Estas semanas han sido convulsas para el mundo entero. No solo por nuestras elecciones nacionales, sino porque finalmente somos testigos de los alcances y tentáculos del poder global tras la liberación de ciertos documentos. Lo que me genera intriga, terror y una profunda incertidumbre es la forma en que la verdad se asoma: cual perro regañado que estira la cabeza por la puerta buscando perdón. Resulta extraño, casi surrealista, ver cómo esos secretos a voces proyectan, por fin, un faro sobre sí mismos.
Podría decir, quizás, que el mundo está empezando a ver. Aquella ceguera de la que tanto he hablado parece querer desvanecerse de golpe. Las élites, ya sean globales o criollas, ya no pueden fingir demencia sobre sus planes y secretos. O quizás sí; para muestra, nuestros recientes comicios.
Es fascinante cómo novelas como 1984 o incluso El Príncipe de Maquiavelo nos gritan la forma en que los sectores de poder siembran dudas y controlan narrativas. Se enamoran del dominio y generan un caos controlado que solo unos pocos logran descifrar. La población —por lo general, aquellos más olvidados— es la que no perdona. ¿Podemos culparlos?
Más allá de la ficción, me inquieta que terminemos en un extremismo normalizado donde historias como El cuento de la criada parezcan una crónica del día a día y no una distopía. ¿Se lo imaginan? Ya Vargas Llosa nos lo advirtió en La fiesta del Chivo: la corrupción siempre encuentra la manera de filtrarse, adherirse y hacerse notar para aquellos que deciden mirar. Los que no, vivirán en ese mundo de rosas que ya envidiaría yo.
Pero cuidado: ostentar el poder conlleva sacrificios que, como exploro en mi novela Águila ciega, muchos círculos están dispuestos a mantener hasta las últimas consecuencias, incluso si eso implica llegar a extremos inimaginables con su propia familia. El país ya está fracturado; hoy, familias enteras han dejado de hablarse.
Quisiera ser optimista y pensar que todo saldrá bien, pero para lograrlo necesito una promesa, un anclaje. El problema es que no encuentro de dónde agarrarme para creer que lo mejor está por venir.
