Yo tenía 15 y llegaba a casa apestando a esa infame mezcla adolescente de asoleada, ocio y Derby Suave. Alguna torpeza, de repente, me delataba. Que una camisa o una jacket con la inconfundible marca de la pavesa de ese blanco fatal. Que una cajetilla olvidada. Que el rumor de algún vecino o vecina sapa.
Mi mamá, que como buena madre es mañosa, no me creía nada.
—Fabián fuma —decía con seco laconismo.
Pero mi tata, ingenua y amorosamente, confiaba en mí. Dicho de otro modo: confiaba en mis mentiras. Porque yo alegaba con vehemencia. Que jamás. Que yo no fumaba. Que eran intrigas de las viejas chismosas. Que la cajetilla olvidada era de Pablo, Manuel, Douglas o Diego.
Al final, evidentemente, todo se supo.
Sí, Fabián fumaba.
¡Y fumaba en puta!
Me arrepiento de pocas mentiras urdidas. Las mentiras, por más que los charlatanes las defenestren y las criminalicen, nos enriquecen mucho más que las verdades.
Reconozco, sin embargo, que me arrepiento de haberle mentido a alguien que más de una vez se jugó el pellejo por mí. Es decir, me arrepiento de haberle mentido a mi tata cuando me defendía.
Jorge Volpi decía que es mucho más difícil amar a una persona concreta, con sus pequeñas traiciones, que declararle amor en abstracto a toda la humanidad o a una porción de ella. Eso último, según decía, hicieron orates como el asesino Che Guevara o el bueno de don Alonso Quijano.
Querer a una persona de forma sostenida es, en cierto modo, una batalla contra el desengaño: defraudamos permanentemente a quienes nos quieren y a quienes queremos. Y a mí me asiste la enorme fortuna de tener un papá que desde muy temprano me aceptó tal cual soy: con mi parte de ángel y mi parte de bestia.
No me cabe duda de que lo he defraudado muchísimas veces. Sin embargo, él nunca me lo ha hecho saber.
En la novela de Fabián Dobles, Ese que llaman pueblo, el hermano de Lico Anchía se descubre vagando por Chepe en diciembre.
Todo es bullicioso.
Todo es festividad.
Él, un concho descalzo, se topa con los josefinos y les pregunta si han visto a Lico Anchía. La respuesta, por supuesto, es burla o indiferencia. El hermano de Lico, entonces, siente vergüenza. Pero sigue aferrado a ese madero postrero que es el nombre de su hermano: Lico Anchía.
No importa que nadie lo conozca.
Lo que importa es que ese nombre y ese vínculo lo orientan en el mundo.
He sentido vergüenza muchas veces. Es más, diría que he sentido más vergüenza que culpa. He sentido vergüenza de mi país, mi equipo de fútbol, mis zapatos, mi camisa chorreada, mi pronunciación en inglés, mi calvicie y casi cualquiera de mis decisiones vitales.
O sea, he sido el hermano de Lico Anchía millones de veces.
No obstante, como él, también he tenido mi madero postrero. Soy el hijo de Catato, de Gerardo Coto. Y ser su hijo es una de las pocas cosas, si no la única, de las que nunca he sentido vergüenza.
