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Una Telaraña sobre la vida de barrio

Yo creo que, a lo largo de la historia, hemos sido excesivamente severos con la gente chismosa, con los vinos, con los curiosos. Un discreto modo de existencia tras el marquiset y las cortinas ha permitido que la humanidad se sostenga. O, por lo menos, ha permitido que exista como relato más allá de la fría cifra y el informe judicial.

Señoras enquistadas en un portal que husmean en la vida de los transeúntes. Gentes que producen la historia, la historia en el sentido más rigurosamente vital detrás de verjas o matas de ruda.

Fisgonear es una forma superior de conocimiento. Pero es, también, un elemento crucial de la seguridad nacional y moral. ¿Cuántas traiciones, cuántos adulterios y cuántas empresas delictivas no han sido conjuradas por una persona que vinea a través de la ventana?

No bastaron todos los agentes del FBI y la NSA para agarrar al Unabomber. El genio de Kaczynski los tenía postrados a todos. Pero resulta que una muchacha vina de Salt Lake City un día se puso a ver por la ventana. Sintió curiosidad por un mae de anteojos que dejaba un paquete en un parqueo.

¡Y listo!

¡A la “miércoles” el Unabomber!

Samuel Rovinsky elevó a Herminia, Carmencita y Marielena a la estatura de verdaderas epistemólogas. Las fisgonas. Las viejillas vinas.

Cada vez que camino por esos barrios perdidos donde nadie me conoce, me complace ver a las señoras que se paran en el portón y vinean.

Lo ven a uno de arriba abajo.

Lo escrutan.

Lo definen.

Algunas, de repente, lanzan un dilatado y desconfiado "Adioooos" y acompañan nuestra marcha con esa mirada que es hostil y dulce al mismo tiempo. Si no lo ven a uno, casi se siente un horror espantoso. Una sensación de vacío. Como si, súbitamente, uno se volviera olvido.

En el más reciente episodio de La Telaraña, el cineasta Jurgen Ureña, la escritora Karina Salguero y el historiador Roberto Blanco conversaron acerca de la vida de barrio y sobre el papel del chisme en esas dinámicas vitales. Desde la cabina de Amplify, como casi siempre, el ingeniero de sonido Daniel Ortuño y yo chismeábamos como quien se para en el corredor a contemplar la vida del barrio eclosionar.