Encuentro oportuno iniciar estas palabras advirtiendo que, a partir del próximo 8 de mayo de 2026, cuando Laura Fernández Delgado asuma como la presidenta número 50 de la República de Costa Rica, ya no tendrá validez alguna la excusa de que la “oposición no le permitió gobernar” a este país.
Ese argumento quedará sepultado bajo el peso de la legitimidad democrática expresada en las urnas con una mayoría simple de veintinueve votos parlamentarios para su gobierno. Aclarado esto, escribo estas breves palabras principalmente en dos sentidos: primero, como un ejercicio responsable para esclarecer dudas naturales sobre el futuro del debate político legislativo y la toma de decisiones que este conlleva; segundo, como un recurso honesto de desahogo personal, porque el momento histórico lo exige.
El pasado 1 de febrero de 2026, en sesión solemne, la magistrada presidenta del Tribunal Supremo de Elecciones dio lectura al acta que contabilizaba los votos válidamente emitidos. En esa elección, Fernández, del Partido Pueblo Soberano, resultó electa con más del cuarenta por ciento de los sufragios.
No pretendo aquí insistir en las amenazas que su proyecto representa para el país —ya advertidas en múltiples ocasiones y desoídas por la ciudadanía costarricense—, sino subrayar que debemos respetar de extremo a extremo la decisión popular. De lo contrario, caeríamos en los mismos antivalores democráticos, tolerantes y respetuosos en los que ellos han caído. Además, es tiempo de decir con firmeza que antes de asumir posturas moralistas o intelectualmente superiores —que no las son—, conviene reflexionar serenamente sobre el vacío estructural y educativo que llevó a ciertos sectores demográficos a depositar su confianza en Fernández, buscando en ella una salida radical a las debilidades del sistema político costarricense.
Un sistema que, aunque imperfecto, ha demostrado estabilidad frente a la fragilidad institucional de la región. Entonces, sobre esto solo puedo decir como costarricense que le deseo al nuevo gobierno el mayor de los éxitos, porque aunque no comparto en lo absoluto con Laura tanto sus formas como su fondo, el bienestar de nuestro país depende del éxito de su gobierno.
Ahora bien, en cuanto al primer poder de la República: la Asamblea Legislativa. Esta era la elección que más me preocupaba en demasía, pues de ella dependen todas las decisiones políticas del país. Un presidente, por sí solo, solo puede gobernar bajo vía decreto de manera ejecutiva. Porque en una democracia madura, sólida y plena como la nuestra son las fuerzas políticas representadas en la Asamblea Legislativa las que pueden transformar sustancialmente la política del país. Por eso pedían 40 diputaciones, porque buscaban evitar los pesos y contrapesos propios de nuestra democracia.
Por fortuna para nosotros, los demócratas, Fernández obtuvo 31 diputaciones de 57, un número alto pero insuficiente para alcanzar la mayoría calificada de 38 votos. Sin embargo, preocupa que si con apenas nueve diputaciones Rodrigo Chaves logró infligir un daño considerable, ahora con 31 diputaciones el oficialismo pueda exacerbar ese impacto en dimensiones inéditas, validando y engrosando la violencia, la prepotencia y el odio hacia la disidencia de aquellas voces que decidimos pensar diferente.
Frente a ello, las diputaciones de Liberación Nacional, el Frente Amplio, la Coalición Agenda Ciudadana y la Unidad Social Cristiana tienen la oportunidad histórica de demostrar que la resistencia democrática es posible mediante unidad, diálogo y pragmatismo político, dejando de lado sectarismos ideológicos que no nos llevarán a ningún lado. Porque los problemas públicos de Costa Rica no los vamos a resolver si seguimos con la lógica de ver hacia las izquierdas o hacia la derecha, lo cierto es que solo podremos hacernos cargo de esos problemas si vemos colectivamente hacia el frente; esta es la única dirección correcta. Porque ya da igual de dónde vengamos, mientras entendamos que es posible hacer política seria, respetuosa y visionaria fuera de las estructuras ideológicas de siglos pasados.
Por otro lado, algunas agrupaciones desaparecieron del Congreso, como Nueva República y Liberal Progresista. Pero conviene advertir que ya sabemos que el neoliberalismo, el conservadurismo y el fanatismo no se destruyen, se transforman y se reagrupan —muchas veces más fuerte—. Por eso, quienes resistimos juntos esta elección debemos mantenernos unidos, militando en nuestras agrupaciones partidarias de preferencia, pero sobre todo hablando de política con nuestros círculos.
La indiferencia y la falta de militancia activa nos han llevado a este escenario. Recordemos que en dos años nos veremos en las elecciones municipales y en cuatro años en las nacionales. Porque hoy, un millón ciento noventa y un mil setecientas veintisiete personas apoyaron a Laura, mientras que un millón trescientos dos mil ochocientas ochenta y cuatro votaron por otras opciones contra el continuismo. Y eso duele, porque por la falta de madurez política de las grandes oposiciones, incapaces de unirse en una Coalición Nacional, se impidió un escenario más favorable para nuestra democracia.
Y sí, claro que el panorama es desmotivante. ¡¿Cómo no lo sería!? Pero debemos reconocer la visión de los constitucionalistas de 1949, porque gracias a una Constitución Política rígida y sólida, hoy con 31 votos no se puede alterar la organización política del país. Esa es nuestra mayor garantía de que, pese a las turbulencias, la democracia costarricense sigue en pie. Porque de acuerdo con nuestro marco legal, con una mayoría calificada de treinta y ocho votos se puede nombrar magistraturas del Poder Judicial, levantar inmunidades, declarar un estado de excepción, aprobar reformas constitucionales, resellar vetos presidenciales y autorizar empréstitos y créditos públicos. Decisiones que difícilmente pasarán, pues deberán buscar siete votos más entre las fuerzas que esperamos les digan que no.
Sin embargo, con mayoría simple de 29 votos se pueden aprobar leyes ordinarias, mociones y acuerdos de carácter general, así como el nombramiento del Directorio Legislativo y la instalación de comisiones especiales, esas que muchas veces se instalan para investigar irregularidades del gobierno. Por lo tanto, será un cuatrienio legislativo de pocas comisiones especiales y muchas preguntas, así como una donde veremos muy probablemente a José Miguel, Marta Esquivel, Nogui Acosta o Ana Catalina Müller como presidentes del Congreso.
El reto que enfrentamos no es menor. La democracia costarricense se pondrá a prueba en cada sesión, en cada votación y en cada decisión política. La ciudadanía debe comprender que la indiferencia es el terreno fértil donde germinan los abusos de poder. Hoy más que nunca, necesitamos unidad, militancia activa y conciencia crítica. Porque la democracia no se defiende sola, nunca ha sido así. Se defiende con la voz, con el voto y con la acción constante de quienes creemos en un país libre, justo y solidario.
