Imagen principal del artículo: Vox populi: aceptar el resultado, asumir la responsabilidad

Vox populi: aceptar el resultado, asumir la responsabilidad

En días recientes he llorado aceptando el estado de Costa Rica tras las elecciones nacionales. No ha sido un llanto indignado, sino silencioso y resignado, con la sensación de haberle fallado a mi país, una emoción que otras personas también me han compartido.

Lloré no porque el pueblo “se equivocara”, sino porque entendí que el país estaba diciendo a gritos algo que muchos no quisimos o pudimos escuchar a tiempo. Lloré porque vi reflejada una fractura profunda y real: entre instituciones y la gente, entre discurso técnico y vida cotidiana, entre clases políticas que se creen mesiánicas (en todos los bandos) y una ciudadanía que se siente ignorada y dolida.

No me dolió que ganaran; me dolió cómo ganaron. Ganaron porque supieron leer un malestar, porque ocuparon un vacío, porque hablaron un idioma que la oposición —política, académica y sectorial— decidió despreciar.

El error no fue del electorado. Nunca lo es si nos consideramos demócratas: vox populi. El error fue de una oposición que prefirió sentirse moralmente superior antes que políticamente responsable; confundimos crítica con distancia y rigor técnico con frialdad y ego. Hoy queda claro que la democracia no premia necesariamente las mejores ideas: premia a quien conecta.

Pensar que Pueblo Soberano ganó solo por manipulación, ignorancia o resentimiento es una forma elegante de no asumir culpas. Es una coartada moral que exonera a quienes fallamos en representar, escuchar y persuadir.

El pueblo no vota contra sí mismo porque quiere; vota con lo que tiene, con lo que siente y con lo que entiende. No todo el mundo ha tenido el privilegio de acceder a múltiples elementos para interpretar la realidad. Ignorar esto es negligencia democrática.

La oposición hoy tiene una responsabilidad histórica que va mucho más allá de resistir o esperar el desgaste del gobierno. Tiene que ganarle a Pueblo Soberano en la opinión pública: no bloqueando todo, no burlándose de sus votantes o diputaciones ni refugiándose en una falsa superioridad moral, sino entendiéndoles. Ganarles implica comprender por qué convencen, qué emociones activan y qué promesas —aunque incompletas— logran movilizar. Ganar no es imitar; es superar en conexión, claridad y coherencia.

Aunque incomode y contradiga su identidad política actual, la oposición debe disputar con propuestas a ese pueblo que no la votó. No desde el desprecio ni la pedagogía condescendiente, sino desde una política comprensible, cercana, honesta y franca.

La democracia no se defiende desde la torre de marfil de los partidos tradicionales ni desde el Excel del nuevo pragmatismo; se defiende escuchando lo incómodo y diciendo verdades de forma sencilla.

Lloré porque amo la democracia costarricense lo suficiente como para tomármela en serio. Aceptar el resultado no es rendirse: es el punto de partida. Si no aprendemos de esta derrota, no será solo Pueblo Soberano el problema, sino una clase política incapaz de entender que gobernar y oponerse también es, ante todo, un acto de humildad frente al pueblo y frente a sí misma.