Saludos a todos, escribo esto desde un febrero convulso para nuestro país, dentro de un comienzo de año ya convulso para la región, que se ubica además dentro de años ya caóticos para el mundo que tenemos la dicha de habitar. Y desde ese espacio, habiendo pasado por una revaloración de los hechos y una lectura tranquila, en una calma tras mucho estrés y esfuerzo, quiero decirles que sumen, pertenezcan y se apropien de sus vidas y de sus espacios.
En días anteriores conversaba con mi hermano, con amistades y conocidos, acerca de la necesidad de escapar de las burbujas del consumo de información generadas por los algoritmos de las redes sociales; de las dinámicas que nos hacen sentir más solos que nunca cuando nunca ha habido tanta conectividad; de lo jodido que es vivir en una sociedad de relaciones parasociales, donde perdemos a las familias, el barrio y a los nuestros —que son todos aquellos a quienes queremos y con quienes compartimos algo—, mientras lo reemplazamos con una tímida y escueta imitación a través de medios digitales que, si bien me permiten hablar con mi gente a medio mundo de distancia y dirigirme a ustedes en este momento, también nos dificultan hablarnos con el de al lado.
Y desde esa lógica, y con el duelo y la confusión de lo que creo es un resultado electoral que simplemente no es bueno para el país, producto de autoridades que en pocos años han demostrado, una y otra vez, que les importa el bienestar general más de la boca para afuera que en los hechos, les reitero: sumen, pertenezcan y apropiense de sus vidas y de sus espacios, para que esa necesidad de un cambio genuino que todos sentimos se pueda construir.
Porque Costa Rica es un país solidario, y lo ha sido gracias a todas las personas decentes y a esas fuerzas políticas que han elegido históricamente; y esto lo digo no en un afán de romantizar el pasado —está claro que se nos queda corto para el presente y mucho más para el futuro—, sino para recordar que Costa Rica es solidaria, a pesar de las profundas divisiones que siempre hemos tenido, pero que hoy parecen acrecentarse.
Habiendo dicho todo esto, procedo a decir algo que sabrán quienes me conocen y algo que me es imperativo dejar claro para todos los que no: esto no lo digo desde un criterio frío y objetivo —si es que eso existe—, lo digo desde la subjetividad de una opinión personal y desde un color político. En mi caso, soy, entre muchas otras cosas, orgullosamente liberacionista, sin dejar de ser crítico de los errores que comete el partido y, a su vez, de aplaudir y trabajar por todas esas cosas que me hacen creer que es el proyecto que puede darle a Costa Rica ese cambio que tanto demanda.
Y esto lo digo no para engalanar al partido más histórico y consolidado del país —muchos lo han hecho y lo continuarán haciendo—, tampoco para decirles que se sumen (que ojalá y lo puedan hacer), sino más bien para recordarles que una alineación partidaria no es algo de qué avergonzarse y que, tal como dice nuestra Constitución, somos una democracia de partidos, donde representan los partidos y, por ende, donde es necesario que personas de todas las esquinas del país sumen, pertenezcan y se apropien de dichas agrupaciones, que son nuestra herramienta más fuerte para comunicar la voluntad popular. ¿Que tal vez no se ven exactamente como quisiéramos? Pues no. Es parte de vivir y construir en pluralidad, pero con una buena base y con el grano de arena de todos pueden convertirse en lo que la mayoría consideramos pertinente e idóneo.
Hago hincapié en lo anterior porque, a pesar de que los resultados del 1 de febrero son profundamente democráticos, de que representan una participación electoral particularmente alta para nuestras realidades nacionales recientes y de que brindan al mandato del continuismo la legitimidad para ejercer el Poder Ejecutivo (ojalá muy bien) durante los próximos cuatro años, también significan que el 47,7 % de los votantes de este último proceso no votó por eso y que, además, si se considera el todavía alto abstencionismo del 30,92%, una gran mayoría de los costarricenses con capacidad de voto tampoco lo hizo.
Entonces, para todos los que son seducidos por el nihilismo y por la desesperanza, he de decirles que los entiendo, pero que, si bien lo que está sucediendo retrata parte de lo que estamos siendo como país —sea que nos alegre o nos asuste—, no representa todo lo que Costa Rica puede ser. Hay bases, nada pequeñas, desde donde trabajar por un mejor país; desde donde articular esfuerzos; desde donde ser mejores con nosotros mismos, con nuestros vecinos y con nuestros compatriotas. La tarea no es nada pequeña y la realidad nacional nos exhibe una enorme desconexión entre distintos sectores de la población, pero con determinación es posible cerrar esas brechas que hace tanto debimos haber cerrado. Las raíces son fuertes, pero los movimientos necesitan riego, necesitan luz y necesitan poda para que podamos volver a florecer genuinamente, más allá de discursos antagónicos y luchas viscerales.
Bajo ese espíritu, he de darle el crédito correspondiente a proyectos como el acá presente y muchos otros análogos, que ayudan a mantener y exhibir lo mejor que este tejido vivo puede ofrecer, a pesar de las muchas tensiones que sufre. También a las maravillosas personas que he tenido la dicha de conocer en el partido y fuera de él, caminando por la calle, en la soda de la esquina, en la función pública, en el sector privado, en las ONGs y en la academia; a los presentes y futuros legisladores que vienen de mi partido y de otros, y que se han comprometido con la probidad y con un mejor ejercicio de esa importantísima función pública, que debe ser —a pesar de algunos pillos que se han aprovechado de ella— una labor de entrega, de responsabilidad y de honor.
Tengo que decir también, sin embargo, que somos muchos, pero como la realidad nos ha dejado ya muy claro, eso no nos hace inmunes a la fragmentación; que la pluralidad siempre es buena, pero que hoy necesita más que nunca articulación y que, por ende, las fuerzas democráticas que buscan lo mejor para todos nosotros deben removerse esos aires de condescendencia y sectarismos necios que tanto nos han plagado; no eliminando diferencias ni olvidando viejas heridas, sino sabiendo perdonar y consensuar, porque si algo nos dejó claro este proceso electoral es que es mucho, mucho más lo que nos une, inclusive con quienes hoy se regocijan de una victoria clara.
Somos muchos más los ticos decentes, luchando por un mundo mejor, y debemos unirnos, debemos sumarnos, pertenecer y apropiarnos de los espacios —de los partidos políticos, de la sociedad civil y del pueblo que nos rodea en general— si queremos, de manera realista, llegar a algo mejor: donde conservemos lo importante, la innovación se facilite y promueva, lo parasocial sea social, la desigualdad sea menor, el tejido social pueda sanar y donde, a riesgo de sonar a cliché, podamos volver a ser Pura Vida.
