Las relaciones de pareja, y en particular las que culminan en matrimonio, constituyen un tópico recurrente desde la antigua Roma. Se ha escrito mucho sobre esta institución, no obstante, mi propósito no consiste en llover sobre mojado. Para hacer las cosas un poco diferentes, abordaré el arquetipo del “chico malo”, reflexionaré sobre el matrimonio como contrato y, finalmente, me adentraré en la noción del amor platónico.
Una tríada de tensiones, figuras y visiones que atraviesan nuestra cultura: el magnetismo del chico malo, la solemnidad del matrimonio y la aspiración del amor platónico. Comencemos por el primero, ese arquetipo que el cine ha convertido en mito y que la sociedad sigue debatiendo entre la fascinación y el rechazo.
Desmitificando al “chico malo”: del cine a la ciencia
Según estándares sociales y culturales, las mujeres parecen más predispuestas a salir —o a aventurarse— con un hombre rudo, cínico, el arquetipo del “chico malo”: representado como irrespetuoso, osado y hasta manipulador. El cine ha reforzado esta concepción con figuras icónicas como James Dean, Marlon Brando y Clint Eastwood, entre otros. Estos personajes se rigen por un principio universal: evitar compromisos duraderos y privilegiar encuentros fugaces, “one night stand”, y claro está, “no strings attached”. Para algunas protagonistas, ese desprecio resulta un afrodisíaco irresistible.
En oposición, el cine también ha exaltado al “chico bueno”: aquel que promete estabilidad, ternura y compromiso. Sin embargo, rara vez logra eclipsar el magnetismo del rudo. La tensión entre ambos modelos revela un dilema cultural: ¿preferimos la seguridad o la intensidad del riesgo?
La ciencia confirma esta inclinación. Un estudio citado por The Times, con 3 800 adultos en Australia, Dinamarca y Suecia, halló que la amabilidad —rasgo ligado a la empatía, la cooperación y la paciencia— no se traduce necesariamente en mayor éxito romántico. En los hombres, la rudeza y el cinismo parecen tener más peso en la atracción inicial. El mito del chico malo, entonces, no es solo artificio de Hollywood: la evidencia lo respalda y la cultura lo convierte en un dilema eterno entre seguridad y riesgo.
Con el chico malo imponiéndose en este primer asalto cultural y científico, nos trasladamos ahora a otra esfera: el matrimonio.
El matrimonio: del rito al contrato
Históricamente, despojado de su aura romántica, el matrimonio ha sido ante todo un acuerdo económico, político y social. Si bien es cierto al contraer matrimonio se aspira a un grado complejo de felicidad, no se pueden negar otros motivos para celebrar nupcias: evitar la soledad, perpetuar la especie, alcanzar legitimación cultural y garantizar herencias o alianzas que aseguraban (y seguirán garantizando) estabilidad.
Según Hernández “el matrimonio es al mismo tiempo una figura legal, una ceremonia social y religiosa y una entidad cultural tradicional. Con diferencias en cada sociedad, el matrimonio es una costumbre que formaliza y legaliza la unión de pareja y que ha tenido muchos matices a lo largo de la historia, existiendo en sociedades muy diferentes a las del mundo contemporáneo”.
A pesar de todo, en sus orígenes, esta unión privilegiaba al hombre:
En la mayoría de las civilizaciones antiguas, el matrimonio era simplemente un contrato privado entre el padre o tutor de la mujer y un varón. Este podía rechazar y dar por finalizado el contrato cuando se le antojase y de forma unilateral; las mujeres no tenían ni voz ni voto”.
No obstante, algunos cambios significativos llegaron con la separación entre Estado y religión, especialmente desde finales de la Edad Media. Hernández lo confirma con el surgimiento del matrimonio civil, que permitía casarse a personas de religiones distintas o impedidas por ley eclesiástica. De ahí derivó también el divorcio, “que permitía la interrupción del matrimonio, aunque la Iglesia tardó en reconocerlo, pues sus votos matrimoniales son ‘hasta que la muerte los separe’”.
Con sus características iniciales, en las que existieron mayores derechos para el hombre que para la mujer hasta el nacimiento del divorcio, el matrimonio, en la actualidad, se entiende más como contrato que como alianza fundada en el amor. Frente a esta estructura, el chico malo aparece como su antagonista: un arquetipo que valora el libre albedrío por encima de cualquier compromiso.
Ahora bien, ¿no descansa acaso el matrimonio, en su sentido más primario, precisamente en el amor? ¿O hemos perdido ya del todo esa raíz, dejando que la institución sobreviva desposeída de su esencia romántica?
Concepciones erróneas: el verdadero amor platónico
En El banquete, Platón no habla de un amor físico o carnal, sino de un amor elevado, orientado hacia las ideas y lo eterno. La frase “él (o ella) es mi amor platónico”, entendida como un amor imposible, es incorrecta: lo que el filósofo griego quería expresar era una admiración hacia lo perfecto. Que la cultura haya distorsionado este sentido es ya un hecho irreparable.
Según Torres “Platón creía que el ser humano es, en esencia, un alma atrapada en un cuerpo, que, a su vez, se mueve en un entorno únicamente material. Esto es que, mientras la mente pertenece al reino de las ideas, todo lo demás, la materia a la que está anclada la mente, es una especie de prisión mental”.
De esta manera, resulta una suerte de tortura para la humanidad tener que lidiar con esta dualidad: más cómodo entregarse a los placeres carnales que a un amor complejo, desligado del cuerpo. Torres lo evidencia:
La mente tiene una tendencia natural de querer estar cerca del resto de las ideas, y por eso se perfecciona cada vez que es capaz de ver más allá de las apariencias del mundo material (…).”
Por consiguiente, la concepción del amor platónico busca liberarse de la prisión material —el cuerpo— y, una vez alcanzado ese estado, sentir amor por lo intangible y lo superior. Torres anota esta contradicción:
En el caso de las personas, este amor pertenece a un plano espiritual que intuimos, pero que no podemos llegar a hacer nuestro, ya que es inmaterial”.
Así, el amor platónico no es un imposible, sino una aspiración: liberarse de la prisión material y contemplar lo eterno. Es un amor que no se posee, pero que nos perfecciona en la medida en que nos acerca a lo bello y lo inmutable.
Tres fuerzas en tensión
Comencé reflexionando sobre el arquetipo del “chico malo”, bajo la lupa del espectáculo y de la ciencia, para mostrar cómo su magnetismo persiste más allá de la ficción. Luego abordé el matrimonio, institución que, sin capas románticas, se revela como contrato social y legal, garante de legitimación y estatus. Finalmente, me adentré en la verdadera concepción del amor platónico, esa aspiración hacia lo perfecto que trasciende lo carnal.
¿Qué da cohesión a estos tres apartados? El chico malo encarna la rebeldía frente al compromiso; el matrimonio representa la norma y la estabilidad; el amor platónico, la elevación hacia lo eterno. Tres fuerzas que dialogan entre sí y que siguen marcando nuestras pasiones contemporáneas. En un mundo donde los divorcios superan a los matrimonios y donde el deseo se debate entre riesgo y seguridad, cabe preguntarse: ¿no queda todavía, en las parejas comprometidas, un resquicio de sentimiento amoroso que se resista a la lógica del contrato?
Se ha comprobado que el arquetipo del chico malo difícilmente encajará en una institución tan seria como el matrimonio. Ahora bien, ¿puede este, tras los numerosos cambios que ha experimentado en el plano histórico y cultural, replantear sus bases para dejar de ser únicamente un contrato y recuperar la raíz de un sentimiento puro y noble como el amor?
He esgrimido mi postura sobre el amor platónico sin pretender que todos lo compartan, pero sí considero valioso comprender la concepción platónica de este sentimiento y preguntarnos, si estamos casados o comprometidos, si realmente es amor lo que sentimos o si, en su defecto, seguimos prolongando una tradición en la que el matrimonio se reduce a ser una institución más.
