La obra de Mariana Enríquez no es desconocida, es una de las grandes figuras de la literatura latinoamericana actual y una de las autoras que ha renovado con mayor fuerza el género de terror. Durante mucho tiempo, el terror fue visto como un género anclado en el pasado: fascinante, sí, pero asociado a tradiciones del siglo XIX o a imaginarios ya agotados. Como ocurrió con la novela policial, también fue considerado un género menor, Enríquez arrasó con esos prejuicios, dio una nueva vida, no porque el género estuviera muerto, sino porque en sus manos rebosa vitalidad. Una vitalidad terrible, oscura, de lo que se oculta en los rincones húmedos y peligrosos.
No se puede hablar de su obra sin mencionar sus libros de cuentos ni su magnífica Nuestra parte de noche, ganadora del Premio Herralde, entre otros reconocimientos. Para mí, esa novela dejó el listón demasiado alto, y no puedo evitar juzgar el resto de su producción a partir de ella: ninguno de sus otros libros alcanza ese nivel, aunque muchos sean realmente buenos.
Cómo desaparecer completamente fue publicada originalmente en 2004 y reeditada en 2025 por Anagrama, editorial que hoy publica la obra de la autora. En esta reedición hay algo que me produce cierta incomodidad: parece traer al presente un texto que, por pertenecer a una etapa temprana de la escritora, desentona con la calidad de su producción actual. Enríquez ha crecido de manera abismal como narradora desde entonces, y la publicación de esta novela resuena para mí, como una estrategia editorial para capitalizar su prestigio actual.
Leí el libro con ese malestar inicial y, en gran medida, se vio confirmado: es una obra menor dentro de su trayectoria, no demasiado rescatable en el conjunto de su producción. Sin embargo, contiene momentos valiosos y, sobre todo, deja ver con claridad el interés social que recorre toda la obra de Enríquez: la decadencia argentina, la descomposición del tejido social, de la familia, y la forma en que esa violencia estructural se inscribe en los cuerpos y en las biografías. Digo inscribe, podría decir arranca, destroza.
La novela cuenta la historia de Matías Kovac, un joven de dieciséis años marginado tanto social como familiarmente. Su hermano Cristian huyó a Barcelona y nunca volvió a comunicarse; Matías sueña con alcanzarlo, aunque ni siquiera sabe que Barcelona no es un país ni que necesitaría un pasaporte. Su hermana Carla, antigua pareja de un traficante asesinado, intentó suicidarse de un balazo y quedó desfigurada. Vive encerrada en una habitación miserable, con un pasamontañas para ocultar su rostro, asistida por una mujer explotada que hace de sirvienta mientras busca una vida mejor lejos de su propia y vive el desprecio incluso en esa casa. La madre, incapaz de enfrentar a sus hijos o de protegerlos, se sumerge en la religión y en el nieto que esa hija demolida le dejó; el padre, violento y despreciable, se ha marchado bajo la excusa de una conversión espiritual.
A Matías le urge huir de ese lugar, de esas vidas. No soporta ese desánimo que lo rodea, la miseria de todos a su alrededor, amigos, familia, que cada día están peor, y lo horrible de su propia historia. La posibilidad de escapar aparece a partir de encuentros casuales con personas que, de forma inesperada, no lo desprecian, a él que se siente inherentemente despreciable. Y también, por supuesto, a partir de un paquete de cocaína que cae en sus manos y que encarna la tentación de una salida rápida y peligrosa.
Comparada con la obra posterior de Enríquez, la novela es deficiente, su historia tiene poca novedad, pocos acontecimientos significativos y los que hay se sienten sueltos. Sin embargo, contiene elementos interesantes: la descripción de la violencia familiar, la coherencia psicológica del protagonista y la credibilidad de los personajes, que despiertan empatía o rabia. El entorno social, en constante degradación, transmite la sensación de que siempre es posible estar peor, y que peor es una palabra de una profundidad infinita.
Además, el libro permite ver un rasgo clave de la autora: el horror como una condición social. Aquí no hay, como en sus otras obras, ni fantasmas ni rituales ni monstruos, más allá de los humanos, pero sí cuerpos dañados, pobreza estructural, drogas, abuso y desesperanza. El verdadero terror es el de la vida cotidiana.
Resulta llamativo, sin embargo, que la novela termine con cierta esperanza. Es un final más cercano a lo luminoso de lo que suele ser habitual en Enríquez, cuyos relatos suelen culminar en la muerte, la locura o destinos peores. Esa pequeña apertura final parece más propia de una autora joven, todavía dispuesta a concederles a sus personajes una salida posible.
En ese sentido, Cómo desaparecer completamente funciona menos como una obra lograda y más como un documento de formación: un texto donde ya se reconocen los temas, las atmósferas y las obsesiones de Enríquez, aunque todavía sin la potencia formal y simbólica que alcanzará en sus libros posteriores.
