctica que ya se desarrolla en muchas regiones del mundo.
Pero el potencial de una iniciativa así va más allá de la ecología.
La restauración de especies emblemáticas puede convertirse también en una herramienta poderosa para construir identidad nacional y proyección internacional. Un ejemplo notable es el de Nueva Zelanda, donde el pequeño y singular kiwi se ha convertido en símbolo cultural del país. Los programas de conservación de esta especie no solo han contribuido a su recuperación biológica, sino que también han fortalecido la marca país y el turismo asociado a la naturaleza.
Costa Rica ya construyó gran parte de su reputación internacional sobre la base de la conservación de la biodiversidad. Pero en un mundo donde la crisis ecológica es cada vez más evidente, los países que logren avanzar hacia la restauración activa de especies y ecosistemas podrían convertirse en los nuevos referentes globales.
El regreso del “dueño del monte” no debería entenderse como un proyecto romántico o caprichoso. Podría ser, más bien, una oportunidad para abrir nuevas líneas de investigación científica, generar empleo en territorios rurales, ser un nuevo plato en el menú turístico, fortalecer la educación ambiental y explorar una nueva etapa en el liderazgo ambiental del país.
Pero para que esa conversación ocurra, alguien tiene que dar el primer paso.
Tal vez la pregunta ya no debería ser si Costa Rica está completamente lista para reintroducir al oso hormiguero gigante. Tal vez la pregunta más relevante sea otra: ¿Por qué aún no estamos dispuestos siquiera a estudiar seriamente la posibilidad de que el dueño del monte vuelva a caminar por nuestros paisajes?
