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Las inconsistencias éticas en sectores protestantes

Terminó la campaña electoral de nuestro país y con ella los resultados ya han sido dados. No obstante, con el paso de los días, sigue llamándome la atención cómo en ciertos sectores del pensamiento religioso, principalmente protestante, se proclama moralidad, rectitud y una fuerte defensa de valores conservadores. Sin embargo, cuando ciertos líderes políticos; apoyados abiertamente por estas corrientes durante la campaña; caen en contradicciones éticas, la coherencia se desmorona, ya sea por despidos por acoso sexual, por la justificación de relaciones impropias explícitas en vídeos o por vínculos cuestionables.

¿Es coherente defender una moral pública si, en lo privado o, incluso, en lo legal, las acciones contradicen esos principios? Mi conclusión es que no. Es evidente que hay una brecha entre discurso y práctica que genera inconsistencias. La moral se proclama; la ética se demuestra en la coherencia entre discurso y acción.

Que un diputado electo, de la bancada oficialista, haya salido en un vídeo declarando que sigue pensando que su cliente: un pastor evangélico de 50 años, condenado por abusos sexuales contra una menor de 15 años; no era culpable porque la víctima no era una niña; es alarmante. Sin embargo, que líderes religiosos hayan apoyado esas candidaturas es aún más cuestionable. Es cierto, la defensa técnica como abogado no implica delito, pero sus declaraciones sí contradicen la moral que predica el partido que acordó un apoyo importante del sector evangélico costarricense.

Este doble estándar no es exclusivo de nuestra realidad nacional: es ampliamente conocida la cercanía de Donald Trump con Epstein y su isla. Aunque no hay una acusación formal, cada filtración expone aún más que este líder político, alabado por los sectores conservadores protestantes, estuvo “cerca”, para utilizar un delicado eufemismo, de una red de abusos sostenidos. Sin embargo, en su país y fuera, sigue siendo aclamado por los creyentes protestantes como un “ungido por Dios”. La cuestión aquí no es la culpabilidad penal, sino la indulgencia moral.

Estos casos no se deben evaluar solo en la legalidad, sino en la coherencia entre lo que se predica y lo que se tolera. La verdadera prueba de los valores está en las acciones coherentes y ahí es donde el discurso moral de estos sectores religiosos queda expuesto. La reflexión es: ¿Qué valores defendemos si los hechos no los respaldan?

Como decía el filósofo alemán, Immanuel Kant, en su Fundamentación de la metafísica de las costumbres:

Una acción hecha conforme al deber, pero por inclinación o interés, no tiene verdadero valor moral.”

En definitiva, las inconsistencias se vuelven evidentes cuando se defienden valores abstractos: como oponerse a la comunidad LGBTI, a la educación sexual en las escuelas o al aborto; pero a la hora de la verdad, se justifica o se minimiza la complicidad con delitos reales o acciones éticas cuestionables: como justificar abusos sexuales a menores o ignorar los vínculos a redes de abuso de un presidente norteamericano.

No se puede predicar sobre la familia y la moral mientras se esquivan las responsabilidades con los niños que más protección necesitan. Si la moral no se aplica en los momentos difíciles, cuando toca enfrentarse a líderes que traicionan esos mismos principios, entonces es solo un discurso vacío. La verdadera prueba de los valores está en defender a quienes no tienen voz, sin excepciones ni dobles raseros.

Retomando a Kant, no hay nada más peligroso que una moral que se proclama en abstracto, pero se suspende ante el poder. Cuando los valores solo se aplican contra los débiles y se relativizan ante los fuertes, dejan de ser principios y se convierten en coartadas. El problema no es que las personas tengan creencias religiosas, es que estas se usen como instrumento político selectivo que produce estas incoherencias éticas.