La contienda electoral ha culminado oficialmente y Costa Rica tiene la segunda presidenta mujer en la historia. Logrando ganar en primera ronda con mucha diferencia, consolida un hito que no sucedía desde hace varias elecciones, pues estábamos acostumbrados a llegar a segundas rondas. Tanto así, que los demás candidatos se disputaban una posible segunda ronda para derrotar a la heredera del oficialismo. Lo que tomó a todos por sorpresa fue el gane en primera ronda superando ampliamente a los demás candidatos. A la luz de esta situación y las reacciones que esto ha provocado en la población, hay varios aspectos que valen la pena contemplar.
Saber perder en democracia
La democracia no es perfecta, pero de lejos es preferible que otros sistemas políticos donde la población está a merced de una cúpula que obvia sus demandas, por no decir que las ignora por completo. Dentro de esa imperfección se corren riesgos inevitables, como elegir en base a impresiones superficiales y no por propuestas, o peor aún, no tener claro cuáles son sus posturas políticas para escoger por convicción y simplemente seguir a la muchedumbre para no sentirse perdedor. Estar en el bando ganador es reconfortante aún si el precio es no estar del todo consciente de la decisión tomada, pero sentirse perdedor por votar por convicción es desgarrador. Entre las reacciones que logré leer por parte de personas preocupadas por el gane de Laura Fernández, fue fácil detectar la cara más cruda del mal perdedor: el señalamiento a las zonas costeras como lugares llenos de “ignorantes” por haber brindado apoyo en su mayoría al PPSO (en todas las provincias, excepto Cartago, ganó el PPSO), ínfulas de superioridad asumiendo que los votantes del PPSO “no tienen estudios”, y demás comentarios despectivos referenciando a las capacidades intelectuales de los votantes de Laura Fernández. Al parecer, quienes se atribuyen como los abanderados del conocimiento y el pensamiento crítico terminaron mostrando su cara más clasista. No admitir la derrota en democracia es más doloroso, porque oponerse al ganador es oponerse a la voluntad de una mayoría que está satisfecha con el resultado. Estos grupos aprovechan para canalizar el dolor en todos aquellos quienes eligieron por mayoría aplastante a la candidata del continuismo, y dicha conducta también contribuye a la fisura del tejido social puesto que genera el rechazo de aquellos quienes se sienten aludidos, incrementando las interacciones violentas en redes sociales y en la vida cotidiana. Lo cual resulta paradójico: la oposición que criticaba con ahínco las actitudes chabacanas del presidente Rodrigo Chaves, terminaron consumidos por esta misma realidad haciendo gala de su propia capacidad de rebajarse y violentar a la otredad.
Margen de error
Ahora que Laura Fernández ostenta una bancada oficialista amplia asume un reto mayor: aprobar proyectos de entrega rápida sin excusas de por medio. A diferencia de Rodrigo Chaves, quién contaba con una bancada reducida frente a una Asamblea Legislativa muy fragmentada, el oficialismo ahora cuenta con 31 curules de 57. Con este número de diputados se puede hacer muchas cosas: reformar o crear de leyes ordinarias, asignar el presupuesto nacional, crear comisiones, entre otros elementos que requieran de mayoría simple (29 diputados).
Esta mayoría legislativa es un arma de doble filo, pues a la hora de tener un margen de posibilidades más grande que esta Asamblea saliente la futura mandataria va a tener menos excusas para justificar la no ejecución de proyectos urgentes. En caso de no llevar a cabo sus promesas de campaña, hasta sus propios simpatizantes podrían reprochárselo. Por lo tanto, su margen de error es casi nulo.
El papel de los simpatizantes del continuismo y los opositores
El mejor ejercicio que podemos realizar, tanto los simpatizantes como los opositores del continuismo, es mirar con ojos críticos las acciones a ejecutar por parte del oficialismo. Ya no es el momento de enaltecer el culto a la personalidad ni de defender a capa y espada una gestión, sino de fiscalizar que la forma de gobernar sea la mejor para todos. Lo cual implica un ejercicio riguroso sobre los que nos puede beneficiar o perjudicar, ahí se encuentra el verdadero reto: para los simpatizantes, señalar las iniciativas perjudiciales; para la oposición, impulsar los buenos proyectos que puedan ponerse sobre la mesa. Abandonar las posiciones antitéticas vacías, llegar a consensos y enfocarnos en un plan país a largo plazo.
Es el reto de todos entender que aparte de ser nuestros líderes, en esencia son nuestros empleados públicos elegidos en democracia. El voto no es un símbolo de apoyo incondicional, sino un depósito de confianza que se le brinda a los candidatos para que actúen en conformidad con el bienestar total de la población. Ese es nuestro deber como ciudadanos, así mismo lo establece la juramentación a funcionarios públicos, el cual somete a los mismos a jurar ante Dios y prometer a la Patria:
Si así lo hiciereis, Dios os ayude, y si no, El y la Patria os lo demanden”.
