
La decisión del Ministerio de Educación Pública (MEP) de restringir el uso de teléfonos celulares dentro de las aulas, a partir del pasado lunes 23 de febrero de 2026, abre un debate que trasciende la disciplina escolar.
Desde la psicología educativa y clínica, la medida puede convertirse en una oportunidad para mejorar la concentración, el rendimiento académico y el bienestar emocional de los estudiantes, siempre que se acompañe de orientación formativa y corresponsabilidad familiar.
“En las últimas décadas, el teléfono celular dejó de ser una simple herramienta de comunicación para transformarse en un espacio profundamente personal, casi equivalente a un “diario confidencial”. En él almacenamos fotografías, recuerdos, conversaciones significativas, documentos sensibles, cuentas bancarias e incluso tarjetas de pago. Sin que lo notáramos, el dispositivo pasó de accesorio a eje organizador de la vida cotidiana”, detalló Christian Murillo, coordinador de Maestría de Psicología Clínica de Universidad Fidélitas.
El problema no es la tecnología en sí misma, sino la forma en que se introduce y se utiliza. En muchos hogares, el primer celular llega antes que la primera conversación sobre responsabilidad digital. Se entrega como instrumento de seguridad o entretenimiento, pero pocas veces se acompaña de orientación clara sobre límites, autocontrol y uso consciente. Dar un celular sin educar para portarlo no es solo un descuido formativo; es delegar en la tecnología una tarea que corresponde a la guía adulta.
Álvaro Solano, director de la Escuela de Psicología de la Universidad Fidélitas, explica que la presencia constante del celular en clase interfiere con procesos mentales esenciales para el aprendizaje. “El cerebro adolescente aún está en desarrollo. Las interrupciones frecuentes, como notificaciones y mensajes, fragmentan la atención, reducen la memoria de trabajo y dificultan la comprensión profunda de los contenidos”, señala.
Diversos estudios en neurociencia han advertido que incluso cuando el dispositivo no se utiliza activamente, su sola presencia puede disminuir la capacidad de concentración. El uso constante, además, refuerza hábitos de revisión compulsiva asociados a mecanismos de recompensa cerebral.
A esto se suma un elemento relevante en salud mental. Según advertencias recogidas por organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud (OMS), el uso desmedido de pantallas puede alterar significativamente los ciclos de sueño, impactando el estado de ánimo, la regulación emocional y el desempeño académico. La exposición prolongada, especialmente en horas nocturnas, interfiere con los ritmos biológicos y favorece síntomas de ansiedad e irritabilidad.
Desde una perspectiva clínica, también es previsible que la reducción o limitación del celular provoque reacciones similares a una abstinencia conductual. Para muchos niños, niñas y adolescentes, el teléfono se ha convertido en una fuente constante de seguridad, validación y regulación emocional. Cuando se retira de forma repentina, pueden aparecer sensaciones de miedo, inquietud, descontrol o inseguridad, especialmente si el aparato ha sido su principal medio de conexión interpersonal, detalló Murillo.
No es extraño que personas que olvidan su teléfono en casa o pasan varias horas sin él experimenten ansiedad y activación fisiológica. Estos síntomas revelan hasta qué punto el dispositivo ha adquirido un valor emocional que trasciende su función tecnológica.
Otro aspecto que complejiza el escenario es la incorporación de inteligencia artificial en los celulares. Muchos menores interactúan con estas aplicaciones como si fueran un confidente: comparten logros, preocupaciones o temores y formulan preguntas que antes dirigían a un adulto significativo o a un amigo cercano. Desde cómo resolver una tarea hasta cómo vestirse, la tecnología ha asumido un papel cotidiano en la toma de decisiones y en la regulación emocional. Si no se orienta adecuadamente, esta delegación constante puede afectar el desarrollo de habilidades sociales, la autonomía y la capacidad crítica.
Por eso, la discusión no debe centrarse únicamente en prohibir. “La meta no es aislar a los estudiantes de la tecnología, sino enseñarles a usarla con criterio, autocontrol y pensamiento crítico. Si la medida se limita a retirar el dispositivo sin acompañamiento pedagógico y orientación familiar, el efecto será temporal”, advierte Solano.
La restricción en el aula puede favorecer la interacción directa entre estudiantes y docentes, fortalecer el trabajo colaborativo y reducir riesgos asociados al uso inadecuado de redes sociales en horario lectivo. Sin embargo, su eficacia dependerá del componente formativo que la acompañe.
La tecnología llegó para quedarse. El reto no es expulsarla de la vida escolar, sino mediar su frecuencia y promover hábitos saludables que protejan la salud física y mental, especialmente en personas menores de edad. En este proceso, la responsabilidad parental es protagónica, pues quien entrega el dispositivo debe también supervisar su uso y educar en límites claros.
Consejos para padres
- Explique el sentido del límite y escuche cómo se siente la persona menor de edad.
- Establezca horarios sin pantalla en casa.
- Modele un uso responsable del celular; el ejemplo comienza por el adulto.
- Dialogue sobre redes sociales, presión digital y autocontrol.
- Promueva actividades y socialización fuera de pantalla.
Consejos para docentes
- Aclare desde el inicio las reglas y su propósito pedagógico.
- Sea consistente en la aplicación de la norma.
- Detecte posibles señales de ansiedad por desconexión.
- Refuerce hábitos de concentración y trabajo en equipo.
- Utilice la tecnología solo cuando tenga un objetivo académico claro.
La regulación del uso de celulares en el aula, contemplada en el nuevo Reglamento de Evaluación del Aprendizaje y de la Conducta (REAC), representa una medida estructural. No obstante, su verdadero alcance dependerá de que escuelas, colegios y familias comprendan que educar en tecnología no es opcional: es una tarea urgente en una generación que ha crecido con el mundo digital en la palma de la mano.
