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¿Qué ganó estas elecciones?

Costa Rica ha enfrentado antes fracturas profundas y respondió fortaleciendo sus instituciones. Hoy la división es distinta, más ruidosa que armada. La pregunta es si volveremos a elegir reglas… o ruido.

El triunfo del volumen

He querido escribir sobre la última campaña política y su resultado desde hace días. No había podido. Tal vez porque lo ocurrido no es solo electoral; es cultural.

Ganaron los gritos. Ganó la estridencia.

La confrontación permanente —en redes sociales, en debates, en sobremesas familiares— fue la gran protagonista del proceso. Y fue, también, la gran triunfadora.

No es un fenómeno exclusivo de Costa Rica. Ocurre en buena parte del mundo. Pero eso no lo hace menos inquietante aquí.

Durante décadas nos reconocimos como una democracia que, tras su mayor ruptura política, optó por fortalecer las reglas del juego. Hoy comenzamos a reconocernos bajo otra lógica más simplista: los buenos y los malos, según el algoritmo que nos alimente.

De la guerra a las reglas

La historia reciente ofrece al menos dos momentos que lo demuestran.

Después de la guerra civil de 1948 —la grieta social más profunda del siglo XX costarricense— el país tomó una decisión extraordinaria: no perpetuar el resentimiento, sino institucionalizar el conflicto. Se redactó una nueva Constitución, se fortaleció el sistema electoral y se apostó por un Estado social de derecho robusto.

El mensaje fue claro: las diferencias se resolverían dentro de las instituciones, no contra ellas.

En los años más complejos de la crisis económica y geopolítica de los ochenta, no fue un solo hombre quien sostuvo al país. Fue una generación política —con errores y virtudes— junto con sectores sociales y productivos, que entendieron que la estabilidad institucional era el ancla. No fue perfección. Fue responsabilidad histórica.

Nuestra fortaleza no fue la ausencia de conflicto. Fue la capacidad de convertirlo en reglas compartidas.

La nueva grieta

Hoy la fractura es distinta. No es armada; es discursiva. No divide por fusiles, sino por narrativas, algoritmos y decibeles.

La campaña pasada fue el decantador perfecto para algo más profundo: el insulto y la simplificación convertidos en autenticidad percibida. La mentira repetida hasta volverse verdad emocional. La confrontación elevada a estrategia central.

Y surge una pregunta incómoda:

¿Desde cuándo el insulto dejó de restar votos y empezó a sumarlos?

Si el volumen es ahora la nueva moneda política, ¿qué espacio queda para el liderazgo sereno? ¿Puede sobrevivir un perfil estructurado, con propuestas viables y diálogo real, en un entorno que premia la intensidad por encima de la profundidad?

No hablo de una persona. Hablo de un estilo.

Porque si la política se convierte en una competencia de decibeles, el país termina gobernado por quien grita más fuerte, no necesariamente por quien piensa mejor.

Y ahí está el riesgo.

El verdadero desafío

Costa Rica no necesita nostalgia. Necesita memoria.

En 1948 transformamos una guerra en institucionalidad. En los ochenta enfrentamos una crisis profunda sin romper el orden democrático.

Hoy no hay fusiles ni emisiones inorgánicas. Hay micrófonos. No hay trincheras físicas, pero sí trincheras digitales.

La pregunta es igual de seria.

Si el volumen es la nueva moneda política, ¿seremos capaces de volver a premiar la responsabilidad por encima del espectáculo?

Ya demostramos que sabemos transformar crisis en institucionalidad.

La verdadera prueba es si todavía queremos hacerlo.