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¿Y ahora qué?

Para casi la mitad del país, el resultado de las elecciones es un golpe duro. Y tragar amargo cuesta, arde, hiere.

Personalmente me siento abatida, como si tuviese la garganta en carne viva de haber gritado tanto y saber que muchas advertencias se quedaron suspendidas en el aire, sin encontrar a quien las escuchara. Gritos de dolor, de traición y de incertidumbre que, sin duda, marcan un antes y un después.

Para nadie es secreto que el gobierno de Laura Fernández es el inicio de un capítulo nuevo en la historia de Costa Rica. Le abrimos la puerta por completo a la derecha, al autoritarismo, al discurso de odio, a un gabinete de profesionales que le hacen muecas a quienes los oponen y que, incluso siendo presidentes, tachan a una mujer de “mi amor, idiota” en vía pública el día de las votaciones. El odio transpira, sus discursos cortan y dividen, y sus gestos amplían la brecha de diferencias entre un país que ahora mismo necesita más que nunca la unidad.

La realidad es dura. Está aquí. Nos toca tragarla y digerirla. No queda más.

Pero entonces surge la pregunta inevitable: ¿qué pasa ahora? Estoy segura de que muchas personas amanecieron hoy con la misma duda, con las mismas lágrimas que derramaba ayer mi hermana al admitir que temía por el futuro del país. ¿Qué podemos hacer?

Para mí, la respuesta se articula en tres fases.

Entender

Lo primero es entender los hechos. Reconocerlos sin evadirlos.

Entender, en primer lugar, lo que implican las repercusiones democráticas y gubernamentales que tendrá el oficialismo durante los próximos 4 años. La fracción legislativa es la más amplia desde 1982, pero sigue siendo mayoría simple: podrán aprobar leyes ordinarias, pero no modificar la Constitución. Tampoco pueden imponer magistrado. El esfuerzo del Frente Amplio funcionó: la oposición está viva, y tanto el levantamiento las garantías sociales como la reelección indefinida no podrán efectuarse. Nos queda de consuelo saber que nuestra democracia funciona - mantiene contrapesos reales y el poder no se concentrará como se pretendía.

Puesto de otra manera: tampoco habrá excusas. Si se prometió cambio al pueblo, corresponde ahora observar su ejecución dentro de los límites democráticos existentes. Eso es clave para la tranquilidad de quienes no compartimos los ideales que hoy gobiernan.

En segundo lugar, debemos entender los escalones que nos trajeron hasta aquí. El escenario en las costas y en las zonas rurales del país es contundente —ahí no ganó el PPSO, arrasó—. Una escala tan pronunciada dice mucho. La Costa Rica rural depositó su confianza en el actual gobierno, en gran parte como respuesta a una tasa de abandono histórica por parte de los partidos tradicionales. Ese vacío fue terreno fértil para el populismo. Comprender a la población costera y rural no es opcional, es prioritario. La GAM vive otra realidad, pero no podemos permitirnos ignorar la del resto del país. Si sabemos lo que necesitan nuestros vecinos, podemos llegar a ellos.

Asimismo, es innegable que la radicalización de la extrema derecha tuvo un peso decisivo: el costarricense se siente identificado con estas propuestas. El público meta ha cambiado, y las estrategias políticas deben de entenderlo y replantearse para poder llegar a ellos. La mega cárcel al estilo Bukele, la venta de instituciones públicas y las reformas constitucionales no surgen de la nada: son señales claras de lo que una gran parte del país demanda. Reconozcámoslo y dialoguemos a partir de esa realidad. Enseñemos que hay alternativas.

Una vez que entendamos, pasemos a la siguiente fase:

Organizar

Si hay algo de lo que tengo certeza es que, durante el último mes, el país me devolvió la fe a través de la organización colectiva.

Vimos a personas involucrarse políticamente por primera vez, a adultos mayores levantar la voz por quienes no la tienen, filas interminables para sacar la cédula y ejercer el voto, y uno de los niveles de abstencionismo más bajos de los últimos años.

En la oposición, la organización fue simbólica. Logró unir a sectores históricamente distantes en una alianza nunca antes vista, demostrando que el diálogo no solo es necesario, sino posible. Semanas atrás, imaginar banderas del Frente Amplio y del CAC ondeando junto a las del PUSC y el PLN parecía inviable. Los votos cruzados entre partidos tradicionales y una fracción legislativa fortalecida del FA son prueba de que esa “fantasía” no solo ocurrió, sino que se materializó.

La experiencia dejó una lección clara: la organización existe, funciona y es indispensable.

Y solo a través de ella podemos avanzar hacia la tercera y última fase:

Actuar

El amor que siento por Costa Rica es tan enorme que solo queda desear que el gobierno elegido me demuestre que estaba equivocada. Espero, por el bien del país, que así sea.

Pero si no lo hace: estemos listos para actuar. Si algo está mal, si algo no es correcto, si creemos que algo podría ser mejor: actuemos. Actuemos tanto que incomode.

Actuemos como lo hicimos en las últimas semanas: con la energía feroz que levantó el voto por Álvaro Ramos casi un 20% en cuestión de días; con el impulso de quienes tomamos vuelos y trenes para votar en otras ciudades y países; con la fuerza colectiva de esa marea multicolor que llenó las calles del país durante días.

Actuemos de forma organizada cuando algo falle. Alcemos la voz y denunciemos. Manifestémonos cuando haga falta. Exijamos a la oposición que nos representa en la Asamblea Legislativa que nos escuche y nos entienda. Defendamos nuestros derechos y dejemos claro que un país no se construye cada cuatro años: se construye cada día.

Se vale estar enojados, tristes y decepcionados. Lo que no se vale es resignarse. Aquí estamos, aquí estaremos, y aquí seguiremos. No vamos a dejar pasar abusos, no vamos a callar, y no vamos a dejar de señalar. Si se equivocan lo sabrán porque se los diremos.

Resistamos. Incomodemos. No pidamos permiso ni agachemos la cabeza.
Me quedo con la imagen de todas y todos juntos en las calles, de los carros pitando, de quienes votaron por primera vez porque viven en un país que se los permitió.

Esa es mi Costa Rica. Y lo seguirá siendo siempre.

Las urnas no definen una democracia. La democracia la forja el pueblo. Nos toca a nosotros ahora, y seguiremos haciendo camino porque los buenos somos más.