Soy estudiante de economía en la universidad nacional. Y si hay algo que vivo prácticamente todos los días, en clases, pasillos, redes sociales o conversaciones casuales, es el eterno choque entre “derecha e izquierda”, básicamente todo se reduce a esto:
- Si cuestionas el tamaño del Estado, eres “de derecha”.
- Si críticas al mercado, eres “de izquierda”.
- Si no apoyas a ninguna, entonces “algo raro tienes”.
Con el tiempo, estudiando economía y observando cómo funciona realmente el país y un poco el mundo, llegué a una conclusión incómoda para muchos: ese debate es, en gran parte, una distracción. Porque el verdadero problema no es derecha ni izquierda. El problema es el estatismo.
El punto en común que nadie quiere admitir
En Costa Rica nos encanta discutir etiquetas, pero rara vez cuestionamos el fondo. Y el fondo es este: casi todos los actores políticos, desde distintos discursos, comparten la misma fe en el Estado:
- Unos lo quieren más grande y protector.
- Otros lo quieren “eficiente” y bien administrado.
- Pero pocos se preguntan si el Estado debería estar metido en todo lo que hoy controla.
Como estudiante de economía, esto se vuelve evidente cuando analizamos políticas públicas, déficit fiscal, inflación o crecimiento. Los problemas se repiten, los resultados también… pero las soluciones propuestas casi siempre son más de lo mismo: más regulación, más impuestos, más deuda, más intervención.
Y cuando alguien se atreve a decir “tal vez el problema es que el Estado ya es demasiado grande”, automáticamente cae en una etiqueta ideológica que evita la discusión real.
Lo que la economía, no la ideología me enseñó
La economía, especialmente cuando uno se acerca a corrientes como la escuela austriaca, te obliga a hacer preguntas incómodas. No desde la política, sino desde la lógica.
Autores como Ludwig Von Mises o Friedrich Hayek insisten en algo fundamental: el conocimiento está disperso. Ningún ente central, por más técnico o bien intencionado que sea, puede saber mejor que millones de personas qué producir, cómo hacerlo y para quién.
El mercado no es perfecto, pero tiene algo que el Estado no: señales reales. Precios, pérdidas, ganancias, incentivos. Cuando el Estado interviene constantemente controlando precios, distorsionando el dinero, regulando en exceso rompe esas señales. Y luego se sorprende cuando aparecen inflación, escasez o informalidad.
No es magia. Es consecuencia.
Inflación: el impuesto que casi nunca se dice en voz alta
Uno de los temas que más me chocó al estudiar economía es lo poco que se habla con claridad sobre la inflación, y lo normalizado que es hablar de inflación, como si fuera calentamiento global. Se presenta como algo técnico, externo, inevitable. Pero rara vez se dice lo esencial: la inflación es una decisión política sobre el dinero.
Cuando el Estado gasta más de lo que recauda y se financia directa o indirectamente mediante expansión monetaria, el costo no desaparece. Se traslada. Y casi siempre lo pagan los mismos: asalariados, ahorrantes, jóvenes que apenas empiezan.
Esto no es un fenómeno de izquierda o de derecha. Es estatismo puro: usar el control del dinero para postergar decisiones difíciles hoy, a costa del poder adquisitivo del mañana.
¿Y si la democracia no es tan democrática como creemos?
Decir esto incomoda. En la universidad, fuera de ella e inclusive en la familia, cuestionar la democracia suena casi a herejía. Pero una cosa es defender la libertad y otra muy distinta es no poder cuestionar el sistema que supuestamente la garantiza.
Con el tiempo me he dado cuenta de algo: en la práctica, la democracia funciona menos como un freno al poder y más como una forma de legitimarlo. Votamos cada cuatro años, sí, pero casi siempre entre opciones que ya aceptan el mismo marco: un Estado grande, omnipresente y con cada vez más control sobre la economía.
No elegimos si el Estado debe crecer. Elegimos quién lo administra.
Desde la economía esto es evidente. Cuando el costo de las decisiones se reparte entre todos o se traslada al futuro vía deuda el incentivo no es la responsabilidad, sino el gasto. No porque la gente sea mala, sino porque el sistema está diseñado así.
Aquí la escuela austriaca conecta directamente con lo que uno observa en la vida real: la democracia sin límites claros tiende al estatismo. El poder no se reduce, se turna. El problema no se resuelve, se pospone.
Esto no es un argumento contra la libertad ni a favor del autoritarismo. Es todo lo contrario. Es decir que votar no basta si no existen límites reales al poder político, al manejo del dinero y a la capacidad del Estado de decidir por otros.
Tal vez el debate correcto es otro
Costa Rica no necesita decidir si gira más a la izquierda o más a la derecha. Necesita hacerse una pregunta más incómoda y honesta:
¿cuánto poder estamos dispuestos a seguir entregándole al Estado para que decida por nosotros?
Porque cuando todo se puede votar, pero casi nada se puede limitar, la democracia deja de ser un instrumento de control ciudadano y se convierte en una costumbre que justifica decisiones que, a nivel individual, nadie aceptaría.
Tal vez ya es hora de dejar las etiquetas cómodas y empezar a cuestionar el modelo que casi nadie se atreve a tocar.
No es derecha.
No es izquierda.
Es estatismo.
