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Los Ventajistas (segunda edición)

Antes que analista social, soy ciudadana. Hago fila, pago impuestos, sufro las presas y una vez al mes voy al Seguro por mis pastillas. Amo este pedazo de tierra verde llamado Costa Rica. Se me infla el pecho cuando escucho el himno o cuando afuera dicen: “Wow, Costa Rica”.

Qué lindo el discurso. Qué fea la práctica.

Voy a hablar otra vez de los ventajistas.

No tienen género, edad ni clase social. Están en todas partes. Su única regla es simple y clara: si puedo sacar ventaja, la saco.

Es el mecánico que inventa fallas.

El bar que suma una birra más esperando que no revises la factura.

El que vende algo a un precio absurdo, aprovechándose de la necesidad ajena.

El que recibe un beneficio que no ocupa y se queda callado.

El que en el buffet se sirve exageradamente porque “ya pagó”.

Y siempre hay una excusa:

  • “Todo el mundo lo hace”
  • “Hay que ser vivo”
  • “Así funciona esto”

Qué curioso que confundamos sacar ventaja con abuso.

El ventajista se cree astuto. Cree que está ganando. Pero lo que realmente hace es erosionar algo mucho más grande: la confianza. Y sin confianza, todo se vuelve sospecha, defensa y cálculo.

Lo incómodo es esto: el ventajista no siempre es el otro.

Es el silencio cuando nos dan vuelto de más.

Es el pequeño empujón en la fila.

Es aprovechar un vacío legal, sabiendo que no estamos causando un daño directo a nadie.

No son grandes delitos. Son pequeñas decisiones repetidas.

Nos encanta decir que somos solidarios. Pero la solidaridad no se declara; se practica cuando nadie está viendo.

La próxima vez que puedas sacar ventaja y nadie se dé cuenta, ahí se define quién sos.

Porque el país que tanto defendemos no se rompe solo por los grandes escándalos. Se desgasta todos los días en lo pequeño.

Y en eso, nadie es completamente inocente.