Durante años le pedimos a la escuela y la academia que hiciera lo que como sociedad no terminábamos de hacer: cerrar brechas, formar talento e impulsar movilidad social. Y ningún sistema educativo puede cargar solo con una tarea que es colectiva.
Reformamos programas, discutimos currículos, ampliamos cobertura. Todo esto es clave, pero ninguna estructura de enseñanza puede sostener el desarrollo si el entorno falla.
Esta es una verdad mundial. En muchos países, el capital humano no solo se estancó: retrocedió. Eso advierte el más reciente reporte del Grupo Banco Mundial, Building Human Capital Where It Matters: Homes, Neighborhoods, and Workplaces (“Construir capital humano donde realmente importa: hogares, barrios y lugares de trabajo”), publicado hace apenas dos semanas.
Más que un diagnóstico técnico, es una señal de alerta que se suma a otras voces globales y expertos nacionales que vienen advirtiendo que el crecimiento de largo plazo depende menos de sistemas tradicionales, y más de la capacidad real de las personas para desarrollar habilidades, aprender y producir.
Algunas de las cifras dadas son contundentes:
- Los puntajes de aprendizaje han caído desde 2010 en buena parte del mundo en desarrollo; los nuestros son claro ejemplo de ello.
- Dos tercios de la brecha de ingreso per cápita entre países ricos y pobres se explican por diferencias en capital humano.
- Cerca del 70% de los trabajadores en economías de ingreso bajo y medio está en empleos con bajo potencial de aprendizaje.
Incluso en algunos países la altura promedio, un indicador acumulado de salud y nutrición en la infancia, ha disminuido. Esto podría parecer solo una curiosidad que no tiene que ver con el tema, pero al contrario es en realidad es un termómetro silencioso del bienestar de una generación.
Más allá de la advertencia, una propuesta de cambio de enfoque.
Durante décadas organizamos la política pública por sectores o por etapas de vida. El reporte plantea algo más integral: el talento se forma en "settings", es decir, en entornos reales y concretos donde las personas viven, interactúan y trabajan. Y esos entornos son tres: el hogar, el barrio y el lugar de trabajo.
Desde casa: en el hogar se construyen las bases. Las habilidades son acumulativas, “las habilidades engendran habilidades”. Lo que ocurre en la primera infancia condiciona el aprendizaje futuro, la productividad y los ingresos. El informe recuerda que el cuidado, la nutrición, la educación temprana y el apoyo a las familias no son políticas blandas; son inversiones estratégicas.
En los territorios: el código postal puede definir la trayectoria económica de una vida. Así de frontal es esta afirmación. La calidad de las escuelas locales, la seguridad, la infraestructura, el acceso a servicios, el dinamismo económico y hasta el entorno ambiental influyen directamente en las oportunidades reales.
En las empresas: aproximadamente la mitad del capital humano total, es decir, de las habilidades, se adquiere trabajando. Pero no todos los empleos desarrollan talento; muchos lo estancan. Un empleo puede ser un motor de aprendizaje o una trampa de baja productividad.
Lo que falla en un entorno puede anular lo que se invierte en otro. Así de contundente es el mensaje de fondo.
Sin coordinación entre hogar, territorio y empresa, la inversión pública pierde potencia. Ningún aula será lo suficientemente poderosa para definir por sí sola el futuro y la calidad de vida de una persona.
¿Y Costa Rica?
Nada de esto nos es ajeno. Cada hallazgo del informe nos interpela. No es una discusión nueva, empero ha sido fragmentada y exige una mirada sistémica y alineada. Tenemos brechas de aprendizaje persistentes, desigualdades territoriales marcadas y un mercado laboral donde no todos acceden a empleos de alta productividad. También enfrentamos el desafío de alinear educación, formación técnica y demanda productiva en un contexto de transformación tecnológica acelerada.
Es cierto que hemos trabajado y que hay avances importantes que no deben nublarse en una reflexión de mejora. Hemos construido capacidades, ampliado cobertura, desarrollado sectores productivos sofisticados y generado oportunidades que muchos países de la región no han logrado. Sin embargo, es evidente que esos avances hoy se nos están quedando cortos.
Como profesional tercamente optimista, estoy convencida de que Costa Rica tiene algo que ningún indicador captura del todo: una historia de decisiones visionarias y valientes. Apostamos por la educación pública cuando era impopular hacerlo. Apostamos por la seguridad social cuando parecía imposible. Apostamos por la diversificación productiva cuando el modelo primario era dominante.
Es así que quizá incluso podríamos imaginar un cuarto espacio que el informe no desarrolla explícitamente: el de la interacción personal, esa que se da uno a uno. Quienes hemos tenido mayores oportunidades también acumulamos capital humano. Desde nuestro actuar cotidiano podemos multiplicarlo: patrocinando con el ejemplo, guiando a otros, compartiendo conocimiento, integrándonos en iniciativas y abriendo puertas.
Desde la sociedad civil, desde la academia, desde el sector privado y desde las comunidades, todos podemos empujar esta conversación hacia una agenda integrada de capital humano; es una responsabilidad país y ese lo conformamos todos.
El aula sin duda alguna no puede sola. Pero un país que alinea esfuerzos, sí puede.
