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Sobrevivir y luchar

Estupefacto. Esa es la palabra que podría describir el sentimiento de las elecciones ocurridas este primero de febrero. No por el hecho de que ganara la continuidad, sino por la manera en que lo hizo y lo que representa: La antesala perfecta para perder una democracia. Pero antes de ello, surge una pregunta fundamental: ¿qué lleva a las personas a votar por una representación de este tipo?

Hablo de la representación que ha marcado los últimos años de gobierno: la de los gritos, la censura y el hostigamiento a la prensa; la del debilitamiento institucional; la del avance del narcotráfico; la de la concentración del poder y la del récord histórico de homicidios. Esa misma representación fue la que ganó, pero ¿por qué votaríamos, como pueblo, por continuar con algo así?

Trato de visualizar el lado opuesto, entiendo que la vida es contextual y ser dueño de la verdad es poco más que iluso. Dejar el ego de lado implica intentar comprender cómo llegamos a esta decisión. Es ahí donde aparecen las dudas personales. Me pregunto si estoy del lado “equivocado” o si estoy cegado por mis creencias y posiciones ideológicas. De repente, mi ser cuestiona incluso la dualidad entre lo que está bien y lo que está mal. ¿La altanería intelectual me impide ver ese camino “correcto” por el que votamos?

Y la respuesta es clara: Definitivamente. La pasividad crea ignorancia. La pasividad ocasionó que un pueblo desatendido, lleno de miedo y preocupaciones, votara por una solución que parecía la más apropiada, aquella en la que el fin justificara los medios. El pueblo encontró su voz aún con consecuencias potencialmente devastadoras. Me he pasado la vida entendiendo la democracia como una condición perpetua y asentada; ocasionada por una existencia lo suficientemente tranquila como para darla por garantizada.

Quiero creer que no fue la convicción, sino la ignorancia lo que condujo al voto. Quiero creer que no es la maldad ni el odio lo que mueve a las personas, sino el deseo desesperado de ser visibilizadas, aun cuando sea ante falsos profetas. La manipulación no puede achacarse al pueblo, pero la apatía sí. Una democracia muere cuando el pueblo deja de alarmarse, y me confieso pecador de la pasividad; cómplice activo de la falta de solidaridad y empatía social.

Mi padre me lo dice todo el tiempo: tal vez nos falta sufrir un poco más para madurar como sociedad. Si las democracias solo prosperan en sociedades maduras, entonces quizá aún nos falte aprender a defenderla.

Consecuentemente, la reivindicación de vivir implica involucramiento, y ese involucramiento es también político. Lamento profundamente que solo en los momentos más críticos tome conciencia de esta responsabilidad. Hoy, más que nunca, vivir nos exige algo más que una resistencia pasiva: nos pide una defensa a ultranza de aquello que amamos, de esa democracia amada que hoy llamamos Costa Rica.

Queda sobrevivir y luchar. Construir y dialogar, sin importar la adversidad, la represión o la censura. Debemos hacerlo por el amor que sentimos por el otro y por el amor que tenemos por esta tierra bendita que llamamos hogar.