
En un ejercicio profesional cada vez más atravesado por la inmediatez, las pantallas y la fragmentación del tiempo, un grupo de arquitectos decidió hacer algo inusual: detenerse.
No para mostrar obra ni competir por visibilidad, sino para conversar. Así nació, o más bien se consolidó, Aula Abierta, un espacio que en su segunda edición reunió a profesionales de distintas generaciones en Unicom Center, en Calle Blancos. El encuentro convocó a arquitectas y arquitectos interesados en algo cada vez menos frecuente dentro del gremio: escuchar y ser escuchados.
El lugar, conocido por su vínculo con el diseño y el interiorismo, dejó de ser un espacio comercial para convertirse, por unas horas, en un territorio común. Allí no hubo jerarquías rígidas ni líneas temáticas impuestas. Lo que predominó fue una dinámica abierta, donde cada intervención partió de la experiencia personal y el criterio propio.
El formato, inspirado en el modelo PechaKucha, aportó agilidad al encuentro. Las presentaciones breves obligaron a los participantes a ir al centro de sus ideas, evitando la dispersión y favoreciendo una secuencia continua de reflexiones. Pero más allá de la estructura, lo que marcó la diferencia fue el contenido: no se habló tanto de obras terminadas como de procesos, dudas, errores y aprendizajes.
El arquitecto Andrés Fernández subrayó precisamente ese valor. En su criterio, la riqueza del espacio radicó en su carácter no institucionalizado, donde la conversación no estuvo condicionada por agendas externas. Esa libertad permitió, según señaló, fortalecer el pensamiento crítico dentro del gremio.
A lo largo de la jornada, los temas se entrelazaron con naturalidad. La arquitectura apareció no solo como disciplina técnica, sino como experiencia sensible. Se habló de ética profesional, de la importancia del error como parte del aprendizaje y de la necesidad de repensar la relación entre tradición e innovación.
En esa línea, el arquitecto Víctor Cañas centró su intervención en la idea de continuidad espacial. Explicó cómo los espacios pueden relacionarse sin fragmentarse, especialmente en contextos como el costarricense, donde el clima invita a diluir los límites entre interior y exterior. Su reflexión apuntó a una arquitectura más abierta, capaz de dialogar con el entorno en lugar de aislarse de él.
Desde otra perspectiva, el arquitecto Luis Alberto Monge llevó la conversación hacia el plano gremial. Recordó que, en décadas anteriores, existía una cultura más activa de encuentro entre colegas, donde el intercambio de ideas formaba parte del crecimiento profesional. En ese sentido, señaló que iniciativas como Aula Abierta no solo reactivan ese espíritu, sino que inciden directamente en la calidad del ejercicio arquitectónico.
Una de las intervenciones más significativas fue la de la arquitecta Julia van Wilpe, quien aportó una mirada de largo plazo. Con más de seis décadas de trayectoria, reflexionó sobre la evolución del rol de la mujer en la arquitectura. Reconoció avances recientes, pero también señaló una deuda histórica en términos de visibilidad y reconocimiento, especialmente en espacios de liderazgo y premiación.
Más allá de las diferencias generacionales o temáticas, hubo un punto de coincidencia: el futuro de la arquitectura está inevitablemente ligado a la sostenibilidad. No como tendencia, sino como responsabilidad. Las intervenciones coincidieron en que la disciplina no puede seguir operando de espaldas a su entorno, sino que debe integrarse a él con mayor conciencia.
Aula Abierta no se presentó como una solución, sino como una pausa necesaria. Un espacio donde la arquitectura dejó de exhibirse para pensarse. Donde el valor no estuvo en la respuesta inmediata, sino en la pregunta compartida.
En un medio acostumbrado a la velocidad y la productividad constante, el gesto de sentarse a conversar puede parecer menor. Pero fue, precisamente, en esa aparente simpleza donde ocurrió algo más profundo: el reencuentro de una disciplina consigo misma.
Porque, a veces, la arquitectura no necesita construir más. Necesita, primero, detenerse a escuchar.


