En el mundo pospandemia se maximizó el culto al yo. Un yo individual que cree que, quienes le rodean son útiles mientras sirvan a sus intereses. De forma egocéntrica y narcisista, solo importa el yo, pues para el culto al individualismo, no existe ningún espacio para el otro, excepto si este es un escalón en el que pueda pararse para subir.
Hoy en día, el odio y la discriminación contra el migrante se recrudeció, señalándole como el culpable de la inseguridad, de la violencia y del narcotráfico. Desconociendo que, todos somos bisnietos, nietos o hijos de migrantes. Parafraseando al canta autor uruguayo Jorge Drexler: “…Yo no soy de aquí, pero tú tampoco, de ningún lado del todo y de todos lados un poco…”.
Cabe destacar que, el señalar al diferente, no se limita al migrante, sino a cualquier voz que se atreva a cuestionar o estar en contra de una idea. Esa voz se deslegitima y se calla, polarizando la sociedad con el discurso del odio. Siendo por definición la imposición del pensamiento único una característica propia del autoritarismo, y totalmente opuesta a la democracia.
Martín Buber, en su propuesta del diálogo como herramienta para la comprensión mutua, dijo:
La polarización invalida al otro y hace que se pierda el respeto”.
Podría equivocadamente pensarse entonces que, la solución es promover el colectivismo; donde lo único importante es la comuna y no el individuo. La respuesta es un categórico, ¡no! La antigua Unión Soviética y otros regímenes comunistas nos dieron sendos ejemplos de cómo el supeditar al individuo al colectivo, trae enormes perjuicios.
Pero, si no es el yo, individual y tampoco el todos, colectivo; ¿Cuál es la alternativa a seguir?
La respuesta la implementó ya Costa Rica en el pasado: ¡el nosotros! Basados en la dignidad del ser humano como el eje fundamental; pensando en el prójimo como si fuera yo. Lo da como resultado que, así como busco mi bien, busco el del otro, no desde el utilitarismo que lapida su dignidad rebajándole a una cosa, sino desde el amor que le cuida. Este nosotros, por tanto, reconoce que el bienestar individual se logra gracias al bienestar del otro.
El respeto, como un pilar fundamental de nuestros abuelos, quienes, a pasar de sus diferencias, resolvían sus conflictos a la tica, o sea, dialogando y construyendo pluralistamente propuestas inclusivas; lejos de prácticas impositivas y autoritarias que imperaron en otros países. No consideraron como enemigos a quienes no pensaban como ellos y, por tanto, lejos de deslegitimarles o atacarlos, negociaban respetuosamente para tomar en consideración sus criterios.
En el Acta de Independencia del 29 de octubre de 1821, en donde se consignó la frase “mientras se aclaran los nublados del día”, como evidencia de la prudencia y espera, frente a la incertidumbre imperante. Es evidente que, dentro de los habitantes había férreos defensores de tesis antagónicas como rechazar la independencia o unirse al Imperio Mexicano de Agustín de Iturbide. Esto pudo haber causado una guerra interna, pero los ancestros nos enseñaron con su ejemplo cuál será la piedra angular de nuestra Patria, la concordia, que construye y une. Nunca el odio y la guerra entre hermanos. Ese espíritu conciliador costarricense quedó marcado indeleblemente en el ADN costarricense, en el Pacto de Concordia suscrito el 1 de diciembre de 1821.
Volvamos a nuestras raíces, recordando como Costa Rica consiguió crecer en paz y de una forma muy diferente al resto de los países.
El Pura Vida tico, se sustenta en el dialogo, el respeto, la construcción participativa donde las voces de todos son tomadas en cuenta, asegurando el no dejar nadie atrás o excluido. O sea, cuidando a los más débiles y vulnerables.
Disculpen, si creo en la paz, soy tico.
Güilas correteábamos sin miedo a una bala perdida o a un sátiro que nos dañara. Crecimos respetando a los demás, escuchando y aprendiendo de sus puntos de vista. Construyendo entre todos la solución que se necesitaba. En una Patria humilde, pero solidaria, dónde se ayudaba a quién no tenía, porque todos éramos hermanos.
Esos tiempos parecen lejanos a veces, pero aún están vivos en nuestra esencia, en el Pura Vida que nos resuena en el pecho más fuerte que el corazón.
