Luego de los resultados electorales del pasado domingo sentí una gran preocupación y tristeza ante los próximos cuatro años de gobierno. No comparto el estilo ni el discurso de don Rodrigo Chaves, y me incomoda profundamente el tono confrontativo, irrespetuoso y divisorio que ha caracterizado su figura pública. Confiaba en que el país optaría por un rumbo distinto y que lograríamos evitar el continuismo, sin embargo, esa no fue la decisión de la mayoría.
Tras procesar esa decepción inicial, volqué la mirada a las redes sociales y encontré reflejada una molestia similar a la mía. Pero esta tenía una diferencia: la frustración se había transformado en enojo dirigido hacia los votantes de Pueblo Soberano, a quienes se les culpaba anticipadamente de todo lo malo que vendría en los próximos años. Más allá de lo peligroso que me parecen las burlas y altanerías de don Rodrigo, tengo claro que este domingo ganó la democracia. La mayoría del pueblo costarricense cree en el proyecto del continuismo y lo prefiere por encima de cualquier otra alternativa.
Antes de tachar a estas personas de ineducados, desinformados, irresponsables o traidores a la patria, creo que debemos de ver la situación con empatía. No somos, ni deberíamos ser, los unos contra los otros. Nadie vota deseándole el mal a Costa Rica. Todos compartimos el deseo de vivir en un país más justo, más seguro y con mejores oportunidades, aunque diferamos profundamente en los caminos para lograrlo. Las redes sociales nos presentan con burbujas y cámaras de eco que refuerzan constantemente nuestras creencias y dificultan la comprensión de posturas distintas. Debemos siempre recordar que el contexto, las prioridades y los valores de cada persona son diferentes, y sin disposición a escuchar, la división solo se profundiza. Nadie es dueño absoluto de la verdad.
La polarización y la baja tolerancia que estamos viviendo no surgieron de la nada; son síntomas de un desgaste más amplio de nuestra convivencia democrática. Pero señalar culpables no nos acerca a ninguna solución. Todos hemos fallado en el proceso democrático. Más allá de partidos u organizaciones políticas, la democracia le toca a cada uno de nosotros. Esta no se limita a sacar nuestra bandera y votar cada cuatro años. Es una responsabilidad cotidiana que se ejerce en el diálogo, en la convivencia y en la capacidad de reconocer al otro como un igual, aun cuando piense distinto. Sin empatía y sin disposición a salir de nuestra zona de confort, cualquier proyecto país está condenado al conflicto permanente.
Así que si los resultados de estas elecciones le duelen tanto como a mí, no le eche las culpas a los demás. Involúcrese en la comunidad, conozca las realidades que existen fuera de su círculo de amigos. Nos corresponde mantenernos vigilantes, exigir rendición de cuentas y defender las instituciones democráticas. Aunque no nos guste el gobierno entrante, el país sigue siendo de todos, y es responsabilidad colectiva procurar que avance en la mejor dirección posible.
La política no es fútbol. No se trata de ganadores y perdedores celebrando o lamentando por separado. Estamos todos en el mismo equipo, compartiendo las consecuencias de nuestras decisiones. Solo desde el respeto, el diálogo y la participación activa podremos construir un país mejor.
Sepamos ser libres.
