Usted que me lee es, muy probablemente, burgués. No lo digo como insulto ni como etiqueta marxista, sino como un hecho histórico y social. Si sabe leer y comprender lo que lee, si le interesa hacerlo, si entendió el título sin necesidad de traducción y si le preocupa el rumbo del país, es porque participa de una tradición -ciudadana urbana, letrada y cívica- que históricamente ha definido a la burguesía.
El término burgués surge en la Europa medieval para nombrar a quienes habitaban los burgos: ciudades comerciales situadas fuera del orden feudal, donde el poder no provenía del linaje ni de la tierra, sino del trabajo urbano, la propiedad y el intercambio. De esos espacios nació la burguesía, que acumuló poder económico entre los siglos XII y XVIII y terminó por transformar esa riqueza en fuerza política. La democracia moderna es inseparable de ese proceso: fue la burguesía la que desplazó el poder heredado hacia la ley, los derechos y la representación, haciendo posible que el gobierno dejara de basarse en el nacimiento y pasara a sostenerse en reglas e instituciones.
Sin burguesía no hay democracia, escribió Barrington Moore, politólogo estadounidense, al concluir su trabajo de política comparada, en el que invirtió más de diez años de investigación. La democracia moderna solo emerge cuando existe una clase social con suficiente autonomía económica, educación e intereses propios como para limitar el poder absoluto del Estado y de las élites tradicionales. En los países donde la burguesía fue fuerte e independiente (como Inglaterra o, con matices, Francia y Estados Unidos), pudo presionar por leyes, representación, derechos y límites al poder. Donde no existió -o fue aplastada por terratenientes, Estados autoritarios o élites extractivas-, las salidas históricas fueron otras: autoritarismo o comunismo.
Para Moore, entonces, la burguesía no es “la buena”, pero sí la condición social que hizo posible la democracia liberal: porque tenía algo que perder, algo que defender y la capacidad de exigir reglas generales en lugar de privilegios heredados.
Las democracias no nacen ni se fortalecen cuando hay pobreza. Por pobreza quiero decir hambre, falta de educación o enfermedad. Porque, por reflejo, buscamos sobrevivir primero y luego pensar. Cuando solo sobrevivimos, no llegamos a poder pensar más allá de nuestras necesidades más básicas e inmediatas. Cuando el horario de trabajo es de 12 a 14 horas diarias, no hay momento libre para reunirse con otros y pensar en el país.
Sin una clase burguesa que vote y se interese por el rumbo del país, no hay posibilidad de una vía democrática. La clase política no ha logrado ni los consensos ni establecer prioridades claras para el país, y poco o nada se les ha exigido. A quienes viven en modo supervivencia, como resultado de décadas de condiciones estructurales adversas, poco se les puede pedir: no ven posible el cambio, porque “todos son iguales”. Y aquí hay clivajes geográficos entre cuánto votan las áreas rurales y cuánto las urbanas definidas históricamente por Estados ensimismados y vallecentralinos con consecuencias de subdesarrollo geográfico evidentes.
Así las cosas, la responsabilidad recae en quienes tienen la posibilidad y el interés en pensar el éxito del país como un proyecto colectivo y no individual. Si usted es importador, el continuismo le conviene; el colón fuerte le beneficia, pero eso no es un proyecto colectivo, sino individual. Si usted tiene a sus hijos en un colegio privado porque considera que la educación es vital, fíjese en la escuela o el colegio en el que vota: cómo están las aulas y los pupitres, si hay bombillos, si hay comején en el cielo raso, y pregunte por la biblioteca y observe la cantidad y calidad de lo que pueden leer.
La educación nacional es un problema colectivo, no individual. Lo mismo ocurre con la salud. Si a usted el seguro le cubre el hospital privado, recuerde que este año murieron más de 5.000 personas esperando una intervención. De sus impuestos depende que funcionen -o no- la salud, la educación y el Estado, y de usted que se haga un buen uso de ellos. Ejercer el voto no es suficiente; nunca lo ha sido. La democracia es concreta y continua: quéjese, exija cambios, proteste, porque esa responsabilidad recae en usted, ciudadanía urbana, letrada y cívica. Hágase oír.
