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Con_Pulsión: consumir hasta desaparecer: la danza que desnuda el vacío de nuestra época (y por qué hay que verla ahora)

De los pobres sabemos todo: en qué no trabajan, qué no comen, cuánto no pesan, cuánto no miden, qué no tienen, qué no piensan, qué no votan, qué no creen… Solo nos falta saber por qué los pobres son pobres… ¿Será porque su desnudez nos viste y su hambre nos da de comer?”. Los hijos de los días (Eduardo Galeano)

“Al no tener este punto de decisión en sí, al no poder objetivarse, ni objetivar su actividad; al carecer de finalidades que proponerse y proponer; al vivir ‘inmerso’ en el ‘mundo’ al que no consigue dar sentido; al no tener un mañana ni un hoy, por vivir en un presente aplastante, el animal es ahistórico”. Pedagogía del oprimido (Paulo Freire)

El pasado 12 de noviembre 2025, desde una butaca del Teatro Popular Melico Salazar, lo que parecía una celebración —el 45 aniversario del Taller Nacional de Danza— terminó convirtiéndose en una sacudida incómoda, urgente y profundamente política. En escena participaron más de cien bailarinas y bailarines jóvenes provenientes de ocho regiones del país donde el programa tiene presencia. Más que una celebración artística, el encuentro fue una radiografía sensible de las tensiones que atraviesan nuestra sociedad contemporánea.

Pero no estaban allí solo para mostrar técnica o virtuosismo. Estaban, consciente o inconscientemente, encarnando una pregunta que atraviesa nuestro tiempo: ¿qué queda del ser humano cuando todo —incluidos nuestros cuerpos— se convierte en objeto de consumo?

La pieza Con_Pulsión no pide permiso. Interpela. Expone. Incomoda.

Desde sus primeras secuencias, la obra traduce en lenguaje corporal una de las crisis más evidentes —y a la vez más normalizadas— de nuestra época: el consumismo desmedido. Ese impulso casi automático por acumular, producir y desechar sin medida, que termina vaciando no solo el planeta, sino también el sentido de nuestras propias vidas.

Zygmunt Bauman lo advirtió con claridad: en la modernidad líquida, las personas no solo consumen, sino que deben volverse consumibles para existir socialmente (Bauman 2007). En escena, esa lógica se vuelve carne: cuerpos que se ofrecen, se desgastan, se repiten, se descartan.

En Costa Rica, esta dinámica se refleja incluso en las estadísticas oficiales. Según la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares 2024 del Instituto Nacional de Estadística y Censos, el gasto de consumo promedio de los hogares alcanza aproximadamente ₡687.000 mensuales, representando la mayor parte del gasto total familiar (INEC 2025).

El mismo informe revela además profundas desigualdades en el acceso al consumo: mientras los hogares del quintil más pobre gastan alrededor de ₡304.930 al mes, los del quintil más alto superan ₡1.359.838 mensuales, es decir, más de cuatro veces esa cifra.

Mientras unos consumen en exceso, otros apenas sobreviven. Esa fractura no es solo económica: es existencial.

Byung-Chul Han sostiene que ya no vivimos bajo la imposición externa, sino bajo una autoexplotación voluntaria donde cada individuo se convierte en su propio opresor (Han 2010).

La obra también dialoga con otras reflexiones sociológicas sobre el consumo contemporáneo. Gilles Lipovetsky ha señalado que el hiperconsumo promete felicidad inmediata, pero produce, paradójicamente, una sensación permanente de vacío (Lipovetsky 2007). La coreografía parecía materializar esa contradicción: movimientos de acumulación, tensión y repetición que evocaban la ansiedad permanente de una sociedad que nunca siente que tiene suficiente.

Al mismo tiempo, la pieza abre una dimensión ambiental inevitable. Durante décadas, el crecimiento económico global ha estado asociado a un modelo extractivista intensivo en recursos naturales. Como advierte el sociólogo John Bellamy Foster, el capitalismo contemporáneo ha generado una “fractura metabólica” entre la sociedad y la naturaleza (Foster 2000).

Eso también estaba en escena.

Movimientos repetitivos, tensiones acumuladas, cuerpos que no descansan. La coreografía parecía decirnos algo brutal: ya no hace falta que alguien nos oprima; lo hacemos solos, felices, mientras consumimos.

Pero Con_Pulsión no se queda en la crítica individual. Señala estructuras.

La obra pone en evidencia la lucha de clases, la concentración de riqueza, la exclusión social y las múltiples violencias silenciosas que atraviesan América Latina. David Harvey ha insistido en que el capitalismo contemporáneo no solo produce desigualdad, sino que la necesita para sostenerse (Harvey 2014). En ese sentido, lo que vemos en escena no es metáfora: es diagnóstico.

Y el diagnóstico es grave.

Porque esta lógica de consumo no solo agota a las personas. También devora el planeta. Naomi Klein ha documentado cómo el modelo económico actual está intrínsecamente ligado a la crisis climática (Klein 2014). No es un efecto secundario: es su consecuencia directa.

Por eso esta obra resuena más allá del teatro.

En un contexto global marcado por debates como los de la COP30 2025 y las discusiones sobre justicia climática, Con_Pulsión se posiciona como un acto político desde el cuerpo. No ofrece soluciones, pero sí algo igual de valioso: conciencia.

Y aquí es donde este texto deja de ser solo una reflexión para convertirse en una invitación —o más bien, en un reto.

Porque esta obra no debería quedarse como un recuerdo de noviembre.

Con_Pulsión se presentará en el marco del Festival Internacional de las Artes 2026, el próximo sábado 28 de marzo a las 7:00 p.m., nuevamente en el Teatro Popular Melico Salazar.

Y la pregunta es simple: ¿va usted a ir… o va a seguir consumiendo sin mirar?

Porque asistir a esta obra no es un acto pasivo. Es exponerse. Es permitir que algo incomode, que algo cuestione, que algo se quiebre.

En un país donde muchas veces el arte es subestimado, resulta urgente decirlo con claridad: estamos ante una obra mayor.

Si aún no ha sido declarada de interés cultural, debería serlo. Más aún: estamos frente a una pieza que merece ser considerada patrimonio cultural por su capacidad de condensar, desde el lenguaje escénico, problemáticas centrales de nuestro tiempo.

El Ministerio de Cultura y Juventud tiene aquí una responsabilidad histórica. No basta con producir obras de esta calidad: hay que proyectarlas, protegerlas y amplificar su alcance más allá de nuestras fronteras.

Con_Pulsión no es solo una creación artística. Es una herramienta pedagógica, un dispositivo de conciencia social y una obra con potencial de circulación internacional. Exportarla no sería solo un logro cultural, sino un aporte al debate global sobre consumo, desigualdad y crisis climática.

Porque sí: desde Costa Rica también se puede pensar el mundo.

Y a veces, ese pensamiento no viene en forma de ensayo, ni de política pública, ni de discurso académico.

Viene en forma de cuerpo.

Viene en forma de danza.

Viene —como en este caso— a decirnos algo que quizás no queremos escuchar:

Que si no cambiamos, no es el sistema el que colapsa, somos nosotros.