Laura Fernández es la presidenta electa de Costa Rica y yo no voté por ella. No voté por ella porque, para mí, representa la continuidad de todo lo que no quiero para mi país: división, inseguridad, opacidad, berrinche y retroceso democrático.
No voté por Laura Fernández y espero no tener razón. Espero que la inseguridad se reduzca, que cierre el grifo del narcotráfico y que fortalezca la CCSS.
Doña Laura, demuéstrenos que usted tiene liderazgo propio, que nos va a entregar un país igualmente democrático en cuatro años, que usted es una mujer que reprueba el machismo y las prácticas misóginas que nos golpean a todas.
Doña Laura, demuéstrenos que mis miedos no se van a hacer realidad: que mi abuelita va a tener espacio en la CCSS; que mis sobrinas van a recibir educación de calidad y no van a ser reclutadas por el crimen organizado; que van a existir oportunidades laborales; que voy a poder caminar por la calle tranquila y llegar a mi casa con la certeza de que nadie puede entrar sin una orden judicial.
Estas elecciones fueron un grito desde todas las esquinas del país. Un grito de una población con miedo, olvidada y resentida, con justa razón. Una población que hoy está dispuesta a poner en peligro sus propias libertades constitucionales, junto con las de quienes vivimos en burbujas de oportunidades cada vez con menos oxígeno.
Pero también fue un grito por la defensa de la Costa Rica democrática y libre que abraza la diversidad. Desde 2010 no teníamos un abstencionismo tan bajo (30%) y el TSE nos aseguró, una vez más, elecciones libres y transparentes. Las calles estaban llenas. Miles de ticas y ticos abrazando la fiesta democrática, caminando con libertad y crayolas en mano. Miles de personas comunicándose en el mismo idioma, hablando patria.
Mi llamado es a ejercer una ciudadanía responsable, con alergia a la apatía y al desinterés y, desde el amor, a seguir de cerca a quienes nos van a representar; a exigir rendición de cuentas; a mandar ese correo a la diputación de su provincia cuando algo no le representa; a cuestionar en voz alta.
Con independencia de colores —o animales— políticos, despertamos el 2 de febrero compartiendo el mismo pedazo de tierra y la misma agua. Asegurémonos de que siga siendo potable para todas las personas.
