Val Kilmer, nació a menos de un día del inicio de una década marcada por la crisis de misiles de Cuba, la carrera espacial, la guerra de Vietnam y el histórico discurso “I Have a Dream” del Dr. Martin Luther King, y que se dio cuenta que todos vivíamos en un submarino amarillo según Los Beatles. Nacido el 31 de diciembre de 1959, a lo largo de su vida encarnó en la pantalla muchas de las fantasías de infancia de toda una generación: fue piloto de combate en Top Gun, dio vida a Jim Morrison en The Doors y fue Bruce Wayne en Batman Forever.
Ahora, después de su muerte, interpretará el padre Fintan en As Deep As A Grave.
As Deep As A Grave inició su producción en 2020; sin embargo, los cierres por COVID-19 retrasaron la filmación por más de cinco años. El papel del padre Fintan, según Coerte Voorhees, director y guionista de la película, fue diseñado especialmente para Kilmer. No se trataba de un actor sustituible, sino de un personaje diseñado a su medida, como un traje confeccionado exclusivamente para quien habría de vestirlo. Sin embargo, para el 2025, cuando se retomó la filmación, los problemas de salud del actor impedían totalmente su participación.
Val Kilmer murió el 1 de abril de 2025 sin haber filmado una sola escena para la película. Y hoy, en medio de una nueva guerra esta vez con Irán, entre escándalos sexuales de millonarios que resurgen intermitentemente cuando no estamos oyendo de bombardeos, un actor puede “estar” sin actuar. Kilmer estará presente en una película en la que nunca tuvo la oportunidad de ensayar una escena, escuchar un “corte” o hacer una prueba de vestuario.
El proyecto involucra imágenes juveniles de Kilmer, así como material de sus últimos años, adaptado mediante inteligencia artificial generativa de vanguardia. En cuanto a la voz, se utiliza la de sus últimos años, afectada por un procedimiento traqueal al cual tuvo que someterse por su condición de salud, lo cual -según el director- se alineaba muy bien al personaje del padre Fintan.
La posibilidad de utilizar IA para suplir la presencia del actor resuelve problemas que en el pasado requerían de soluciones más intrincadas. Cuando Brandon Lee murió durante la filmación de The Crow tras un accidente con un arma de utilería, se recurrió a dobles e imágenes generadas por computadora bajo la tecnología CGI para replicar su rostro. Cuando lo mismo sucedió con su padre, Bruce Lee en 1978, la solución fue más artesanal: dobles y material reciclado para las escenas de pelea. En otros casos, como en The Imaginarium of Doctor Parnassus, ante la muerte de Heath Ledger, se optó por un cambio en la narrativa en el que varios actores interpretaron varias versiones del personaje.
La participación sintética de Val Kilmer en As Deep as a Grave podría considerarse un caso paradigmático de implementación responsable del right of publicity anglosajón—figura que protege la imagen, la voz y la semejanza de las personas, particularmente de celebridades, incluso con efectos post mortem en diversas jurisdicciones. Este enfoque se alinea con desarrollos normativos recientes como el ELVIS Act (promulgado en Tennessee, estado emblemáticamente vinculado a Elvis Presley) y otras iniciativas legislativas que han cobrado impulso en Estados Unidos, especialmente tras la huelga de SAG-AFTRA en 2023, que paralizó la industria del cine y la televisión durante 118 días y generó pérdidas estimadas entre 3 y 6 mil millones de dólares.
En este caso, la autorización expresa y la participación activa de los herederos del actor parecen neutralizar, en principio, eventuales reclamos por uso indebido de su imagen o voz. No obstante, el hecho de que el problema jurídico se encuentre formalmente resuelto no disipa las interrogantes de fondo sobre los límites de la recreación digital ni sobre la naturaleza misma de la interpretación en la era de la inteligencia artificial.
No parece tampoco abrir un debate sobre derechos de autor y derechos conexos. A la fecha, parece haber un consenso general en que la presencia humana en el proceso creativo es esencial para recibir protección bajo el derecho de autor, por lo que no parece que la conclusión para interpretaciones y ejecuciones, entre las que encontramos a las participaciones actorales, y los derechos conexos que les asiste sea distinta: si no hay actor, no hay derecho y si no hay derecho no hay protección.
No parece tampoco viable que, de manera póstuma en este caso, Kilmer pudiera tener acceso a un premio como el Oscar, como sí lo tuvo Heath Ledger, quien efectivamente actuó en The Dark Knight.
Sin embargo, este caso vuelve a poner de manifiesto la dualidad inherente a esta tecnología: su capacidad de ser, simultáneamente, solución y problema. Por un lado, permite optimizar procesos, reducir costos y automatizar tareas que antes requerían un despliegue significativo de recursos humanos y materiales. Por otro, ese mismo avance genera un desplazamiento progresivo de roles que históricamente han sido esenciales para la construcción de la obra audiovisual, aunque muchas veces hayan permanecido fuera del aplauso y lejos de las alfombras rojas.
Hablo de figuras como los dobles de acción, dobles de cuerpo, extras o especialistas en maquillaje protésico y efectos especiales, cuyo aporte ha sido determinante pero no siempre reconocido. Hoy, la tecnología no solo complementa su trabajo, sino que, en ciertos casos, comienza a sustituirlo.
Este fenómeno, sin embargo, no es nuevo. El desplazamiento de roles ha acompañado históricamente a la innovación tecnológica: los copistas frente a la imprenta, los retratistas ante la fotografía, o incluso los músicos frente a la reproducción mecánica del sonido. En todos estos casos, la tecnología no eliminó la creatividad, pero sí transformó profundamente las condiciones en las que esta se ejerce y se remunera. A estos ejemplos podrían sumarse otros más recientes, como editores frente a herramientas automatizadas, traductores ante sistemas de inteligencia artificial o incluso diseñadores frente a plataformas generativas.
En este contexto, la discusión no debe centrarse en una defensa romántica de la creación humana, sino en comprender qué es lo que realmente se protege cuando hablamos de creatividad. La interpretación y la creación humana no radican únicamente en la ejecución técnica, sino en la huella personal, esa impronta única que conecta la obra con quien la concibe o la interpreta, y que hasta hoy permanece fuera del alcance de una máquina.
