El triunfo del continuismo no es solo un resultado electoral; es una advertencia severa sobre nuestra interpretación de la Democracia y el ejercicio de la ciudadanía. La recurrencia de escándalos de corrupción, el aroma del populismo y la negación flagrante de los hechos son síntomas de una sociedad dispuesta a validar lo que desea creer, renunciando a la exigencia de rendición de cuentas. Por otro lado, la movilización entusiasta hacia las urnas ha terminado por entronizar una idea peligrosa: la de que la democracia es un mecanismo neutral. Extraña paradoja.
Esta campaña y su desenlace ofrecen un arsenal de lecciones para repensar la educación política que requerimos si aspiramos, verdaderamente, a una democracia plena. Los ataques denigrantes hacia "el otro" —etiquetándolo como ignorante, troll o "pobre de derecha"— solo sirven para evadir una urgencia histórica: recuperar la disidencia ciudadana como el motor que frena los excesos del poder cuando estos golpean el bien común. Para ello reconocer la otredad es también comprender desde dónde habita y piensa la sociedad.
Una educación política bajo un prisma crítico debe fomentar el pensamiento autónomo y la comprensión profunda del lugar que cada individuo ocupa en el tejido social, la conciencia del mundo y la comprensión de la fuente de las diferencias con el otro. Debemos entender que la Democracia no se agota en el sufragio, ni la ciudadanía es una mera categoría jurídica; ambas son dinámicas vivas que se respiran en la cotidianidad, cuando dialogamos, cuando nos golpean las decisiones políticas, cuando una ley rompe el equilibrio de la sociedad.
Si la formación cívica no supera ese "civismo mistificador" que reduce la Democracia a un acto neutral e individual de cada cuatro años, seguiremos atrapados en gobiernos que socavan el bienestar colectivo y criminalizan la crítica. No lo olvidemos: las aulas son, y deben ser, trincheras de ideas que mueven la ciudadanía y recomponen la democracia.
