Frío, neblina e incluso algo de lluvia. La escena parecía el presagio del nada halagüeño argumento de Ensayo sobre la lucidez. A pesar del parecido, sin embargo, la realidad de las elecciones costarricenses no resultó en catástrofe.
Fui a mi centro de votación alrededor de las nueve de la mañana. Vacío. Hice un recorrido por la ciudad de Cartago. Vacía. Visité los centros de votación y los lugares más icónicos. Vacíos. El presagio seguía siendo malo. Afortunadamente la realidad no es supersticiosa, como revelarían los hechos al final del día.
Alrededor de las once el ambiente calentó en términos metafóricos, aunque las condiciones climáticas se empeñaban en su gelidez. Y aunque no cuento con la edad suficiente para hablar con propiedad, en primera persona, de la historia costarricense, el fenómeno electoral vivido estas elecciones me ha parecido digno de admiración. Me refiero al colorido. Familias, autos, incluso personas, con banderas de múltiples partidos. Un ambiente de cordialidad, de unión, de comprensión… Un ambiente que inició en los debates, donde casi todas las candidaturas nos dieron una elegante lección de respeto, de discusión mas no pelea, de poco ad hominem y mucho ad rem.
Se les criticó en algún medio su amabilidad, su cordialidad, su modo “avengers” y su, según algún periodista, falta de contraste. Y quizá sí, quizá no se diferenciaron lo suficiente, quizá en lo periodístico faltó espectáculo y en lo informativo claridad. Pero quizá fue porque ante la situación actual, ante la amenaza actual, era más importante el diálogo, el acuerdo, el ejemplo. Porque es muy sencillo hablar de tender puentes, pero es más efectivo, y más difícil, tenderlos y mostrarle al país que se pueden enfrentar las diferencias con altura.
No sé si este fenómeno será olvidado por la historia, pero en lo que respecta a mí, no olvidaré el día en el que, por primera vez, transité por un país en el que celebré con banderas verde y blanco, con banderas amarillas, con banderas tricolor, con banderas rojiazules y, aunque me cuesta creerlo, incluso con alguna bandera turquesa. Porque en estas elecciones un grupo de candidatas y candidatos nos dieron una lección importante que, de alguna manera, se trasladó a las calles: durante las elecciones seguimos siendo personas, y las diferencias más que separarnos deberían unirnos. Porque definitivamente una charla con Claudia, Eli, Juan Carlos, Ariel, Natalia y Álvaro resultó mucho más reconfortante que una charla cualquiera con nuestra acogedora cámara de eco.
El gélido presagio matutino se convirtió, al final del día, en un cálido presagio político. Porque si bien el país ha quedado, en gran medida, en manos de un movimiento con preocupantes rasgos de concentración del poder, también nos hemos quedado con un gusto de unión democrática por parte de la oposición. El desafío será que las personas en las que la población costarricense ha depositado su confianza concreten, en su ejercicio legislativo, las lecciones de civilidad iniciadas en la campaña y trasladadas a las calles.
