En Costa Rica hay más de cinco mil escuelas, pero apenas 942 bibliotecas. En medio de esa carencia, algunas se han convertido en refugios inesperados: lugares donde la niñez sueña, la comunidad recuerda y la cultura resiste. Esta es la historia de quienes las mantienen vivas contra el olvido y la rutina.
Las dos primeras lecciones de Julián en su nueva escuela fueron angustiantes. El día lo sorprendió con frío, sin amigos y soñoliento: llegó la noche anterior pasadas las 9 tras 7 horas de viaje en autobús. El recreo lo tomó desprevenido, sin saber qué hacer. No bien sonó el timbre se dirigió la maestra, pero en ese mismo instante lo interceptó un compañero. “Yo te voy a mostrar la escuela”, dijo. Juntos apuraron el paso hasta encontrarse con un lugar que nunca había visto en la escuela de su pueblo. Este es un salón distinto, lleno de globos, máscaras y dibujos. “Esta es la biblioteca, mi lugar favorito”.
La escuela Dr. José María Castro Madriz se ubica en una zona intermedia entre el centro de San José y los barrios del sur, entre calles que se cruzan y casas de viejo cuño. Su biblioteca bien podría pasar desapercibida como un aula más, ser un espacio gris, muy distinto de lo que buscan los niños en los recreos- la zona verde, el planché, la soda. Pero Adriana Guzmán, su gestora durante muchos años, se ha encargado de darle visibilidad para que, por sí mismo, sea un lugar cautivante. Desde ese día es frecuente ver a Julián a curiosear las novedades, saludarla a ella o simplemente a asomarse, corroborar que la biblioteca sigue ahí.
En la Escuela Dr. José María Castro Madriz, la biblioteca se transforma en un espacio vivo donde la niñez lee, juega y sueña.
La luz fluorescente y el cielorraso blanco proyectan las siluetas de los estudiantes sentados en las dos mesas largas. Encima de unos estantes pegados en la pared hay unas mascaradas de leyendas costarricenses, elaboradas entre los niños y personal docente. A pesar de tener a su lado un sillón rojo en forma de cubo, algunos están más cómodos tirados en el piso, entretenidos, con libros en sus manos.
No contenta con esto, Adriana la convirtió en una biblioteca andante. Suelen verla de manera recurrente en los pasillos, con un estante lleno de libros, un parlante y un micrófono. Toma uno de los texto-los de dinosaurios son de los preferidos-y comienza la narración. Muchos niños dejan de jugar, forman un círculo y la escuchan.
Estas son vivencias de todos los días. Había un chico que fue usuario casi desde que llegó, desde primer grado hasta tercero, no faltaba en ningún recreo, venía a pedir libros, a conversar con su amigo inseparable. Él me decía que era una profesora buena y linda, como las que recordaba de Nicaragua. Ellos regresaron, pero me dijo que nunca me iba a olvidar”.
Adriana sabe que, sin estudiantes, las bibliotecas mueren. También reconoce que su labor se asemeja a escalar una montaña llena de piedras sueltas y obstáculos constantes, en un país marcado por rezagos en comprensión lectora y un promedio de apenas 4,6 libros leídos al año por persona. Este 19 de marzo, en el marco de los 50 años de la creación del Departamento de Bibliotecas Escolares y Centros de Recursos para el Aprendizaje, bibliotecólogos y estudiantes no solo celebran una fecha: reinventan las bibliotecas como territorios vivos de encuentro, imaginación y memoria.
Resucitar del polvo
Cuando Leidy llegó a esta zona costera, la embargaba la ilusión de cambiar vidas mediante la biblioteca y el alivio de dejar atrás el agobio de una ciudad que no da tregua. Pronto, la tranquilidad del clima tropical dio paso al desconcierto: la biblioteca era una bodega. La biblioteca estaba muerta.
Sillas amontonadas, mesas llenas de polvo y decoración de actos cívicos anteriores. Pero el verdadero caos se ocultaba detrás de unas cortinas negras: escombros por doquier, sillas y pupitres inservibles, decenas de cajas con libros donados que nunca vieron la luz, mapas en evidente desuso. La universidad le enseño a cimentar su vocación, pero rescatar un espacio que perdió su naturaleza nunca estuvo en el plan de estudios.
Las dificultades no se detienen ahí: tuvo que lidiar con el menosprecio de quienes deberían ser sus aliados: los mismos docentes. Alguno dijo que lo peor que hace el MEP es gastar en bibliotecólogos. Más que un comentario, era la estocada definitiva para tomar sus cosas y volver a la capital.
Acá el ruido es de pájaros, de palmeras que danzan al son del viento. Hostiga el bochorno y muchos se incomodan porque la región se ha convertido en un enclave turístico marcado por la presencia de extranjeros. Pese al clima, los árboles se confabulan para que la biblioteca esté fresca.
Empezar desde cero requiere decisión, pero sobre todo una visión clara de lo que se quiere alcanzar. Sin perder tiempo en lamentos, lo primero que hizo Leidy fue imaginar un concepto, plantar una idea seminal.
Para nadie es un secreto que, en ocasiones, a las comunidades rurales no siempre se les da el lugar que se merecen. El reto principal era el concepto: adecuar los espacios para que la biblioteca pudiera mirarse con otros ojos”.
Después vino el inventario de libros: mapear, revisar qué había y comenzar el proceso de clasificación. Muchos títulos no estaban organizados porque hacía meses no había bibliotecario. Había que decidir qué conservar y qué descartar, todo con el propósito de brindar un servicio de calidad. A partir de ese mapeo, se asignaron números de clasificación según la temática, buscando que cada libro encontrara su lugar.
Había que pensar también qué servicios podían ofrecerse para que la bibliotecóloga se convirtiera en un verdadero apoyo al currículo docente. Talleres Normas APA y formatos digitales para la presentación de trabajos escritos. De la mano con las personas docentes hoy se imparten talleres sobre el uso de herramientas tecnológicas, como forma de abrirse a nuevas posibilidades de aprendizaje y creatividad dentro y fuera de la biblioteca.
Esta no es una historia de final feliz inmediato. La tarea titánica de rescatarla del caos se enfrenta, además, a la falta de recursos. Las bibliotecas escolares no cuentan con presupuesto propio para suplir sus necesidades de colecciones, equipamiento, tecnología y promoción de la lectura. Pese a los avances, la biblioteca aún no logra consolidarse como un territorio autónomo: sigue siendo utilizada como aula por la falta de espacio, aunque se espera que en abril recupere su identidad plena.
Mientras tanto, las paredes comienzan a transformarse. Una parte ya luce hojas verdes dibujadas, y el celeste monótono del aula se matiza poco a poco con tonos de un blanco ligero, semejante al cielo. Es un cambio sutil, pero suficiente para anunciar que la biblioteca empieza a respirar de nuevo.
Reliquias y resistencias en una biblioteca emblemática
Según el décimo Informe del Estado de la Educación, en la actualidad hay 942 bibliotecas, un número muy bajo si se toma en cuenta que existen aproximadamente 5.000 centros educativos. El mismo informe recomienda crear al menos 3000 más para lograr avances significativos en el fomento lector.
Sin embargo, mucho antes de que se plantearan estas metas y cifras, ya existían bibliotecas que habían ganado, con creces, el título de emblemáticas. Una de ellas es la biblioteca del Colegio Superior de Señoritas, ubicada en pleno corazón de San José, que desde hace décadas se erige como un referente cultural y educativo.
Amplios ventanales, columnas de yeso color beige y paredes celestes se combinan con tres inmensas lámparas que derraman su luz sobre el piso de terrazo: un espacio clásico que respira historia. Entre ese escenario, la figura de Angie Obaldía, la nueva bibliotecóloga, se mueve sin descanso, como si el lugar entero dependiera de su energía. “No me va a creer, pero cada día camino 12 mil pasos solo aquí adentro”, dice entre risas, mientras su andar incesante parece darle vida a cada rincón de la biblioteca.
Angie Obaldía, bibliotecóloga del Colegio Superior de Señoritas, muestra una de las joyas del acervo: El Libro de los Muertos, edición del siglo XIX que aún cautiva a quienes lo observan.
De los centenares de libros, la biblioteca guarda tres verdaderas reliquias: una biblia, el Quijote y El libro de los muertos, todas ediciones del siglo XIX. “No nos gustaría que se las llevaran de aquí para la Biblioteca Nacional, pero tenemos que ver cómo las conservamos”, comenta, mientras plantea la necesidad urgente de recibir capacitación en este ámbito. Esa solicitud debe gestionarse a través de la asesoría nacional, un equipo conformado por cuatro profesionales que acompañan y orientan el trabajo de todas las bibliotecas escolares del país. Ellas son un soporte crucial para que estas joyas sigan siendo parte viva de cada comunidad.
Afuera, el bullicio de los comercios se interrumpe de pronto: decenas de policías llegan con perros entrenados de la K9, mientras cerca de una ventana una paloma se posa y vuelve a levantar vuelo sobre una tubería. Dentro, ajena al ruido, Obaldía avanza por las páginas de El libro de los muertos, un volumen grande, en inglés, marcado por el tiempo, pero aún buscado por visitantes y personal de la institución. En su mente no está el desgaste de las hojas, sino la manera de darles nueva vida: exhibirlas de forma permanente en una vitrina de policarbonato, lejos de cualquier estante, como piezas que merecen admiración.
En una mesa cercana a la entrada, junto a una vieja máquina de escribir y ficheros que guardan la memoria de los libros, se despliega una exhibición con títulos conmemorativos del 8 de marzo. Afuera, el pulso creativo de las estudiantes se refleja en un mural: entre sus obras destaca un dibujo titulado “Paraguas de la resistencia”, donde una mujer desnuda y vulnerable se aferra con fuerza a ese paraguas mientras la lluvia arrecia en forma de palabras que caen como gotas: “acoso”, “machismo”, “dolor”.
“La biblioteca forma para la vida”
Mantener la solemnidad de esta biblioteca es un trabajo interminable que exige responsabilidad y persistencia.
Sigo impactada, no solo como trabajadora, sino como alguien que disfruta estos espacios. Dos semanas no son suficientes para descubrir todos los tesoros que guarda este lugar”.
Su propósito es que la biblioteca se convierta en una zona de encuentro y debate, “un espacio donde fluya el pensamiento”. Es una tarea compleja, casi quijotesca, como esas figuras del caballero andante y su escudero de cartón que custodian su escritorio.
Este escenario solemne contrasta con el de la biblioteca del Liceo de Costa Rica, otra institución insigne. Apenas se cruza la entrada aparece un área acordonada, no por algún incidente, sino porque allí se desarrolla el club de pulsos, dirigido por el docente de Educación Física. “Aquí nadie pelea ni hay escándalos; verá cómo los estudiantes solitos respetan las reglas”, afirma la bibliotecóloga, justo cuando la bocina del tren interrumpe su relato.
La biblioteca forma para la vida. Aquí fortalecen la autoestima, aprenden a manejar la ira, a aceptar la derrota y reflexionan sobre la necesidad de transformar las masculinidades hegemónicas, máxime en un entorno marcado por el machismo”.
La biblioteca se convierte así en un espacio para cultivar habilidades sociales que trascienden lo meramente pedagógico.
No se descuida la labor académica, pero se busca un abordaje múltiple. Existe el orgullo de que muchos premios Magón fueron estudiantes de la institución, aunque también la conciencia de la falta de material. Ante la carencia de recursos, las bibliotecas escolares deben idear iniciativas y gestionar proyectos con fundaciones y empresas privadas, un proceso complejo y exigente. Sin embargo, tanto aquí como en otros colegios la intención es la misma: atraer a los estudiantes hacia la lectura, en medio de la primacía de lo audiovisual.
La voz del caracol
Antes de que la nombraran en Talamanca, Yorley Valverde apenas había acumulado algunas incapacidades en escuelas de su natal Limón. Cuando anunció a sus amigas que se marchaba a trabajar allá, ellas respondieron con advertencias jocosas: “tenga cuidado, allá hay chamanes; si no le cae bien a la comunidad, le hacen maleficios. Yo, en su lugar, lo pensaría dos veces”. Los estereotipos pesan, pero a Yorley no le importó. Por eso no dudo en asumir el desafío de convertirse en la nueva bibliotecóloga de la Escuela Líder Bribri.
Con más de 350 estudiantes, esta institución es la puerta de entrada a una región que a duras penas existe: los gobiernos y las instituciones se han encargado de olvidarla. Sobreviven apenas cuatro bibliotecas escolares adscritas a la Dirección Regional de Educación Sulá.
Cuando llegué no sabía nada de bribri, ahora al menos escucho y entiendo un poco. No hablo la lengua, pero tengo toda la disposición de aprender. Cuando viene la maestra del idioma yo solo me quedo escuchándola y pienso ‘algún día, ya verán”.
En la biblioteca de la Escuela Líder Bribri, los estudiantes leen y escuchan La voz del caracol, un espacio donde la niñez se hace visible.
Para Yorley, abrir las puertas de la biblioteca escolar es dejar que entren siglos de sabiduría ancestral y, al mismo tiempo, acoger las sonrisas y anhelos de una niñez que insiste en hacerse visible en un mundo que la prefiere oculta. Cada actividad de fomento lector y apoyo al currículo adquiere un peso decisivo: se fortalecen con videos y lecturas en voz alta en todas las materias, con especial énfasis en la lengua y la cultura bribri.
En los recreos, la biblioteca se convierte en refugio. Algunos leen por su cuenta, otros juegan, y muchos se quedan escuchando las narraciones de Yorley. Prefieren los libros con imágenes grandes y colores vivos, aunque la variedad sea escasa; uno sobre el hielo y los osos polares es el favorito, quizá porque les permite viajar a latitudes que solo conocerán en esas páginas. Los Legos también son protagonistas: arman y desarman, liberando la mente. Niños con condiciones que afectan su comunicación oral encuentran allí un espacio terapéutico. “Se les nota en la mirada —dice Yorley—, vuelven al siguiente recreo. Aquí adentro son libres”.
No hay computadoras y el proyector apenas funciona, pero Yorley ha sabido ingeniárselas para que la biblioteca sea un verdadero apoyo y no un simple apéndice. Ha defendido su espacio de las tareas administrativas que suelen diluir la labor del bibliotecólogo en muchos centros educativos, donde se le reduce a sacar copias, elaborar carnés o aplicar pruebas. En su caso, la biblioteca se mantiene viva, de ahí que no solo sea bibliotecóloga: también es inventora.
Esta capacidad para proyectar la biblioteca a toda la comunidad se plasma en un proyecto que procura rescatar la cultura indígena. Con el apoyo de la asesora nacional, la casa de la cultura de Talamanca y otras fuerzas vivas de la zona, los cuatro bibliotecólogos de la región lanzarán este año un sitio web que resguarda el universo bribri, con sus relatos, rituales y sabores ancestrales, a partir del testimonio de sus habitantes más longevos.
La reciprocidad es un capital que suele pasar inadvertido. Así como Yorley abre las puertas de la biblioteca para que los estudiantes compartan, sueñen y se diviertan —formas todas de aprendizaje— ella agradece porque cada día también se enriquece. No solo ellos llegan a descubrir nuevos conocimientos: ella también, paso a paso, en un intercambio constante.
Yorley recibe a la sección 2-1 en el pequeño salón que todos cuidan como un tesoro cercado por montañas y ríos caudalosos. Un niño de voz timorata se atreve a tomar la palabra para leer el cuento La voz del caracol. Desde su asiento, respira hondo, acomoda la postura y empieza. Los demás lo escuchan en un silencio que no es silencio: algunos se inclinan hacia adelante, atentos, sus gestos mutan conforme avanza el relato. Otros lo miran directo, con curiosidad. La mayoría ríe bajito cuando el caracol habla; al fondo, una niña no quita los ojos de la maestra. Ella apenas asiente, casi imperceptible, como quien acompaña un ritual.
Poco a poco se adentra en un mundo que desconoce, un mundo místico y poderoso que envuelve a toda la comunidad. Aunque no son sus creencias, las defiende como si fueran propias. “Por eso —dice con una sonrisa cada vez que regresa de Talamanca a Limón— les repito a mis amigas: ¿ven que no me pasó nada?”.
*Julián es un nombre ficticio para proteger la identidad del menor.
