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Redes sociales, algoritmos y cerebro: el libre albedrío frente a los contenidos digitales

En el más reciente editorial de Delfino.cr, se perfila un panorama en el que la veracidad de los hechos ha perdido valor, la obtención de clics y likes lo es todo, la desinformación crece y la democracia sufre. Comparto plenamente la preocupación y celebro el compromiso del medio con la verdad, la claridad y la lucidez. Todas las personas debiéramos comprometernos con esta lucha, para la cual es urgente conocer fenómenos que explican cómo llegamos a este punto.

Pan y circo como estilo de vida elegido, no impuesto, dice el editorial. Y sigue: Porque el libre albedrío, al menos por ahora, todavía no lo hemos perdido. A esta afirmación quiero referirme, porque quizás sí hemos sido despojados del libre albedrío, o al menos de una parte de él. Hablemos de cómo funciona nuestro cerebro y de las implicaciones de estas funciones en la era digital.

Nuestro sistema de recompensa está formado por una serie de regiones cerebrales que nos permiten percibir y reaccionar a estímulos placenteros, como por ejemplo la comida, la conexión emocional con otros, o el sexo. Al regular procesos de motivación, placer y memoria, tiene una función vital que nos lleva a procurarnos esos estímulos fundamentales para nuestra supervivencia y la de la especie. Hoy sabemos que alteraciones en este sistema son la base de la dependencia a drogas, en la que las personas pierden el control y no pueden dejar de consumir aun a costa de las consecuencias negativas de hacerlo. Así, cuando se ha desarrollado una dependencia, el consumo ya no es una elección y sí una necesidad. El libre albedrío se ha perdido.

¿Y qué tienen que ver estas complejidades —en apariencia tan ajenas— con el tema en cuestión? Ciertamente todo. Las redes sociales prometen recompensa. Los algoritmos están diseñados para mostrar sólo lo que nos interesa o cautiva, ofrecer información ajustada a nuestros sesgos, conectarnos con personas que piensan como nosotros. Y es sumamente placentero recibir noticias (verdaderas o falsas), o escuchar discursos (informados o no) que refuercen nuestra visión del mundo y que ataquen aquello que rechazamos; también lo es relacionarse con personas que piensan de la misma manera, con quienes no sólo no es necesario reprimirse, sino donde se valoran opiniones que podrían encontrar censura en contextos más plurales.

El objetivo detrás de este modelo es simple: atraparnos, procurar que dediquemos el mayor tiempo posible a la pantalla para inundarnos de publicidad, además de obtener nuestros datos para generar ganancias. Esto se consigue estimulando constantemente nuestro sistema de recompensa, sin importar si con ello se favorecen la polarización, la desinformación y la violencia, lo que en última instancia conduce a la inestabilidad social y la pérdida de la democracia.

Entonces, cada vez que Facebook, Instagram, TikTok, o cualquier red social nos atrapa, nuestro sistema de recompensa se activa y con el paso del tiempo se va alterando. Como en cualquier dependencia, estamos todo el tiempo motivados a buscar la droga (ahora representada por la red social o el tipo de contenido digital). Lo necesitamos para sentirnos bien, aun no siendo conscientes de esa necesidad.

Así las cosas, considero adecuado matizar la afirmación de que elegimos adormilarnos con pequeñas dosis de realidad virtual. Lo cierto es que a estas alturas nuestro libre albedrío está cuarteado y ni siquiera somos conscientes de haber perdido buena parte de nuestra capacidad de decidir qué ver, a qué prestarle atención, o incluso si dedicamos nuestro tiempo a un dispositivo o a otras actividades.

¿Y qué se puede hacer? En un mundo ideal, los estados, las instituciones académicas, la prensa y las más diversas organizaciones sociales, deberíamos exigir un cambio en el modelo de funcionamiento de las empresas tecnológicas. Por desgracia, las pocas iniciativas en ese sentido han fracasado y la tendencia actual nos conduce a la desregulación absoluta.

Queda entonces el esfuerzo individual y colectivo. Todas o casi todas las personas sufrimos estos efectos en menor o mayor medida. Lo primero es reconocerlo, para después educarnos sobre el problema. Sólo así conseguiremos modificar de forma consciente la manera en que consumimos las redes sociales y los contenidos digitales. Comprender el papel que juega el funcionamiento de nuestro cerebro en este fenómeno no significa resignarse a vivir dominados por una fuerza en apariencia invencible. Por el contrario, representa un insumo fundamental para trabajar activamente por modificar nuestra conducta, relacionarnos mejor que la información a la que accedemos y desempeñarnos mejor como ciudadanos y ciudadanas. El reto no es fácil, pero sin duda es posible lograrlo.